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José Luis Pérez Triviño
27 de septiembre de 2017

Donald Trump y la especificidad apolítica en el deporte

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Hay gestos de protesta cuyo alcance es impredecible. Ahora todo el mundo conoce y alaba la rebeldía de Rosa Parks por negarse a levantarse del asiento de un autobús que, en la época en la que todavía estaba vigente la discriminación racial en EUU, estaba reservado a los "blancos". Algo parecido sucedió con Kathy Switzer la atleta que tuvo la osadía de correr la maratón de Bostos de 1967 que solo estaba reservada para hombres. Las fotos de su rebeldía forman ya parte de la historia.

 

Algo parecido está ocurriendo con la imagen de un jugador de fútbol americano, Colin Kaepernick, sentado en el banquillo. El 14 de agosto de 2016, en el transcurso de la ceremonia de honra a la bandera y al himno americanos, por la cual todos los asistentes a un evento deportivo en EEUU debe levantarse en señal de respeto a ambos símbolos sagrados, el jugador de los San Francisco 49ers, decidió permanecer sentado en señal de protesta por el trato que sufren en esa sociedad los negros, aunque posteriormente el gesto de protesta se trastocó en apoyar una rodilla sobre el suelo. La explicación de Kaepernick fue la siguiente:

 

“No voy a levantarme y mostrar orgullo por la bandera de un país que oprime a gente negra y de color [...] Para mí, esta cuestión es más grande que el fútbol, y sería egoísta por mi parte mirar hacia otro lado” (Sandritter, 2016).

 

Este gesto de protesta de Kaepernick ha provocado un intenso debate en la sociedad norteamericana, más allá del restringido ámbito del deporte. Unos criticaron tal actitud y en cambio, otros adoptaron su respuesta ante el himno y la bandera. Un gran número de deportistas se sumaron a su protesta, incluyendo grupos de animación, cantantes y bandas musicales.

 

Poco tiempo después, Kaepernick se convirtió en la imagen de la portada de Times, acompañado de este titular: “La lucha peligrosa. Cómo las protestas ante el himno lideradas por Colin Kaepernick están incendiando el debate sobre privilegio, orgullo y patriotismo”.

 

El debate probablemente se hubiera apagado si no hubiera irrumpido con su habitual incontinencia verbal e indigencia mental el actual presidente de los EEUU, quien se burló del hecho de que Kaepernick, a causa de su activismo político -no por razones deportivas-, no lograra un contrato profesional, atribuyéndolo a que “a la gente le gusta que todo el mundo honre la bandera”.

 

El último episodio de ese enfrentamiento verbal de Trump con el mundo del deporte por su supuesta falta de respecto a la bandera e himno ha tenido lugar cuando uno de los más famosos jugadores de la NBA, S. Curry, se negó a asistir a la Casa Blanca con su equipo para celebrar el campeonato de baloncesto también en señal de protesta por la discriminación racial contra los negros. Poco tardó Trump en responder al jugador vía Twitter: “Cuando un tipo hace eso, el dueño debería decir ¡Saque a ese hijo de puta fuera del campo ahora mismo, está despedido! ¡Despedidoooo!”.

 

El caso vuelve a reabrir el debate acerca del ámbito de la libertad de expresión de los deportistas en el terreno de juego y, en especial, los límites de su activismo político. El tema no es nuevo y en España hemos vivido recientemente situaciones parecidas, pero cuyo protagonista era la afición, con las conocidas manifestación de esteladas o los pitidos al himno español. Los eventos deportivos son un escenario propicio dada la enorme repercusión mediática que ofrecen para difundir un mensaje político. Pero la cuestión de si tienen derecho los aficionados a expresar cualquier reclamación política en el ámbito deportivo sigue vivo.

 

Pero por otro lado, está la instrumentalización del deporte por la política. Sin duda, Trump, conocedor de los réditos políticos que le ofrece la arena deportiva, utiliza esta para su propio beneficio. Tampoco es el primer político ni el último que instrumentalice el deporte políticamente.

 

En mi opinión, en el ámbito de esta controversia sí hay razones para usar el manido término de la "especifidad" del deporte. Debería llegarse a un consenso por el que tanto deportistas como aficionados no utilizaran los eventos deportivos para practicar un activismo político. Ese era uno de los puntos principales del programa olímpico. Son varias razones que se podrían aportar para justificar que el deporte fuese una burbuja apolítica: a) se evitarían potenciales conflictos que pueden acabar en violencia (verbal o física); b) no convertiríamos a los espectadores en "rehenes" involuntarios de los activistas políticos; c) se desvincularía la afición a un club de un credo o reclamación política. En resumen, se lograría desdramatizar un ámbito que de por sí ya es en demasiadas ocasiones, demasiado pasional.

 

Pero esta propuesta no impide, obviamente, que el deportista o el aficionado pueda practicar el activismo político en su ámbito privado o en otras esferas públicas. La sugerencia implicaría la concienciación de que no es deseable llevar banderas a un estadio que no sean las del propio equipo y que tampoco debería realizarse cánticos o coreografías cuyo objeto no sea animar al propio equipo. También, que se deje de utilizar el deporte para fines patriotas, en especial, las competiciones no internacionales. De igual manera que a nadie se le ocurre llevar una reclamación política a una iglesia, lo mismo debería ocurrir con los estadios deportivos. Aunque sea difícil erradicar comportamientos muy arraigados, los beneficios que se lograrían, lo justifican.

 

José Luis Pérez Triviño

Profesor Titular de Filosofía del Derecho.

Presidente de la Asociación Española de Filosofía del Deporte.

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