Fruto de la casualidad o no, lo cierto es que el veinte aniversario de Iusport coincide con la publicación de mi libro "El dopaje y las nuevas tecnologías: el nuevo paradigma del deporte" en el que analizo las distintas tecnologías (los tratamientos genéticos, la neurociencia, los implantes y prótesis, a los que habría que añadir el impacto del big data y los e-sports) que afectarán de una manera drástica al deporte.
Las transformaciones que se auguran pueden desconcertar o incluso generar un temor de que el deporte, tal y como lo hemos concebido hasta el momento, cambie radicalmente y se convierta en una distopía. Así por ejemplo, ¿hay ya deportistas modificados genéticamente? ¿será realidad el neurodopaje?¿serán los deportistas discapacitados a corto plazo, superdeportistas gracias a las mejoras de los implantes y prótesis? ¿suplantarán en popularidad los e-sports a los deportes tradicionales?
Habrá que adoptar actitud cauta y examinar cada uno de los avances técnicos y comprobar si hacen que la vida de los humanos sea mejor, o al menos más confortable, y ver cómo se pueden aplicar al mundo del deporte.
Por otro lado, también sería recomendable evaluar racional y desprejuiciadamente de qué manera incorporar esas mejoras en el diseño del deporte de forma que tales cambios aseguren la justicia de las competiciones y que el deporte siga siendo una actividad que despierte el interés de los aficionados gracias a la incerteza de los resultados y el aprecio de las habilidades humanas. Solo así podremos esquivar la tentación del pánico moral que puede generar el nuevo paradigma del deporte.
Pero junto a esas modificaciones tecnológicas, el deporte -y el derecho deportivo- ha cambiado ya notablemente en estos veinte años desde que nació Iusport.
Quizá tampoco sea fruto de la casualidad que dicho alumbramiento casi coincidiera con muy poca diferencia de años con tres acontecimientos que cambiaron el deporte. A nivel mundial, la irrupción de Nike en el fútbol, a nivel europeo, la ley Bosman y a nivel español, la promulgación de la Ley del Deporte.
Aunque el impacto de Nike fue básicamente en el ámbito económico del deporte, lo cierto es que su aparición en el teatro de las marcas deportivas -en particular en el fútbol- modificó uno de las formas de obtener recursos por parte de los clubes: la venta de camisetas y todo el merchandising que le rodea.
A partir de ahí, los clubes se convirtieron en máquinas de obtener ingresos más allá de las entradas que abonaban los socios, convirtiéndose esta partida en una parte residual de los presupuestos de aquellos.
Poco se puede añadir a la repercusión que tuvo el caso Bosman en el fútbol europeo. A mis alumnos les suelo preguntar la alineación del FC Barcelona que ganó la Copa de Europa de 1992 y que la contrasten con la que podría conseguir la presente edición, para que visualicen lo que significó la ley Bosman. Claro que este efecto quizá se amplifique aún más con la referencia a la actual alineación del Granada CF con jugadores de once países distintos.
Si durante nuestra infancia podíamos decir de carrerilla la alineación de nuestro equipo predilecto -y de los rivales-, tal proeza hoy nos parecería fuera de nuestro alcance debido a las continuas compras y ventas de jugadores de algunos clubes, que se convierten en meras pasarelas para mostrar los emergentes talentos que ofrecen los agentes o los fondos de inversión, en muchos ocasiones tomando estos decisiones económicas y deportivas que forman parte del ámbito de competencia de los clubes.
También se haría difícil explicarle a un joven aficionado actual lo que han cambiado los estadios de fútbol, antiguas catedrales cívicas, convertidas ahora en polideportivos multifuncionales, museos interactivos y centros comerciales a los que hay que acceder tras pasar cada vez más numerosos y agobiantes controles de seguridad. Igual extrañeza le podría deparar la mención al ya desaparecido olor a puro que nos embargaba al entrar por los vomitorios así como las nubes de humo que sobrevolaban las gradas.
Parecido destino parece depararse a otro rasgo ineludible del fútbol popular de antaño: los insultos que con marcada reiteración, pasión y necesidad dirigía el aficionado al árbitro, a los jugadores o a los aficionados rivales. Ahora, los folletos informativos a la entrada de los campos solicitan compasivamente al aficionado que se abstenga de ellos, que tenga un comportamiento pulcro y educado, so amenaza de que el club sea sancionado económicamente o con el cierre de la grada.
Algo parecido ocurre con el control de las antiguas, o ya extintas peñas, convertidas algunas de ellas ahora en grupos de "hooligans" a los que es necesario disuadir de actos violentos con exhaustivos controles policiales antes, durante y tras los partidos dada la virulencia de sus acciones.
Todo sea para evitar que el espectáculo se nos vaya de las manos y el temor ante actos vandálicos aleje al público familiar de los estadios.
¿Y cómo hacerle entender al joven jurista deportivo que, a diferencia de ahora -en que casi todos los días de la semana hay partidos retransmitidos, eso sí, a horas cada vez más incívicas-, antes los partidos se jugaban los domingos a la taurina hora de las cinco de la tarde y que las retransmisiones se reducían a un único partido los sábados?
