F: Europa PressLas selecciones nacionales de fútbol no figuran en el escalafón diplomático, ni sus jugadores gozan de inmunidad, ni sus concentraciones están protegidas por la Convención de Viena. Y sin embargo, pocas instituciones representan a un país ante el mundo con tanta eficacia simbólica como un equipo de fútbol que disputa un Mundial. Millones de espectadores que jamás leerán un comunicado oficial de un ministerio de exteriores se forman una opinión sobre una nación viendo cómo juegan, cómo celebran y cómo se comportan sus futbolistas. La selección es, en este sentido, una suerte de embajada informal, una vitrina de la reputación nacional que opera sin necesidad de plácet y con un alcance que ningún diplomático de carrera podría soñar.
El caso de Senegal en el Mundial de 2026 es una ilustración perfecta de esta tesis, aunque no en el sentido que hubiera deseado la Federación Senegalesa de Fútbol. La eliminación a manos de Bélgica en dieciseisavos de final ha desatado una cascada de revelaciones que han convertido lo que debía ser una gesta deportiva en un catálogo de bochornos institucionales. Fiestas privadas con botellas de alcohol, funcionarios que invitaban a creadores de contenido y amigos a la concentración, gastos extravagantes, quejas del personal del hotel por el ruido y, como guinda, un seleccionador que firmó su contrato a pocas horas del partido contra Noruega. La selección senegalesa ha sido eliminada, pero su federación ha conseguido algo más difícil: ha diplomacizado el ridículo.
El episodio de Pape Thiaw merece un lugar de honor en cualquier antología del disparate administrativo. El seleccionador nacional, el hombre que debía dirigir a Senegal en el partido más importante de su grupo, no tenía contrato en vigor. Lo firmó momentos antes de subir al autobús hacia el estadio, con la prisa de quien solicita un visado en el mostrador del aeropuerto. La imagen es tan grotesca que apenas requiere comentario: el Estado senegalés, o la entidad que ejerce sus funciones en el ámbito deportivo, envió a su máxima representación futbolística a un Mundial sin haber formalizado la relación laboral con quien la dirigía.
Hay que reseñar que esta omisión no es solo una negligencia administrativa, sino una declaración de principios sobre el valor que la federación otorga a la selección y, por extensión, al país que dice representar. Un contrato de trabajo es el acto jurídico más elemental de reconocimiento de la existencia de una relación profesional. No formalizarlo a tiempo equivale a tratar al seleccionador como un voluntario, como un allegado al que se le pide un favor, como alguien cuyo estatus no merece ser fijado por escrito. La naturaleza cuasidiplomática de la selección exige justo lo contrario: un cuidado exquisito de las formas, porque las formas, en la representación internacional, no son un adorno, sino el mensaje mismo.
Diego Fierro Rodríguez






















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