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Anna Almécija
10 de julio de 2017

El accidente mortal del acróbata: cuando la seguridad aconseja no suspender el evento

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[Img #47567]
El triste accidente sufrido por el artista Pedro Aunión Monroy este viernes en el Mad Cool- que lamentamos profundamente-  ha generado una gran polémica en cuanto a si debió suspenderse el festival tras la tragedia.
 
 
Tal y como explicamos aquella misma noche, el acróbata, un experimentado y gran profesional,  cayó al vacío desde 30 metros de altura - por causas que deberán determinarse oficialmente -  ante la mirada atónita de miles de espectadores que asistían al evento y que vieron los hechos por las pantallas gigantes.
 
 
A pesar de la atención inmediata y los incansables esfuerzos de los equipos de emergencia por reanimarle, falleció. Además, por lo ocurrido, había personas en estado de shock, ataques de ansiedad, se tuvo que atender a espectadores, trabajadores, familiares....
 
 
Lo más lógico parece que debería haber sido suspender el concierto por respeto, porque te lo manda el corazón, el estomágo, la tristeza. Sin embargo, en seguridad la cabeza debe mantenerse fría, hay que ser práctico y resolutivo y la prioridad absoluta es  proteger la integridad de todos los que se encuentran en el recinto.
 
 
Con solo buscar un poco de información en hemeroteca y jurisprudencia se encuentran diversos antecedentes en los que la suspensión de un evento, por diferentes motivos, ha provocado altercados diversos. Sin ir más lejos, citaremos el ejemplo del Festimad 2005.  Por ello, no habiendo ningún otra circunstancia que pusiera en riesgo la integridad de los asistentes, comparto la decisión que tomaron los responsables de seguridad de continuar con los conciertos.
 
 
[Img #47568]Hay razones de emergencia - un incendio, una amenaza de bomba, etc- que sí aconsejan la evacuación, de acuerdo con el correspondiente Plan que en ese caso se activaría. En cambio, la decisión de cancelar o suspender por  otros motivos, es muy delicada y debe quedar en manos de quien está al mando. Y si policía y los máximos responsables de seguridad no consideran lo más adecuado desalojar a 45.000 personas debe apoyarse dicha decisión como la más oportuna.
 
 
Ellos han estudiado la situación, ellos son los especialistas, ellos trabajan y se forman continuamente para garantizar que no ocurra nada en los eventos. A pesar de que hay desgracias que no está en su mano evitar, sí les corresponde a ellos que las consecuencias no vayan a más.
 
 
De haberse decidido cancelar, podría haberse producido una evacuación modélica y ejemplar, sí, pero no podemos saberlo de antemano. La más remota posibilidad de que se pudiera producir un incidente justificaba la decisión de no arriegarse a evacuar y esa posibilidad existía.  
 
 
La experiencia nos ha enseñado que en esas situaciones, y más en los tiempos que corren,  la gente no siempre mantiene la calma, sino que entran en pánico, con el peligro que ello conlleva, o incluso se pueden producir actos vandálicos por parte de los asistentes que no estuvieran de acuerdo con la suspensión.
 
 
Cabe recordar que no todos los espectadores sabían lo que había ocurrido, porque no vieron los hechos y porque había otros escenarios simultáneos. Por ello, si les llegaba una información sesgada o errónea de los motivos de la evacuación, podía desencadenarse una reacción imprevisible y multiplicar la tragedia.
 
 
Suspender un evento por respeto ante el fallecimiento de un trabajador es una decisión que no es habitual – hemos tenido algunos ejemplos por desgracia durante el fin de semana-  pero es que tampoco compete al ámbito de la seguridad, sino de la organización, es una cuestión del protocolo de la empresa que corresponda. Y aún y así, si así lo decidiera la organización, debería valorarse la conveniencia o no de llevarse a cabo para evitar precisamente que haya más víctimas.
 
 
Las redes sociales aquella noche echaban humo. De la sorpresa inicial por lo que miles de espectadores acababan de presenciar se pasó a la indignación por la falta de información sobre el estado de salud del acróbata. Una vez que a través de la prensa se supo del fallecimiento, se reclamaba la suspensión inmediata del evento. Se relacionaba el hecho de no suspender con una cuestión meramente económica.
 
 
De manera incomprensible se llegó a comparar la situación del Mad Cool con la tragedia del Madrid-Arena. Allí tampoco se suspendió el espectáculo pero, debemos distinguir las circunstancias: en aquel caso el peligro para los asistentes persistió hasta el final ya que había un sobreaforo de 10.000 personas, podría haber habido más avalanchas mortales.  
 
 
En Mad Cool no había situación de riesgo alguno, ni derivada del lamentable accidente ni ninguna otra, que justificara la suspensión. Ello no obstaba por supuesto a que quien lo creyera conveniente decidiera en ese momento irse de allí.
 
 
También en situaciones como la vivida el viernes,  la comunicación oficial está condicionada por unos tiempos y unos protocolos que no siempre se comprenden, muchas veces justificados precisamente para evitar situaciones que pongan en peligro la seguridad.
 
 
Sin embargo, en una era en la que las redes sociales van mil pasos por delante de la información oficial, cabría preguntarse si hay que revisar esos protocolos, ya que el silencio inicial y el escueto contenido del comunicado de Mad Cool cuando llegó, aún causó más indignación, que se mitigó en parte cuando al día siguiente se emitió un nuevo comunicado más amplio.  
 
 
El accidente también provocó que los trabajadores del Festival denunciaran las precarias condiciones en las que han trabajado en el Mad Cool. Esas quejas deben ser escuchadas y en su caso inspeccionadas y sancionadas. Asimismo, la investigación permitirá depurar las responsabilidades correspondientes por el fatídico desenlace.
 
 

Anna Almécija

Directora de Seguridad Privada

Abogada

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