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Eva Cañizares Y José Luis Pérez Triviño
25 de noviembre de 2014

53-0 y el deporte como “caja negra”

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[Img #6754][Img #6755]Es frecuente afirmar que el deporte es un fenómeno moral, ya que está configurado de una manera tal que su práctica contribuye a fomentar actitudes que son valoradas positivamente por la sociedad: solidaridad, compañerismo, respeto (a los compañeros, a los rivales y a las reglas del juego), sacrificio, constancia, superación, igualdad, etc. De ahí que el deporte sea considerado una escuela moral y forme parte del currículo escolar.

 

Es más, de los deportistas se espera comportamientos conformes a esos valores esenciales ya que son iconos y modelos de éxito, imitados y atentamente seguidos en las redes sociales por los menores.
Sin embargo, con frecuencia la realidad del deporte está lejos de esa visión ideal, por cuanto de su práctica surgen para sus practicantes (y para quienes lo contemplan) actitudes no tan loables como las expuestas: competitividad, agresividad, violencia, racismo, etc.

 

En efecto, el ámbito del deporte, y el fútbol en particular, es un reducto donde parecen enquistadas actitudes reprobables moralmente. Así por ejemplo, sería intolerable en cualquier otro contexto social que se profiriesen insultos racistas como es recurrente en los estadios de fútbol, y en ningún otro ámbito social se permite la segregación entre hombres y mujeres como sucede en el deporte.

 

Algo similar podría afirmarse respecto de la agresividad y la violencia. Y podríamos continuar con la lista de comportamientos reprehensibles que con harta frecuencia se reproducen en la arena deportiva: engaños, fraudes, corrupción, etc.

 

En sentido metafórico, podríamos ver el deporte como una caja negra, ya que con independencia de cómo aquél haya diseñado, las respuestas que produce no son siempre las esperadas. Y si no que se lo digan a los protagonistas del partido de fútbol entre dos equipos de alevines de la Liga Provincial de Sevilla que finalizó con el sorprendente resultado de 53-0 que tanto ha dado que hablar en los últimos días.

 

Si bien es cierto que desde un punto de vista jurídico nada puede reprocharse, sí que es verdad que el resultado pudiera considerarse antideportivo y perjudicial para la formación de los chavales en el deporte, puesto que de ello no es posible extraer consecuencias positivas ni para el equipo ganador, ni para el perdedor, ni para el deporte en su conjunto. Está claro que los integrantes del equipo vencedor no habrán mejorado sus habilidades técnicas y, sus rivales, además de perder el partido, habrán perdido parte de autoestima.

 

Pero lo insólito de este caso es que la propia Federación Andaluza, a través de su Delegación Sevillana, puso en manos del Comité de Competición esta situación argumentando que el conjunto ganador había humillado al equipo rival. Así. Sin paños calientes. Como si de alguna manera las entidades organizativas deportivas y sus normativas no fueran responsables, en gran medida, de que se produzcan situaciones como la descrita. Flaco favor hacen al deporte no poniendo remedio a que estas situaciones se repitan.

 


Pero, ¿cómo pudo llegar a producirse tal desatino? Siempre hay voces defensoras de las buenas prácticas de los entrenadores en estas categorías inferiores, en las que se forman deportivamente los niños. Y, con frecuencia, dichas voces reclaman mayor flexibilidad en la aplicación de las reglas del juego.

 

Aquí entraríamos de lleno en el terreno de la ética, que es el terreno en el que debe moverse siempre un entrenador de formación, quien debe ser consciente de que en el ámbito deportivo hay que tratar de compatibilizar la búsqueda de la victoria con el respeto hacia el rival.

 

Se podrán contar miles de historias pero lo cierto es que había multitud de opciones para haber impedido el resultado final que supuso en este caso, la humillación del rival. Y cualquiera de ellas podía haber sido igual de válida para evitar esa escandalosa situación y la vergüenza, no solo del equipo goleado, sino también del que golea y demuestra que no está capacitado para enseñar a jugar al fútbol, y para evitar, por encima de todo y más importante, el destrozo emocional del otro equipo.

 

Un partido en estas edades no deja de ser un entrenamiento más. No podemos pensar que el otro equipo no es nuestro problema porque hablamos de chavales de 10 u 11 años.


Dicho esto, en el caso sevillano quizá la responsabilidad deba ser troceada. En primer lugar, el árbitro, porque el equipo goleado inició el duelo con apenas seis jugadores, por lo que previamente había solicitado a aquél no jugar el encuentro debido a la falta de jugadores, a lo que el juez se negó alegando que esa decisión vulneraba la establecido reglamentariamente. Y en el descanso, cuando iban 20-0 es el entrenador del conjunto vencedor el que reitera dicha petición al árbitro, quien volvió a negarse con los mismos argumentos.

 

En segundo lugar, no sólo el árbitro sino que también los otros participantes en el partido con un mínimo grado de autoridad (entrenadores) podían haber tomado la decisión de suspender el partido una vez que el resultado era abultado e irreversible, aún cuando ello supusiera actuar contra la decisión del árbitro y lo establecido en el Reglamento.

 

Y en tercer lugar, las autoridades que diseñan las competiciones, porque ¿no hay otra manera de configurar los grupos donde se alinean los diferentes equipos de cara a garantizar un mínimo grado de igualdad, y así evitar resultados escandalosos como el referido? Y, más importante aún, ¿no sería razonable que hubiera una norma que previera tales casos y que otorgara al árbitro la potestad para suspender el partido? Solo así el deporte dejaría de ser esa caja negra referida y se evitaría la vergüenza que debiera caer sobre los que ostensiblemente muestran su superioridad técnica y quienes la sufren.

 

Eva Cañizares
Vicepresidenta de la Asociación Andaluza de Derecho Deportivo

José Luis Pérez Triviño
Presidente de la Asociación Española de Filosofía del Deporte

 

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