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José Sellés
18 de diciembre de 2017

¿Por qué Villar no se quejó de “injerencias" en 2007?

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Vaya por delante mi más sincera fidelidad al principio de presunción de inocencia de cualquier encausado. Incluido Ángel María Villar. El mandatario bilbaíno convocó a primera hora de este lunes a los medios de comunicación en un hotel de Madrid para leer un comunicado que a efectos prácticos se convirtió en un escrito de defensa. Un escrito de defensa a su persona (y a su entorno) en el marco de la ‘Operación Soule’ que estalló el pasado mes de julio. Pero también un escrito de defensa sobre el supuesto toque de atención de la FIFA a la Real Federación Española de Fútbol de cara al Mundial de Rusia.

 

El viernes salía publicado primero en El País y posteriormente en el resto de medios que el máximo organismo del fútbol mundial había activado el protocolo de alerta contra cualquier posible injerencia política en España. Ese protocolo supone una vigilancia, pero también una amenaza de cara a la participación de la escuadra de Julen Lopetegui en la próxima cita mundialista. Nada más comenzar su intervención, Villar ha querido desmentir “categóricamente” cualquier acción o relación suya en la activación de dicho protocolo. Conviene recordar que hasta el pasado mes de julio, Villar ocupaba el cargo de vicepresidente de la UEFA y vicepresidente senior y miembro del Comité Ejecutivo de la FIFA.

 

Tras ese primer espaldarazo, continuó su intervención abriendo el capítulo de señalamientos. El primero, y más importante, el Consejo Superior de Deportes. Villar afirmó que “el Consejo Superior de Deportes hace que la RFEF incumpla las leyes y es el único responsable de que España se pueda quedar sin Mundial”. Con esta afirmación, Villar presentaba de forma tácita la supuesta injerencia de la que acusa al Gobierno.

 

Sin embargo, hay dos cosas que llaman la atención: que llame “injerencia" a un mecanismo recogido en la Ley del Deporte de 1990, es decir que lleva 27 años vigente, y que, tras varios encontronazos con el CSD a lo largo de su mandato, lo haga cuando él está encausado o en mitad de un proceso.

 

Para ser más precisos, el artículo 43 de la Ley del Deporte, en sus apartados b) y c) se concreta que “con el fin de garantizar el cumplimiento efectivo de las funciones encomendadas a las Federaciones deportivas españolas y a las Ligas profesionales, el Consejo Superior de Deportes podrá llevar a cabo las siguientes actuaciones, que, en ningún caso, tendrán carácter de sanción: c) suspender motivadamente, de forma cautelar y provisional, al Presidente o a los demás miembros de los órganos directivos, cuando se incoe contra los mismos expediente disciplinario, como consecuencia de presuntas infracciones o irregularidades muy graves y susceptibles de sanción, tipificadas como tales en el artículo 76 de la presente Ley”.

 

Este precepto o circunstancia que se contempla en la ley, que lleva casi tres décadas vigentes y que hasta el momento nadie había cuestionado, ahora se califica como una “injerencia” política. La intervención del Consejo Superior de Deportes, no de forma arbitraria o caprichosa, sino cuando un presidente federativo comete “presuntas infracciones o irregularidades muy graves y susceptibles de sanción”.

 

Casos similares

 

Conviene echar la vista atrás y encontraremos hechos sucedidos durante el mandato de Ángel María Villar en los que el bilbaíno podría haber acusado perfectamente al Consejo Superior de Deportes de “injerencias" políticas si utilizamos ese rasero.

 

Un primer caso, la Asamblea General de la Real Federación Española de Fútbol del año 2007. En su crónica en el diario ABC, Tomás González-Martín la definió de “kafkiana”. En dicha Asamblea salieron a la luz los resultados de una auditoría que el Consejo Superior de Deportes había llevado a cabo en el organismo federativo. De su resultado se dedujo que la RFEF tenía que devolver 3,6 millones por una subvención presuntamente mal aplicada. Al respecto, Ángel María Villar en la Asamblea dijo que (según informaba ABC) “fue la comisión de seguimiento formada por varios Ministerios, la Liga y el CSD, la que aprobó, sin conocimiento nuestro, que la LFP podía entregar a la FEF dinero de las quinielas”. Actuar en la RFEF sin conocimiento de los mandatarios del organismo, ¿acaso ahí no se podría hablar de “injerencias del Gobierno”?

 

Supuesto abuso de poder

 

Otro caso nos lleva al año 2015, cuando el presidente de la RFEF discrepó con los resultados de una auditoría con el Consejo Superior de Deportes, cuando este estaba presidido por Miguel Cardenal. En un comunicado, la RFEF afirmó que “el secretario de Estado incurre en un abuso de poder, que ha utilizado y utiliza de forma torticera los datos de la auditoría de cuentas”. Además, en el mismo comunicado, la RFEF mostró su compromiso con la normativa. Afirmó que “la RFEF ha cumplido siempre con la Ley del Deporte 10/1990 de manera escrupulosa y que sus cuentas han sido debidamente revisadas por los auditores enviados por el Consejo Superior de Deportes”.

 

De esta forma, se aprecia claramente la contradicción que se ha producido en cierta manera en el discurso de Ángel María Villar ante la prensa. Por una parte, deja caer que son ciertas las “injerencias políticas” durante la ‘operación Soule’ en la Federación. Sin embargo, mientras él presidía el organismo antes de ser encausado se produjeron casos similares de intervención del CSD en los que Villar no quiso tildar como “injerencias políticas”. Porque imagino que acusar al presidente del CSD en 2015 de “abuso de poder” es una injerencia política, ¿verdad?

 

Con el objetivo de una difícil restitución como presidente de la RFEF, Villar parece haber escogido un camino sin marcha atrás. Un camino que ha emprendido a través de una actitud maquiavélica en el que el fin justifica los medios. Da igual atacar o llevarse por delante a los órganos que se encargan de regularizar el deporte en España si sirve para defenderme y, mejor aún, para exculparme. Se hace difícil pensar que esto lleve a que España se caiga del Mundial a última hora. Sin embargo, hay que ser cautos, porque si por algo se ha caracterizado este último periodo en la Federación es por ser una sucesión de capítulos surrealistas fruto de una guerra por el poder.

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