Sea ello para que los clubes, a través de la LFP, vean aumentado sus ingresos por la venta de los derechos de retransmisión televisiva, y puedan fichar a los mejores jugadores a precios exorbitantes. Que ello genere una agria disputa entre los clubes por adquirir un mayor lote en tal reparto es una consecuencia colateral del imparable proceso mercantilizador al que se han visto abocados para asegurar una deseada -aunque no siempre lograda- gestión profesionalizada que les evite caer en la bancarrota.
Por cierto, el propio nombre de los clubes se ha vuelto más prosaico y aséptico con la incorporación de las siglas SAD, para tristeza de los aficionados que reniegan de la conversión de las antiguas asociaciones deportivas en sociedades anónimas deportivas.
Para muchos, esta transformación afecta a la esencia misma del fenómeno futbolístico al orillar al genuino aficionado de la gestión del club, en beneficio de inversores sin pasión ni conocimiento de las esencias de cada club.
Odio eterno al fútbol moderno se ha convertido en el banderín de enganche de estos aficionados que reclaman una vuelta al fútbol popular de antaño, en el que la esencia del club radicaba en la lealtad del aficionado y sus emociones genuinas frente al carácter mercenario y ansioso de beneficios de los actuales propietarios.
Pero las modificaciones no acaban aquí.
Otra innovación del deporte, y del fútbol en particular es el tratamiento de la violencia dentro del terreno de juego. Lo que antes era visto como un lance del juego, como un azar o simplemente una consecuencia del juego "varonil", hoy día puede deparar una denuncia ante los juzgados y una eventual condena de prisión, al margen de severas sanciones deportivas.
La ingenuidad también hace tiempo que desertó del deporte. En más ocasiones de las que quisiéramos, los menores ya no practican deporte por vocación. Son instrumentalizados por padres, clubes o representantes que ven en ellos una vía rápida para hacer pingües negocios.
Ello ha hecho necesaria la intervención de la Unión Europea y varias federaciones, en especial, la FIFA, para acabar con el tráfico de menores. Aunque las medidas sean claramente perfectibles, el problema era indudable que estaba ahí, y que era necesario intervenir para evitar una de las peores lacras del deporte contemporáneo.
Otra de las grandes amenazas que ha irrumpido en el deporte contemporáneo ha sido las nuevas formas de amañar competiciones. El fraude en la predeterminación de resultados ha estado siempre presente en el deporte. Pero las nuevas tecnologías, en especial, internet ha traído consigo nuevas formas que suponen un riesgo incuestionable.
La introducción de las casas de apuestas on-line -que valga la pena recordarlo, está provocando la lenta defunción de otro de los símbolos del fútbol de antaño, las quinielas- ha traído consigo el amaño a gran y pequeña escala.
A gran escala por el poder de las mafias que controlan esos mercados paralelos que pueden afectar a las competiciones más poderosas y que generan movimientos multimillonarios de dinero; a pequeña escala, porque también afectan a los deportes minoritarios o las competiciones inferiores, aprovechándose de las reducidas retribuciones que los deportistas reciben en ellas para inducirles al engaño a cambio de pequeñas, pero suficientes ganancias económicas.
Y ya para acabar con el lado oscuro del deporte contemporáneo que ha emergido en estos últimos años, el gran desafío en el plano internacional, pero también nacional, es la lucha contra la corrupción, la falta de democracia y de transparencia de las principales organizaciones que gobiernan el deporte.
Amparadas en una apelación a la especificidad del deporte como fundamento para un gobierno opaco, clientelista y despilfarrador, aquellas instituciones han tomado decisiones que han escandalizado no solo a los miembros de la comunidad deportiva, sino también a toda la opinión pública. La necesidad de regeneración ética es en este sentido tan urgente como insoslayable, lo cual se está manifestando en normas, principios y medidas diversas que tratan de acercar -veremos si exitosamente- la dirección del deporte al buen gobierno.
Son muchos más los cambios los que han tenido lugar en estas dos décadas. Algunos más recientes llevan un mensaje de optimismo, como es el progresivo reconocimiento de las mujeres deportistas. Aunque queda mucho por hacer, y más todavía en lo que concierne a la representación de los órganos directivos de clubes y federaciones, ciertamente los avances en la consideración en términos de igualdad con el deporte masculino son muestras que dan cabida al optimismo.
Otras tendencias como el incremento del deporte aficionado, el surgimiento de nuevas modalidades deportivas, la tributación de los deportistas, las nuevas formas de organización jurídica, la laboralización del voluntariado deportivo etc., justifican una nueva mirada al deporte y al derecho deportivo, y quizá por eso, sea cada vez más necesaria una regulación más adecuada a los distintos cambios que se han producido y pueden darse en el futuro. Para dar cuenta de ello, estará como lo ha estado estos últimos veinte años, Iusport.
José Luis Pérez Triviño
Profesor Titular de Filosofía del Derecho (acreditado catedrático). Universidad Pompeu Fabra (Barcelona)










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