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José Luis Fernández y Raúl López
José Luis Fernández y Raúl López Lunes, 16 de Noviembre de 2020

Superliga Europea, polarizaciones y modelos de negocio

Uno se pregunta, ¿estarán todos los que son?, ¿serán todos los que están? Si esto progresa, habrá, seguro, sus toma y daca; y perdonada sea la manera de señalar pro domo nostra.

Queridos lectores del Toma y Daca: Ante todo, ¡salud, que no os falte; y muchas gracias por leernos! Por lo demás, os suponemos al cabo de la calle y plenamente conscientes de que, por si no tuvierais bastante con qué entreteneros, hace ya unas semanas que se nos ha abierto un nuevo frente para el debate: la Superliga Europea; que -¡seguro!- nos va a tener distraídos, formando criterio o consolidando “nuestras trece”; para, cuando llegue la ocasión, agarrarnos a ellas cual náufrago al madero; que en esto de, al discrepar, sostenella y no enmendalla no hay quien nos moje la oreja a los de esta tierra.

 

Confiemos, en todo caso, en que esta nueva porfía se quede en eso nomás: en mera ocasión para un sereno y amistoso contraste de pareceres. Que sea buena para echar una parrafada a la hora del aperitivo. O para cuando la tarde, la noche colgada a un hombro, vaya dando aquella larga torera sobre el mar y los arroyos –¡ay, Federico!-; y el momento se ofrezca propicio a saborear un vaso de bon vino con la cuadrilla.

 

Porque es mundialmente reconocido que en España no hay dos maneras iguales de tomar café. Véase el ejemplo y sirva de paso de alabanza al honrado y benemérito gremio de los camareros que, pacientes y habilidosos, toman nota y procesan, de cabeza y por su orden, una comanda de este tenor para quince comensales: “dos con hielo, tres sólos, un cortado, uno con leche, otros dos cortos de café, un ristretto, un americano, un doble, un café bombón, uno largo de leche, y un manchado…” ¡Ay, aquel glorioso desgraciat -descafeinado, sacarina y leche desnatada- que un día nos sirvieron tras los postres en Calella de Palafrugell! Pero ese es otro cantar…

 

Pues -¡vaya por Dios!- tampoco estamos de acuerdo cuando, sedientos, llegamos a la taberna y pedimos los caldos, como Baltasar de Alcázar reconocía -“pídolo, mídenlo, bebo, págolo y voyme contento”. No puede ser de otra manera, que cada cual va por libre y avanza por su lado, ad libitum y a su mejor gusto:  Loti y Antonio, Rioja; Javier, Cigales; Fernando, de la Ribera del Duero; Marisa y Carlos, de Toro; Ana, Mencía: “siempre Mencía”; Pepe, de Méntrida o de Valdepeñas, que, para eso, como él dice, es manchego y abertzale; y -¡por favor!- para Pascual, un Samitier de esos que con tanto mimo elabora el amigo Ibarra con sus garnachas…. “¡Sólo faltaba, jodó! ¡Que soy de Calatayud, maño!” …

 

Con esta arraigada tendencia nuestra a ejercitar el, por lo demás, muy saludable y democrático deporte de mostrar abiertamente la división de opiniones -recordamos la corrida y aquellas espantás coreadas de forma unánime y al alto la lleva; pero, eso sí: “unos que en su padre; otros, que en su madre”-; decimos que, siendo las cosas de esta guisa, no iba a ser la Superliga Europea la excepción. En todo caso, confiemos en que no se cargue mucho la suerte: no merece la pena, que bastante aborrascado y polarizado está ya el patio, como para andar ahora acarreando más haces de leña que echar al fuego.

 

Para formar criterio con fundamente, averigüemos y veamos, ante todo, cuáles son los datos esenciales del caso y, si lo hubiere, del problema; marquemos unos cuantos compases de espera, que, a lo mejor, la cosa no va a ser para ¡ya mismo! Y, sobre todo, tomémonos las cosas con deportividad, viendo a ver si somos capaces de sacar de esta situación alguna enseñanza de provecho que extrapolar a otros ámbitos de mayor trascendencia, peso y momento.

 

En todo caso, si pintan bastos y no hubiere más remedio, tratemos de hacer de la necesidad virtud llevando a cabo el ejercicio que en nuestra mano estuviere: aunque no sea más que la bendita gimnasia que empieza y termina con una serie repetida y acompasada de subidas y bajadas de la parte lateral superior del tronco. Ayudaría mucho, como indican los expertos en fisioterapia deportiva, que, cuando se espire el aire inspirado al tiempo ¡uno!, de subida de hombros, se adopte un mohín con un rictus, si es no es, de displicencia; y se ensaye una mirada de aquellas que se lanzan al resto de la mesa, cuando, tirando de naipe de baraja francesa, se pone cara aposta para evitar te le apaguen a uno el farol.

