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José Luis Pérez Triviño y Eva Cañizares
6 de noviembre de 2016

De la guerra de las rosas a la de la amapola: los problemas de FIFA con la política

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Inglaterra se ve abocada a iniciar una nueva guerra. Si a mitad del siglo XV se desangraba en un conflicto dinástico entre las casas de los Lancaster y los York, en la conocida como "Guerra de las Rosas", en referencia sus respectivos emblemas, ahora el conflicto le enfrenta por otra flor, en esta ocasión, una amapola siendo su enemigo la FIFA.

 

El conflicto arranca de la voluntad de la Federación Inglesa de Fútbol (FA) de que los futbolistas de Inglaterra luzcan en el próximo partido que les enfrentará a Escocia el próximo 11 de noviembre. La amapola recuerda a los caídos en la Primera Guerra Mundial, y conmemora el Día del Armisticio (11 de noviembre de 1918), cuando el bando Aliado y el Imperio alemán acordaron el alto el fuego en un vagón de tren en Compiègne al finalizar Ia Primera Guerra Mundial. De hecho ambas selecciones se pusieron de acuerdo en portar tal símbolo en un día tan especial para las dos federaciones británicas. Tal es el simbolismo de dicha flor y lo que conmemora que la propia primera ministra británica se ha pronunciado al respecto defendiendo su utilización el día 11 de noviembre.

 

A pesar de que el motivo de llevar la flor en el uniforme responde a motivos pacifistas y no parece herir la sensibilidad de nadie, la FIFA ha avanzado que impondrá una sanción a ambas federaciones en el supuesto de que acaben exhibiendo la amapola. El fundamento de esa futura sanción es la normativa de la FIFA (artículo 67 apartado 3) según la cual cualquier asociación será responsable por las conductas inapropiadas en especial cuando se transmita algún mensaje que sea de naturaleza política.

 

Lo cierto es que la FIFA lleva un tiempo que va de problema en problema. En unos casos por falta de actuación y en otros, por excesivo celo. En efecto, en unas ocasiones, ha sido poco previsora y vigilante en los riesgos, así como benevolente en la sanción impuesta a ciertos escándalos. Nos referimos a los numerosos casos de corrupción que le han salpicado reciente y directamente, alcanzando incluso a su longevo expresidente, Joseph Blatter. En otro supuesto, el origen del problema es precisamente el contrario: prestar atención desmesurada a comportamientos hasta cierto punto irrelevantes, como llevar un pequeño trozo de tela en forma de amapola en la vestimenta.

 

Ahora bien, el asunto tampoco se puede banalizar. No es tan fácil resolver estas cuestiones cada vez más frecuentes en el mundo del fútbol. Y es que, dado el peso identitario de las selecciones nacionales y la enorme caja de resonancia que ofrecen las retransmisiones televisivas deportivas, las propias federaciones o incluso los jugadores podrían aprovechar para lucir en las camisetas cualquier tipo de slogan publicitario, religioso o político, y así alcanzar notoriedad o amplificar un cierto mensaje. Así por ejemplo, hace pocos meses un jugador al acabar el partido se acercó a las cámaras, se levantó la camiseta para mostrar otra debajo con la cara de Putin. Si permitimos la amapola, se cuestiona la FIFA, ¿deberemos también tolerar ese otro tipo de mensajes políticos?

 


Según la FIFA, la prohibición intenta evitar el proselitismo político o religioso. El problema es que la norma es muy genérica y muy poco precisa, el tipo legal no está bien expresado, no concreta que las leyendas o los lemas se prohiban porque puedan afectar al orden público, a los derechos de las personas o, simplemente, porque incluya mensajes publicitarios, que sería lo más lógico. Es una norma estricta en la que no cabe la flexibilidad y no entiende de excepciones. O estás dentro o estás fuera. Da igual que el futbolista muestre una camiseta con la figura de un dictador asesino o con una leyenda que manifieste su amor a su Dios, o que exhiba una bandera separatista o, como en este caso, una flor como símbolo pacifista. Todo se sanciona por igual. Es una normativa que no se adapta, que solo persigue evitar el deportista-anuncio lo que da lugar a persecuciones desproporcionadas y absurdas que rozan el puritanismo. En este sentido, casi simultáneamente al caso de la amapola la FIFA ha castigado a la federación iraní de fútbol por tolerar en un partido internacional que hubiera una pancarta gigantesca en la grada con simbología religiosa del grupo chií más radical. Y es que tal manifestación religiosa podría haber comportado una amenaza a la seguridad pública dado el enfrentamiento entre distintas congregaciones religiosas en dicho país.

 

La comparación entre un caso y otro es pertinente ya que permite mostrar la enorme distancia que existe entre las dos situaciones a las que se aplica igualmente la norma. También es cierto que el problema no tiene una solución fácil porque lo que para unos es valioso y sagrado para otros es una provocación, pero no parece que se solucione mezclando peras con manzanas como hace la cuestionada normativa FIFA en la que se tipifica todo por igual. Quizá sería una alternativa modificar el criterio de prohibición, eliminando la referencia a manifestaciones según su contenido -político o religioso o de otro tipo-, por otro basado en las probables consecuencias que pudieran tener para el orden público. Esto permitiría un mayor grado de flexibilidad en la adopción de medidas. En todo caso, tanto la regla como los actuales criterios de aplicación que usa la FIFA son una muestra más del típico galimatías normativo en el que habita el fútbol y de la hipocresía en la que viven instaladas las altas instancias del fútbol mundial al sancionar con el balón en juego todo aquello que se después aplauden con él fuera del terreno de juego.

 

Eva Cañizares Rivas.

Abogada experta en Derecho, Gestión y Mediación Deportiva. Directora de BNFit Fundición.

 

José Luis Pérez Triviño

Profesor Titular de Filosofía del Derecho (UPF). Director de “Fair Play. Revista de Filosofía, Ética y Derecho del Deporte”.

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