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Blas López-Angulo
15 de abril de 2018

Presidentes presuntos...

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En el lenguaje periodístico, a pesar de las simplificaciones expositivas -un tanto obligadas- hay expresiones que deberían evitarse. Una muy frecuente es la de “presunto…” aplicado a quien está incurso en un proceso penal. Son evidentes las connotaciones no deseables que el término ha adquirido, aun a sabiendas de que se percibe como sinónimo de culpable, dentro de los códigos deontológicos de la profesión.

 

Cuando la única presunción legal indeclinable es justo la contraria: la inocencia como derecho de toda persona implicada en un proceso penal -desde su inicio hasta el momento del juicio- en tanto no exista una sentencia condenatoria contra ella.

 

Por desgracia en el fútbol profesional y aun modesto abundan los presidentes encarcelados y con condenas firmes. Espero que se entienda mi broma de jugar con esa malinterpretada presunción de derecho procesal penal, a los solos fines pedagógicos. ¡Llamar a alguien presunto se ha convertido en un insulto!

 

De hecho son tantos ya los que no solo rozan el delito sino que lo sobrepasan que la sola enumeración de los mismos daría para completar esta columna. Algunos de equipos muy modestos como Manuel Díaz González, alias Ligero.

 

A Núñez Feijóo le contó Fraga por qué le llamaban Ligero al presidente del Sporting Guardés que también era alcalde de A Guardia: ¡porque corría muy rápido delante de la Guardia Civil! Movido por el éxito de la serie Fariña, a la que sin duda ha beneficiado el secuestro del libro en que está basada, me ha dado por releerme (ay, cosas ya de la pre-edad provecta).

 

Por ejemplo, un artículo en que hablaba de Rodrigo Alonso Fariña, perteneciente a una de las familia viguesas más representativas del celtismo. En “¿Quién mató al presidente?” recordaba que al estallar el caso REACE [Refinería de Aceites y Grasas] fue procesado e ingresado en prisión. Seguía la estela de Vilá-Reyes, presidente del Español, por otro caso más célebre: MATESA. Pedro Costa recreó todo lo sucedido en la película Redondela en la que Carlos Larrañaga interpretaba el papel del presidente gallego al que se le culpaba de la desaparición de más de 4.000 toneladas de aceite de oliva.

 

En el secuestrado libro de la tan pequeña como ejemplar editorial Libros del K.O. se completa la saga celtiña con el exaviador republicano Celso Lorenzo Villa, que lo dirigió en los sesenta. Fue el llamado Celta del Marlboro. El autobús del equipo, un Dodge, cargaba con los jugadores y con el tabaco de contrabando para vender al público que les veía jugar. Este directivo tan pionero e imaginativo que dio el salto del estraperlo a las cajetillas de rubio americano estaba casado con la hija de un sargento de la Guardia Civil.

 

Todo iba encajando, añade no sin la debida retranca gallega, el periodista Nacho Carretero, que no hemos dicho que es su autor. Y que por cierto acaba de sacar un librito, este no prohibido, como hooligan ilustrado del Depor, en la misma editorial. Otra novedad, en este caso de más de 600 páginas, que en un momento dado recuerda a ese Celta de Marlboro es el orensano Juan Tallón.

 

Su título “Salvaje Oeste” por lo que llevo leído me parece una humorada gallega pues se centra en lo que pasa más bien antes, durante y después de los partidos en el palco del Bernabéu, sito como es notorio en el paseo de la Castellana de Madrid. Por el mismo desfilan políticos, banqueros, los amos del ladrillo y el director de un periódico de la capital, obsesionado con su colección de camisas impecablemente planchadas y sin mácula. 
Pero el salvaje oeste “irradia” toda la península e ínsulas patrias. Presidentes de la ceremonia del balón redondo, oriundos del ladrillo, condenados o no, son legión.

 

En el artículo citado escribí a propósito del asesinato del orensano Antonio Rodríguez López, que hizo sus buenos negocios en la roca gibraltareña antes de establecerse en la Costa del Sol al frente de una empresa de construcción. Murió de tres puñaladas recibidas en sus mayores horas de gloria. Presidía al Málaga más brillante que se conociera hasta esas fechas, el del célebre Viberti. 

 

El caso dio lugar a una larga investigación de la que no salieron conclusiones, o al menos no fueron hechas públicas -nos dice Alfredo Relaño. “Sí trascendieron informaciones que relacionaron al fallecido con alguno de los negocios fallidos en La Línea de la Concepción, cuando el Gobierno concedió créditos baratos para montar en esa ciudad una zona industrial que compensara a los linenses del cierre de la verja de Gibraltar”.

 

Un caso ya olvidado fue el del presidente del Jaén, Antonio Calvo Perea que hizo un equipazo en Tercera y en dos años llegó a galope a Primera. Ponía trenes gratis para los aficionados a costa de arruinar a su familia y a su bolsillo -que luego se supo que no era del todo suyo, sino el de unos cuantos empresarios del aceite a los que desfalcó-. La afición disfrutaba de lo lindo.

 

Calvo Perea habría llegado a alcalde, de no haber entrado en la cárcel. Terminó arrollado por un tren que hacía maniobras en la madrileña estación de San Antonio de la Florida, según una escueta nota del ABC, donde se añade que tenía 52 años y era vecino de Miranda de Ebro. Seguimos con las páginas de sucesos, televisión -cómo no con Fariña- y deporte.

 

Y con un tipo, Sito Miñanco, más rápido que su paisano Ligero. No sé conocía a otro más veloz con su lancha en la ría de Arosa desde el día que decidió dejar el marisqueo furtivo. Nos dice Nacho Carretero que llegado a gran capo, el fútbol vino a poner la guinda en su perfil popular. Cogió al Juventud de Cambados en Regional Preferente y en tres años lo colocó en Segunda B.

 

Sus jugadores disfrutaban de salarios superiores a los de Celta o Depor y a los partidos que acudía el “presi” llegaban a bordo de su enorme yate. El campo se llenaba y pagó la ampliación. Hacían la pretemporada en Panamá o en Costa Rica. A las fiestas de su pueblo traía las mejores orquestas búlgaras pagadas de su bolsillo. El ayuntamiento agradecido le nombró hijo predilecto.

 

El Xuventude casi alcanzo la promoción a Segunda. Tanta notoriedad le perjudicó, como él mismo ha reconocido, y no tardó en acabar entre rejas. El Cambados después de tres años en la división del bronce volvió a donde estaba. Hoy pertenece al grupo 11 de la Primera Autonómica. Cuando se publicó Fariña en 2015 militaba una categoría aún más abajo, la séptima del fútbol español.

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