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EFE/Roberto Jiménez
14 de noviembre de 2017

El escudo, ¡ni tocarlo!

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No es nueva la polémica suscitada por el cambio o inserción de matices en símbolos que identifican a grupos mayoritarios, como ha ocurrido recientemente en el fútbol con el retoque del escudo del Atlético o el diseño de la camiseta que lucirá España en el Mundial de Rusia y que hoy vestirá en este país.

Los anales del fútbol están plagados de desavenencias y reproches cuando se trata de modificar formas y colores sustentados en la historia, avalados por la tradición y refrendados durante generaciones: una sensibilidad a flor de piel que contrasta con la normalidad con que se asimila hoy el vértigo del mundo global.

El Real Madrid simboliza este mundo cambiante donde las pertinencias políticas, exigencias mercantiles y afinidades culturales han influido de modo determinante.

Hasta 1941 no reintegró en su escudo la corona que perdió en 1931 (año de proclamación de la II República) -en un caso parecido al del Espanyol-, y que le concedió en 1920 Alfonso XIII con una cruz en la cúspide que ha suprimido hace poco pero sólo para sus expansiones comerciales por países de credo islámico.

Por razones de mercadotecnia, el club de la calle Concha Espina también trocó en 2001 el color morado, de evocación castellana, por el azul en la banda diagonal que lo atraviesa de parte a parte.

Otras entidades de primera lucen con orgullo sus cruces: el Barcelona la de San Jordi, el Celta de Vigo la de Santiago, y el Eibar la de San Andrés en recuerdo del martirio de su patrón que, en tiempos, también dio nombre a esa villa que el mundillo futbolero identifica básicamente con la industria armera.

La actividad industrial también se ha hecho hueco en otro distintivo, el del Getafe, con una escuadrilla de aviones en vuelo ascendente que remite a la tradición aeronáutica, desde 1911, de esa ciudad en cuyo término se halla el centro geográfico de España: el Cerro de los Ángeles que corona una estatua del Sagrado Corazón de Jesús, incluido también en su emblema.

La inmensa mayoría de los blasones de los equipos de Primera son un claro reflejo de la historia de España, desde la época de la Reconquista hasta la configuración de las antiguas coronas, remite en algunos casos a la influencia de señoríos, expresa sentimientos religiosos de gran arraigo y evoca en otros la fundación de las ciudades que representan.

El ejemplo del Sevilla es uno de los más elocuentes, con el rey Fernando III el Santo en un sitial flanqueado por san Leandro y san Isidoro, como reconocimiento al monarca de León y Castilla que reconquistó la capital hispalense en 1248, hace casi ochocientos años.

Como la rodela de los caballeros andantes, muchos escudos de Primera división trasladan buena parte de la simbología de sus ciudades: el puente de san Antón, la catedral y el árbol de Gernika (Athletic Club); el oso y el madroño (Atlético); la bahía, la peña cimada y el monte Gibralfaro (Málaga CF); y la corona de príncipe (Girona FC).

Los colores también remiten a esa solera histórica como el azul y blanco que luce la insignia del Leganés, los de las armas de Diego Mexía Felipez de Guzmán, primer marqués de Leganés y vizconde de Butarque (siglo XVII), título éste del que toma nombre el estadio donde juega el equipo pepinero.

Buena parte de los clubes levantinos, entre ellos el Villarreal y Valencia, fulgen con el amarillo y el rojo de la antigua Corona de Aragón y algunos, el ché y el Levante UD, brillan con el célebre 'ratpenat', el murciélago que popularizó Jaime I el Conquistador y está muy extendido en la heráldica de ese histórico territorio.

El Deportivo de La Coruña (azul celeste), la Real Sociedad (txuri-urdin), el Real Betis (verdiblanco) y el Alavés (azul en dos gamas) incorporan a su timbre el cromatismo representativo de sus lugares, mientras que la UD Las Palmas incluye los escudos de las cinco entidades que la fundaron en 1949, pero también el castillo y el león de la histórica toma de la isla en el siglo XV durante el reinado de los Reyes Católicos.

Son dibujos, letras, colores, formas y timbres que explican buena parte la historia de España, modelados o matizados con el paso del tiempo y que apelan, al igual que la letra de los himnos, a valores y emociones como el honor, la fortaleza y el orgullo para hacer del aficionado un incondicional de su equipo 'manque pierda'. 

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