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José Luis P.Triviño y Eva Cañizares
2 de abril de 2015

¿Garantiza el Fair play financiero el equilibrio competitivo?

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El lenguaje puede servir para describir la realidad o para enmascararla y, en ocasiones, hasta puede ser utilizado para pervertirla y manipularla. Esta última función puede llevarse a cabo gracias a que ciertas palabras además de tener un contenido descriptivo, también tienen un componente emotivo, esto es, producen determinados sEentimientos o emociones en el oyente. De este modo el destinatario de un mensaje puede quedar atrapado emocionalmente por el significado de una expresión en detrimento del primer factor, el descriptivo. Pues bien, en el ámbito del deporte encontramos un ejemplo de esto con la famosa expresión “fair play financiero” (FPF), que se refiere a la reglamentación que la UEFA puso en práctica en 2009 y con la que pretendía transmitir a los clubes la necesidad de que no gastasen más de lo que tenían. En el trasfondo de este mecanismo estaba garantizar la futura viabilidad de los clubes, sobre todo en una etapa de gastos financieros estratosféricos que condujo a que algunos clubes incluso desaparecieran, como sucedió a principios del 2012 con la quiebra del histórico club escocés, el Glasgow Rangers de 139 años de antigüedad. Por tanto, es indudable el propósito de estas medidas pero ¿es correcto el uso de la expresión “fair play” respecto de las mismas? Porque éstas lejos de disminuir la evidente desigualdad económica entre los clubes lo que hacen es mantenerla, perpetuando las probabilidades de ganar el campeonato por parte de los equipos poderosos.

 

Antes de continuar, es necesario señalar los principales objetivos a medio y largo plazo del FPF:

 

  1. Aumentar la capacidad económica y financiera de los clubes.
  2. Introducir una mayor disciplina y racionalidad en las finanzas de los clubs.
  3. Garantizar que los clubs resuelvan sus pasivos de forma oportuna, especialmente sus responsabilidades frente a otros clubes, jugadores y autoridades sociales/tributarias.
  4. Animar a los clubs a competir con sus propios ingresos (“Punto de Equilibrio”).
  5. Reducir la presión sobre los salarios y traspasos de jugadores.

 

Es evidente que el principio de que los ingresos deben ser iguales o superiores a los gastos es un principio básico en cualquier actividad económica. Así, el FPF permite a los clubes gastar al año 5 millones de euros más de lo que ingresan, e incluso pueden superar estos límites siempre que este exceso esté cubierto a través de aportaciones directas de los propietarios del club. En concreto, los límites en este caso son 45 millones de euros al año para la temporada actual 2014/2015, y de 30 millones de euros al año en las siguientes 3 temporadas.            

 

 Hay que destacar que los límites se establecen en términos absolutos, por lo que se aplica igual a clubes económicamente grandes y pequeños, es decir, no se aplica un porcentaje sobre los ingresos puesto que con ello se limitaría, aún más, la competitividad de los clubes con menor capacidad de generación de recursos. Asimismo, con el fin de promover la inversión en los estadios, campos de entrenamiento y desarrollo del fútbol juvenil (categorías inferiores), los gastos correspondientes a dichas partidas quedan excluidos del cálculo del punto de equilibrio. La razón de la exclusión de estos gastos es que, en la actualidad, los mismos suponen un porcentaje menor al 10% del total de gastos, y, de este modo, se persigue el incremento de dicho porcentaje.

 

 En resumidas cuentas, el juego limpio financiero exige a los clubes cumplir con sus obligaciones financieras y romper con la acumulación de pérdidas que conducen a una deuda inmanejable. Sin embargo, en este aspecto el uso de la expresión fair play puede ser discutible, y como se ha señalado antes puede suponer un uso enmascarador de una política que perpetúa la desigualdad entre clubes. En efecto, con las salvedades apuntadas, pocos dudan de la oportunidad de las medidas adoptadas por cuanto que evitan, en teoría, el descalabro financiero de los clubes. Pero la expresión “fair play” parece apuntar a una exigencia mayor de lo que debería ser una competición deportiva como es que los participantes, sean individuos o clubes, salgan al campo de juego en un cierto nivel de igualdad deportiva. Una competición mínimamente justa es aquella en la que los participantes tienen alguna oportunidad de obtener la victoria.

 

En este sentido ¿resulta una competición justa (basada en el fair play) la liga de fútbol española donde solos unos pocos equipos pueden aspirar realmente a ganar el campeonato? ¿No resulta paradójico que con las medidas del FPF esas diferencias deportivas puedan agrandarse, no debido a factores deportivos, sino económicos? No hay más que recordar la polémica que se generó cuando dos equipos modestos como el Rayo Vallecano y el Málaga CF fueron descalificados para participar en la UEFA League no por razones deportivas sino por infringir el FPF, y que el beneficiado de esta controvertida medida fuera un club económicamente más poderoso, como el Sevilla FC, con lo cual el este consiguió, aún, mayores ingresos y el Málaga y el Rayo se vieron privados de ellos, aumentando, de esta manera, aún más las diferencias económicas entre dichos clubes. Por no hablar de la paradójica situación generada al ganar finalmente el Sevilla la competición, un equipo que no había conseguido clasificarse por méritos deportivos, sino por cuestiones estrictamente económicas como ya hemos dicho.

 

El problema es, que, probablemente, el requisito de equilibrio que persigue el FPF empeora el balance competitivo en lugar de mejorarlo ya que, como se ha mencionado, los clubes más grandes seguirán manteniendo ese status quo desigualitario frente a los clubes más modestos, y podría incluso alegarse que esa desigualdad se hará más pronunciada ahora con la prohibición de FIFA de los fondos de inversión en la compra de derechos económicos de los futbolistas, es decir, de cualquier tipo de contrato en el que se acuerde la financiación, por parte de un tercero, vinculada a la obtención de unos ingresos por traspasos o fichajes de futbolistas.

 

En definitiva, las medidas del FPF tienen sentido y se justifican si lo que se pretende es que el fútbol, a nivel de espectáculo público, sea económicamente sostenible en el tiempo. Esta necesidad de viabilidad pasa, inevitablemente, por una gestión correcta de los recursos, como objetivo prioritario, y por lograr el mencionado punto de equilibrio, como en cualquier otra actividad económica, algo que pocos clubes logran en la actualidad. Pero si lo que se persigue es una competición más justa, quizá una medida adoptar, aunque improbable en el fútbol europeo, sería la del sistema de la National Football League (NFL) que supone algo así como el socialismo en el deporte: los ingresos se reparten entre los equipos, hay un límite a las cuentas salariales generales y los equipos que peor rendimiento hayan obtenido una temporada son los primeros en seleccionar nuevos jugadores en la temporada siguiente.

 

Y decimos que es improbable porque, aunque los clubes europeos acordaran este principio de ingresos y redistribución centralizados, eso implicaría que todas sus ligas nacionales tendrían que adoptar un sistema similar, y, claro, los clubes europeos tienen su propio compendio de jóvenes futbolistas, que comienzan a jugar profesionalmente mucho antes que los jugadores de la NFL, por lo que un sistema de subasta o selección de nuevos jugadores no funcionaría. Por no hablar de que probablemente los clubes poderosos no estén dispuestos a aceptar este mecanismo que les perjudicaría notablemente.

 

Lograr el equilibrio competitivo en el futbol es un objetivo loable, pero del modo en que se han diseñado las reglas del juego limpio financiero mucho nos tememos que aquel quedará, todavía, fuera de juego. 

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