El prematuro intento de crear la Superliga europea

Que a estas alturas todavía haya quien piense que el fútbol solamente es un deporte, no deja de ser una opinión un tanto utópica, romántica eso sí, pero utópica al fin y al cabo.
De hecho, desde estas líneas –véase nuestro post del pasado 16 de noviembre- siempre hemos defendido la vertiente mercantil del fútbol como una de las más importantes industrias del ocio de las sociedades modernas, si no la mayor. Su incidencia en el PIB de los Estados, la generación de puestos de trabajo directos e indirectos alrededor de sus competiciones y eventos o su impacto fiscal son ejemplos evidentes de que el balompié hace tiempo que dejó atrás su vertiente eminentemente deportiva para convertirse en un motor de crecimiento que, lejos de estancarse, no ha parado de aumentar, sobre todo en las dos últimas décadas.
El sorpresivo –más por intempestivo que por inesperado- anuncio de la constitución de la Superliga europea y su posterior desinflamiento y fracaso –en los términos en que estuvo planteado durante cuarenta y ocho horas-, no ha hecho sino corroborar todas esas certezas. Las noticias, tanto de la puesta en marcha, cuanto del aborto del proyecto, han dado la vuelta al mundo, abriendo noticiarios y ocupando cabeceras a lo largo y ancho del planeta. Y esto, no sólo en los países tradicionalmente “futboleros”, sino también en otros más alejados de la secular cultura balompédica tan arraigada en Europa o Sudamérica. Por ejemplo, en los Estados Unidos, medios tan prestigiosos como The New York Times se hicieron eco de ello, lo que da fe de su trascendencia y, sobre todo, del potencial económico que destila y se barrunta en la –de momento-, aparcada hasta nueva orden, innovación en el modelo del negocio que el fútbol representa.


























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