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EFE / IUSPORT
11 de agosto de 2017

De Bolt a Guliyev: la resaca olímpica

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Un velocista de 27 años que en 2016 fue subcampeón de Europa de 200, por detrás del español Bruno Hortelano; que en la edición anterior de los Mundiales fue sexto y en Río 2016 llegó el último en la final olímpica, es el heredero del más grande, Usain Bolt, que traicionó a su prueba predilecta en su despedida.

 

Son los efectos intangibles de la resaca olímpica. El cuerpo de los atletas de elite parece decir basta una vez que se agota un ciclo olímpico, se toma un descanso, se resetea, como tuvo que hacer la campeona olímpica española Ruth Beitia para, al menos, llegar a los Mundiales un año después de su medalla de oro en Río.

 

El propio Bolt acusó el impacto de la resaca olímpica cuando el segundo día de competición en Londres, en el último 100 de su vida, sólo pudo ser tercero, batido por un velocista cuatro años mayor, Justin Gatlin, de 35, y por un "prospecto" de 22, Christian Coleman.

 

La ristra de fiascos en Londres aumenta cada día: Elaine Thompson, doble campeona olímpica en Río y aquí sólo quinta en el 100; Shaunae Miller, oro en el 400 de Río y en Londres cuarta; la irrupción del francés Pierre-Ambroise en el 800; la del joven noruego Karsten Warholm en 400 m vallas, relegando al campeón olímpico, Kerron Clement, al tercer puesto; el sexto lugar de Ryan Crouser en peso...

 

El triunfo de Guliyev en una prueba que Bolt había convertido en carismática, casi tanto como el 100, constituye un caso paradigmático: surgiendo de la nada alcanzó las más altas cimas de la gloria, parafraseando a Groucho Marx.

 

Entre los 7.400 millones de habitantes del planeta, sólo uno, el velocista español Ángel David Rodríguez, había apostado por el turco-azerbaiyano, un atleta que llegó a Londres fuera del top-10 mundial del año y se va como campeón. "Ojo con Guliyev: 20.08 en Mayo, a unos 12 grados y fácil", había avisado en redes sociales.

 

Y cuando la masa de aficionados se aprestaba a contemplar un emocionante duelo entre Wayde Van Niekerk y el botsuanés Isaac Makwala (el más rápido del año, con los 19.77 de Madrid), surgió Guliyev para alzarse con la mejor parte del botín.

 

"No es un shock, pero desde luego no parece real", admitió el propio Giliyev, tan sorprendido como los demás por su victoria.

 

A una milésima estuvo Van Niekerk, héroe de Río 2016 con su récord mundial de 400 (43.03), de perder incluso la medalla de plata, tal fue el arrojo con que llegó a la meta el trinitense Jereem Richards, con quien compartió marca de 20.11.

 

"En realidad no he celebrado la medalla de hoy, sino toda la competición. Ganar dos medallas, y de buen color, oro y plata, es un gran logro para mi carrera", dijo el sudafricano, que aspiraba a emular el doblete de Michael Johnson en Gotemburgo'95.

 

Makwala, una de las 40 víctimas del brote de gastroenteritis detectado en un hotel oficial de los Mundiales, tuvo que hacer dos carreras, una de ellas en solitario, el día anterior para estar en la lucha por las medallas, y en la hora suprema sólo fue sexto.

 

Se había convertido en el verdadero héroe de los Mundiales de Londres y dejó a su paso una de las imágenes de mayor impacto, corriendo el miércoles él solo, bajo la lluvia, por la calle siete, para ganarse un puesto en las semifinales de 200, tras haber sido declarado "médicamente apto" al término de 48 horas de cuarentena.

 

El norovirus arruinó su trabajo. Estaba llamado a ser uno de los beneficiarios de la resaca olímpica, pero todo se vino abajo por culpa de una gastroenteritis que le impidió disputar la final de 400, para la que se había clasificado.

 

"El 400 es la prueba a la que aposté todo mi dinero. El 200 sólo lo hago de vez en cuando para ganar velocidad, no es como el 400. Yo nunca uso tacos de salida. Me voy de los Mundiales con el corazón roto", aseguró el desconsolado botsuanés tras su sexto puesto en la final de 200.

 

Con tres jornadas de competición por delante, la resaca olímpica aún se cobrará nuevas víctimas. 

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