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Blas López-Angulo
11 de octubre de 2017

De octubre y del sinsentido de las palabras

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Octubre es el décimo mes del año, pero a tenor de la historia es de los que más méritos hacen para inaugurarlo y a veces con revoluciones y revueltas más propias de marzo que consagraba el mes a la guerra, los famosos idus en que el Senado nombraba a los cónsules por el espacio de un año. Que octubre provenga de octavo se debe a que en el viejo calendario romano solo había diez meses, a contar desde esos mentados idus. Como ven las palabras también pierden significado o incluso dislocan el mero orden que pretenden: a septiembre, noviembre o diciembre les ocurre lo mismo.

 

Pero no vamos a disertar sobre calendarios ni sobre otoños secos que retrasan los ciclos de la naturaleza. Y sí sobre la historia que parece repetir octubres revueltos (un 4 de octubre se desató la primera guerra carlista en Osona, teniendo a Vic como el centro neurálgico de una comarca bastante poblada y de una estimable base agraria. Ciento un año más tarde, un 6 de octubre el presidente de la Generalitat, Lluís Companys proclamó el Estat Català dentro de la República Federal Española. Pero fue durante los primeros meses de la guerra civil cuando Barcelona y Cataluña de facto actuaron con relativa independencia, y solo nominalmente bajo el manto de la Generalitat. El poder de la calle residía en la CNT y demás movimientos obreros. Estos son los octubres más representativos de la época contemporánea. Remontarse más atrás supone un prurito histórico vicioso en cuanto ni existía un proyecto de nación-estado común -plasmado por primera vez en la Constitución de 1812 en Cádiz) y sobre las palabras que ya no designan aquello que señalaban o que han alcanzado, digámoslo así, una inflación semántica. Sucede con fascista que más bien es un término arrojadizo, tan injurioso como disminuido de contenido, o con otros, también muy repetidos este octubroso mes, como golpe de estado (¿lo es en sentido jurídico, metafórico, o dentro del contexto de la sociedad líquida que también impregna la política?) que darían más que para un simple artículo deportivo.

 

¿Es España fascista? Acabo de pasar unos días en Cataluña y me da la impresión de que ha prendido fácilmente entre su población un “relato” que fundamenta en parte el llamado procés. Entonces, ¿la Constitución española no es democrática? ¿Se trata de otra palabra, muy formal, pero carente de un sentido unívoco? Votar en cambio es la excelencia democrática, su “icono” como se dice hoy, pero recordemos también que las dictaduras son en extremo plebiscitarias. Además, ¿sirve cualquier forma más o menos improvisada, sin las garantías debidas? Cuando los Parlamentos no cumplen su función o se saltan los procedimientos vemos como la calle se manifiesta en un sentido y en otro.

 

Algo nada deseable, pues el enfrentamiento está servido. Unos no reconocen la validez del llamado régimen del 78 y otros no aceptan otros márgenes que los de la Constitución y Estatutos validados por el Tribunal Constitucional. Pero como sabemos los contratos (pacta sunt servanda, los pactos deben cumplirse, es un latín ya anticuado) pueden cambiarse. Ahora bien, con unas reglas de juego que nadie puede saltarse. En la concentración del sábado frente a la Generalitat no se exhibieron banderas de ningún bando sino tan solo un deseo de paz y entendimiento mostrados con cartulinas blancas.

 

Vacías de contenido, sin usar palabras gastadas y mareadas. (Se debe intentar entre todos un  nuevo consenso sobre las palabras que facilite la convivencia en común). Coincidió con bodas civiles, novias de blanco que se besaban ante la petición y alborozo de todos. Novios de gris y negro que también se besaban y eran aplaudidos. Esos bellos momentos de convivencia y alegría espontaneas mostraban el camino en una mañana mediterránea fulgente. Los políticos y técnicos deberían suministrar los cauces para un futuro que apague los odios y la sinrazón recíprocos.

 

La política es el oficio en que el entendimiento, los pactos y los acuerdos, alcanzan su más alta expresión, pero los políticos tantas veces son profesionales de lo contrario. Duele imaginar que esas bodas terminen mal. Las parejas se divorcian, incluso aquellas que se juraron amor eterno y cuyo vínculo la Iglesia proclamó sagrado e indestructible. Las naciones no dejan de ser otra invención, o incluso ficción que  la fiebre de los nacionalismos alimenta, con conceptos tan revisables igualmente como el de soberanía.

 

Pero solemos confundirlas (lean por favor al profesor Álvarez Junco, “El relato nacional: Historia de la historia de España”) con las identidades. Y la que compartimos es la europea, por eso nos parecemos y compartimos un similar modelo de vida. Y no olvidemos en este mes de octubre revuelto y de palabras locas, que vivimos en un mismo planeta cada vez más comunicado.

 

(Publicado hoy en el Heraldo/Diario de Soria)

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