24 de septiembre de 2017
Última actualización: 23 de septiembre de 2017 23:47
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Jose´L. Pérez Triviño / Eva Cañizares
15 de enero de 2017

Aficionados: ¿vox populi, vox dei?

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[Img #34965]Eso debió preguntarse Quique Sánchez Flores cuando se sintió obligado a comparecer ante los medios de comunicación poco tiempo después de finalizar el partido que el RCE Espanyol había disputado contra el Fútbol Club Barcelona. En esa comparecencia pidió disculpas por felicitar, una vez finalizado el encuentro, a varios jugadores barcelonistas, en especial a Messi a quien pidió su camiseta. Lo que algunos calificaron como un ejercicio de deportividad o si se quiere de admiración particular a unos determinados jugadores de indiscutible calidad, fue interpretado de manera muy distinta por parte de un sector de la afición blanquiazul que se sintió ofendida por esa cercanía al club rival.


También Raúl debió pensar si, a pesar de su experiencia como jugador y su nutrido palmarés, se habría equivocado al recibir numerosas críticas de aficionados merengues por un tuit en el que alababa la -indiscutible- calidad de Messi.


Y en esta retahíla de acontecimientos en el que ha tenido protagonismo el veredicto del aficionado estaría el incidente entre un sector de la grada del Sevilla FC y Sergio Ramos, capitán del Real Madrid, por su decisión de lanzar el penalti contra su exequipo y por el equivocado -pero no insultante- gesto posterior, lo cual ha provocado una reacción generalizada del sevillismo en su contra, lanzándose incluso la campaña de rechazo #SergioRamosEresNoGrato. A ello hay que sumar los inoportunos comunicados de ambos clubes, presionados por sus respectivas aficiones, que no han hecho más que alimentar, aún más, los encendidos ánimos de las mismas sobre todo cuando un club se alinea con sus ultras solicitando se sancione al jugador insultado por aquéllos.


El origen del problema subyacente en estos episodios es que se tiende a considerar a la afición como depositaria de la quintaesencia futbolística, en claro contraste con otros integrantes del circo futbolístico (jugadores, entrenadores, presidentes) con actitudes de marcado carácter mercenario. Es obvio que el fútbol lleva implícito que los aficionados porten una adhesión identitaria sin la cual dicho fenómeno, social y deportivo, no podría entenderse ni tendría la popularidad que tiene. Pero esto no implica necesariamente que deba concederse "patente de legitimidad" a cualquiera de las expresiones que lleva a cabo a la afición, pues si fuera así podrían sustituir al presidente y la junta directiva en la gestión del club, al entrenador en las decisiones técnicas, al director técnico en su política de fichajes o también podrían decidir qué comportamientos son los "leales" al club, y cuáles los "desleales" o traidores. Y ya puestos, y lo más grave, también podrían decidir si tiene más valor un gesto de fidelidad a los colores que uno de deportividad o de excelencia técnica y que, al amparo de ello, pudieran quedar justificados actos de violencia verbal o física.


            La afición, en particular sus aficionados más radicales, tiene arraigada la idea de que pagar una entrada le da carta blanca para proferir los improperios que le vengan en gana. Y los clubes, por temor a quedarse con gradas en silencio si se expulsa a los más radicales, hacen poco o nada contra los insultos que se corean en sus gradas sin advertir que constituyen, en muchas ocasiones, un desprecio al juego limpio, un daño a la dignidad de los rivales y una amenaza al orden público. El temor reverencial que prestan algunas juntas directivas a esos grupos radicales no hace sino incrementar su capacidad de influir en decisiones de todo tipo. Pero si no se ponen ciertos límites puede pasar entonces que los aficionados más radicales -que son los que casi siempre enarbolan la voz de la afición-, no solo critiquen "gestos ofensivos" de su entrenador o de un exjugador y exijan contrición a éstos, arrastrando al resto de los aficionados e, incluso, al club; o incluso que en virtud de su sacrosanta lealtad al club tengan justificación para entrar en el vestuario y pedir acreditaciones de "entrega" y "fidelidad" a sus jugadores. Y si no, que se lo recuerden a los jugadores del Rayo Vallecano que, en las últimas jornadas de la pasada temporada, por las presiones a las que estaban siendo sometidos por la grada, se sometieron a dar explicaciones ante los hinchas radicales en una suerte de acto de contrición por su rendimiento en el campo.

 

Eva Cañizares Rivas.

Abogada, master en Derecho, Mediación y Gestión Deportiva. Directora de BNFit Fundición. Grupo Santagadea.

 

José Luis Pérez Triviño

Profesor Titular de Filosofía del Derecho (UPF). Director de “Fair Play. Revista de Filosofía, Ética y Derecho del Deporte”.

 

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