 

El caso es que, al parecer, los grandes equipos europeos dicen que quieren arrancar una nueva competición -la Superliga Europea- de manera inminente. Esa alineación de galácticos al más puro “estilo Florentino” -uno de los padres de la idea- la conformarían tres equipos españoles -Real Madrid, Fútbol Club Barcelona y Atlético-, tres italianos -Juventus, Milan e Inter-, dos alemanes –Bayern y Borussia-, un francés –PSG- y, al menos, cinco ingleses -Liverpool, los dos de Manchester, Arsenal y Chelsea-. Posiblemente, ese cupo inicial se iría ampliando hasta dar cabida a otros históricos, tales como Ajax, Oporto o Tottenham, y, por ende, a más países, a fin de no perder aquel espíritu inicial de “fomentar la unión de Europa”, con el que nació la máxima competición continental.

 

Y aquí salta un primer caveat; y, por ello, cabría aventurar que tal vez la lista definitiva del cuántos y cuáles aún debiera estar sub iudice. Porque, uno se pregunta, ¿estarán todos los que son?, ¿serán todos los que están? Si esto progresa, habrá, seguro, sus toma y daca; y perdonada sea la manera de señalar pro domo nostra.

 

¿Y por qué esos clubes de tanto tronío y poder se muestran tan díscolos, al punto de amenazar -si es que no van en serio, que eso habrá de verse, no tardando- con tirarse al monte, dejando a la UEFA compuesta y sin novio; y a la Champions descafeinada, si no con una soberana estocada en tóo lo arto, a la espera de una artera rueda de peones que dé con ella definitivamente en tierra…  -¡Ay, la Champions, la Liga de Campeones, en cristiano; aquel trasunto de la mítica Copa de Europa de cuando entonces! ¿Recuerdas, ZP, cuando –según decías- jugábamos en ella?

 

La respuesta a la pregunta del por qué es muy simple. Huyamos de sofismas, subterfugios y melindres y démosla en corto y por derecho: si se quieren ir -igual que pasa en todos -sí, sí, en todos- en todos los demás órdenes de la vida, el político incluido- es porque creen que les trae cuenta el irse.

 

¿Cuenta?... ¿Qué cuenta?... ¡Pues, hombre!... ¿Cuál va a ser?: ¡Cuenta económica! Han hecho números y calculado; y piensan que habrían de ganar más cuartos, si hicieran rancho aparte… Hay quien dice que le dijeron que habían oído voces dentro del garito y que, por encima del cric-cric de los grillos que cantaban a la luna, se oyó el extemporáneo vozarrón de un presidente, venido arriba, que en el clímax del paroxismo llegó a proferir un exabrupto de aquellos de trema a terra: ¿No se descolgaba el gachó con que “la UEFA nos roba”? ¡Qué cosas!

 

Robar, lo que se dice robar, no creemos nosotros que la UEFA les esté robando: esos señores tan probos, tan íntegros y honrados… ¿Cómo les van a robar, hombre? ¡Ya les tirarían de las orejas los mandamases de la FIFA, que ahí sí que la eticidad va de soi y el pedigrí moral de los que llegan a su cúpula está fuera de toda cuestión! ¡Menuda hoja de servicios limpia tiene el quinteto ofensivo, al modo de cuando los cinco magníficos del Zaragoza, conformado por Nicolás Leoz, Ricardo Teixeira, Jerôme Valcke, Joseph Blatter y Michel Platini… Pero esos eran otros tiempos…

 

Descartemos lo del latrocinio. Otra cosa es que ellos, los grandes equipos del fútbol europeo, consideren que aportan a las arcas del procomún uéfico más de lo que reciben en justa contrapartida. Y en este punto, si acaso no tuvieran razón, estarían, sin duda, legitimados para pensar lo que tuvieren por conveniente: que se les trata de forma cicatera; y que no se les retribuye de acuerdo con lo que ellos -jueces y parte, al fin y a la postre- creen merecer.

 

Unos verán las cosas de una forma y otros la verán de otra: ¡es natural! Como en toda circunstancia dilemática –“¿a quién quieres más a papá, a mamá o al Ay, ay, ay?”- caben puntos de vista, matices y perspectivas. Eso forma parte de la dinámica de la vida; y para eso nos dio Dios la razón y el lenguaje -el Logos, de los clásicos-: para que dia-logáramos… para que viéramos de resolver las controversias de manera razonada, sensata, ecuánime. Para que, cuando se hubiera de ponderar pros y contras; cuando tocara considerar aspectos positivos y negativos, huyéramos de maximalismos que apuntan al todo o nada… Antes al contrario, reconociendo con humildad el sanísimo escepticismo de aquel dicho portugués -você tem raçâo, mas non tem tuda- lo procedente sería que nos sentáramos -en este caso, que los grandes del balompié europeo, de una parte; y la UEFA, de otra-; se sentaran a negociar con sensatez. Porque hay mucho en juego. Mucho dinero, sí; pero hay también en la mano mucho más que dinero. No se olvide que, al decir de míster Bill Shankly, “el fútbol es muchísimo más que una simple cuestión de vida o muerte…”.

