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EDITORIAL DE IUSPORT
EDITORIAL DE IUSPORT Viernes, 20 de Mayo de 2022

No podemos proyectar el futuro sobre el pasado

 

El mundo del fútbol español vive, sin duda, una enorme convulsión. De alguna forma podríamos decir que la crisis del fútbol se ha sumado a las crisis institucionales abiertas y nos ha producido una sensación de enorme vacío.

 

La llegada del presidente actual al puesto máximo de la Federación era una oportunidad para el progreso. La Federación, el producto del fútbol, necesitaba actualización, ganas, ilusión, imaginación y, sobre todo, generar un ambiente de ilusión, transparencia y buen hacer.

 

Durante algún tiempo la actividad progresaba y daba una imagen diferencial con el periodo previo que nos hizo generar ilusión.

 

Lo que estamos viviendo desde hace un mes es, sin embargo, un frenazo en toda regla. Los métodos en lo que se ha producido en un progreso evidente han quedado en entredicho – sin consideraciones legales y sin calificación alguna en este orden-. En este mundo actual los atajos se pagan. Se pagan en el reproche penal, en el administrativo, pero, sobre todo, se pagan en la ilusión y la confianza.

 

La medida de celebrar la supercopa en Arabia Saudí denota, cuando menos, insensibilidad social. Muchos son los españoles que no lo han entendido por razones personales, ideológicas y de otro tipo. Es legítimo que esos españoles piensen así y que no estén de acuerdo.

 

Lo más relevante de la insensibilidad es que una parte de los españoles se desvinculó del proyecto, de quienes lo organizan y de quienes consideran que estas decisiones pueden tomarse solo por los ingresos económicos que suponen.

 

Una de las cosas más evidentes del deporte son los intangibles y, dentro de ellos, la ilusión colectiva que supone y que proyecta. El deporte es ilusión colectiva y el éxito económico no puede obtenerse quebrando la primera porque la conexión con la población se pierde.

 

En el presente caso, la decisión de extraditar la competición tiene, únicamente, un componente económico en quien, por su propio estatus y su posición en la organización, está llamado a ser el vertebrador de la confianza y la cohesión social.

 

Qué razón llevaba el presidente del Gobierno en la contestación del otro día en el Congreso cuando se refería al orgullo de que la selección española juegue en Cataluña. Orgullo, en efecto, que no puede medirse en términos económicos, sino en el marco de los intangibles, de la ilusión y la representación colectiva.

 

Lo que la actuación que estos días hemos conocido – al margen de su representación penal o administrativa- es una enorme pérdida de ilusión. Hemos situado los más altos intereses colectivos en el marco de una actividad económica hecha con pocos escrúpulos y que, en general, ha provocado en la sociedad un enorme rechazo.

 

Por decirlo claramente, no nos gusta la forma de gestión, de obtener dinero, de representar los intereses del deporte. No son estas las fórmulas ni los términos en lo que queremos situar la gestión del deporte. No queremos para el deporte los peores métodos de la sociedad civil. Si el deporte es la transmisión de valores es evidente que no son estos los valores que queremos transmitir sea cual sea su repercusión penal, administrativa o deportiva. Esto es, a estas alturas, casi, indiferente.

 

¿Cómo salir de esto?. Realmente complejo. Las decisiones personales de abandonar el barco son personales y, por tanto, no por mucho reclamarlas se consigue que se realicen.

 

La entidad personal y la larga vinculación del presidente actual con el deporte es seguro que le tiene que estar haciendo pensar si realmente es la figura representativa de un cambio profundo en las formas y en relanzamiento del fútbol. Este debate le corresponde solo a él y es evidente que, más allá, de las manifestaciones exteriores, es un debate que se tiene que producir en cualquier persona que representa interés de los demás o intereses ajenos.

 

Al lado de esto se aprecia en unos y otros una cierta idea corporativa de que el fútbol tiene que cerrar filas con la injerencia informativa, con los documentos conocidos y con las conductas conocidas. El fútbol tiene sus propias reglas.

 

Esta opción corporativa es, ciertamente, peligrosa. El fútbol y el deporte son del conjunto de la sociedad y no de quienes lo administran en estructuras más o menos anquilosadas. No tenemos que caer en la tentación de considerar que los intereses de los dirigentes de la corporación son los intereses de la sociedad.

 

Si esto ocurre, la crisis se cerrará en falso y la estructura se alejará de la organización porque no hay una forma de gobierno ni de gestión contra el público, contra la gente que apoya y ensalza el deporte y que lo sostiene con su presencia, su apoyo, su contribución y su ilusión.

 

Esta consideración no trata, en modo alguno, de negar la legitimidad democrática del fútbol para regir sus destinos pero sí conviene indicar que no hay un camino al margen de la ética, de la ilusión y de la transparencia en la gestión de los intereses colectivos.

 

Pensar en la endogamia como solución es pensar en corto y al margen de los intereses generales y estas soluciones producen marginalidad. La actividad deportiva tiene que gestionarse en términos homologables a la actividad económica. No hay diferencias ni atajos ni fórmulas internas que solo se apliquen al fútbol.

 

En este punto, y con el máximo respeto a la organización y a su funcionamiento democráctico, es preciso insistir en que el control y la crítica forman parte de la calidad democrática. El asentimiento ciego o la búsqueda de soluciones ad hoc conduce, a la marginalidad, pero sobre todo contribuye a una enorme pérdida de la ilusión colectiva.

 

Lo más reprochable de estas situaciones que estamos viviendo es, precisamente, la pérdida de la ilusión colectiva. No podemos proyectar el futuro sobre el pasado, necesitamos que el impulso personal sea el cimiento de un cambio serio, riguroso, profundo y pensado en clave general. A la sociedad le gustar el fútbol y el fútbol no puede vivir sin la sociedad.

 

No profundicemos en este divorcio y recompongamos la situación con una clave esencial: el deporte es de interés colectivo.

 

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