 

Pues, eso: entran en danza también, de una parte, valores éticos, tales como la forma justa de repartir aquel dinero; los sentimientos, y las emociones de los aficionados; las opciones de pertenencia auto escogidas –“¡yo soy del Barça!”, exclama con orgullo uno de Colloto-; el romanticismo que valora la historia de unos colores; aquel apoyo incondicional -¡manque pierda!- cuando vinieron las vacas flacas -¡que las hubo!. ¿Y qué decir de aquellas peripecias de melancolía y tristeza, que encontraron paliativo el domingo por la tarde, viendo perder -incluso viendo perder- al equipo de tu pueblo contra el galáctico de turno. Eso sí, Goliat había desplegado la cola como el pavo real, y había hecho gala de todos sus encantos enamoradores: había alineando contra vosotros al firmamento entero de las estrellas; y comprobaste que no era una leyenda urbana; veías que existían en realidad de verdad; que lucían casi como el sol, igual que tú las veías por la tele, cuando jugaban fuera: en San Siro, en Anfield o en el Santiago Bernabéu… Pues bien, todo esto y mucho más podría estar llamado a desaparecer, si la Superliga Europea prospera...  

 

¿Llegará la sangre al río? ¿En qué acabará la cosa? ¿Echará a rodar la súper competición proyectada por la elite futbolística europea? No somos adivinos ni tenemos alma de profetas. Por ello, suspendemos el juicio, sacamos tabaco, volvemos a barajar y repartimos otra vez las cartas… “¡y otra ronda, Manolo!, ¡que ahora me toca a mí!”

 

Y, por dejar algunos cabos sueltos a los que seguirles la pista, cerramos con un par de tesis que enunciamos y desistimos de desarrollar por no alargar en exceso este post; y con un par de intrincadas preguntas -alineadas con la esencia de nuestro Toma y Daca, que el subtítulo declara- para que el amable lector se entretenga en contestarlas.

 

Las tesis son las siguientes:

 

Primera: Todo fluye, nada permanece -¿recuerdas a Heráclito de Éfeso de cuando el Bachillerato, con su famoso “panta rey”?, ¡pues eso! Y si todo cambia y evoluciona, no habría de ser el fútbol la excepción que confirmara la regla… No es desvelar ningún secreto afirmar que el fútbol ya no es lo que era: hace muchísimo que dejó de ser un juego para convertirse en deporte. Algo menos -pero mucho, en todo caso- que, de deporte mutó a espectáculo; y de espectáculo a máquina de hacer dinero. El mítico Josep Samitier pronunció en los años cuarenta del pasado siglo una frase que parecía lapidaria por aquel entonces: “Si el fútbol fuera negocio, hace tiempo que lo tendrían los bancos”. Ochenta años después, se ha revelado que tras el proyecto de la Superliga Europea está el músculo financiero de un gigante como JP Morgan, lo que confirma que nada permanece. Decían los clásicos que Contra facta, non valent argumenta; que los hechos son objetivos y que, contra ellos no hay argumento en contra que valga. Asumámoslo, dejémonos caer de la burra y reconozcamos que, muchas veces, es imposible torcer el curso de los acontecimientos. Sobre todo, cuando son los intereses económicos los que pilotan las realidades: en este caso, las futbolístico-futboleras.

 

Tesis segunda, enlazada con la anterior: vayamos preparando una segunda camiseta, una especie de equipación de cortesía, por si nos toca tener que declararnos partidarios en primera instancia, por decir algo, de la Cultural Leonesa, de la Balompédica Linense o del Caudal Deportivo de Mieres -como es el caso de uno de los que suscribimos este post del Toma y Daca. Porque, tras el oropel del megaproyecto planteado se encuentra una amarga sensación de pérdida de identidad, tanto general como individual, al poner en la balanza lo antagónico de que el club de tus desvelos contase con ingresos suficientes para atraer a los mejores jugadores del momento, a la par que veías cómo se alejaba cada vez más del aficionado doméstico, para pasear sus mejores galas solamente por las plazas de primera, lo que inevitablemente haría resentir ese componente emocional.

 

Y ahora las dos preguntas. Las dejamos ahí como tarea para que el amable lector le vaya dando vueltas, formuladas en los siguientes términos: en primer lugar, ¿cuál es el propósito, la razón profunda de ser y la misión de un club de fútbol en el contexto en el que nos vemos inmersos y en el del futuro que nos aguarda, preñado de retos y expectativas?; y segunda, ¿cómo debieran repensar y replantearse de forma innovadora su modelo de negocio las empresas que los clubes de fútbol son, para equilibrar, de una parte su historia y el compromiso moral -¡y económico!- con su afición; y de otra, la sostenibilidad financiera a largo plazo, sin, una parte, pasar por descastado ni de otra, verse obligado a tener que matar la gallina de los huevos de oro?

 

¡Salud, que no nos falte y hasta dentro de quince días!

  

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