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4 de marzo de 2014
César R. Torres y José Luis Pérez Triviño

Los problemas del triple castigo en el fútbol

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[Img #4139][Img #4140]Existe un principio bien asentado en los derechos penales contemporáneos según el cual los delitos, esto es las infracciones de una regla penal que provoca un daño a terceras personas, no deben nunca ser castigados dos veces pues ello supondría atentar contra un principio fundamental de justicia. En el ámbito futbolístico existe actualmente un tipo de jugada que parece generar no solo un bis in ídem sino incluso un triple bis in ídem. De hecho, es conocida comúnmente como la regla del “triple castigo” y se prevé para aquellos casos de infracción mediando oportunidad manifiesta de gol en un área. En dichos supuestos la regla del triple castigo impone que se deba 1) señalar penalti, 2) decretar la expulsión directa del jugador infractor y 3) establecer una sanción que impedirá a aquél disputar un futuro partido.

A continuación trataremos de mostrar 1) que dicho triple castigo no es exactamente un triple in ídem y ni siquiera un bis in ídem y 2) que aún así el castigo previsto actualmente para esta jugada es desproporcionado y que existen razones de peso para aligerarlo.

1. Si se disecciona la jugada que da origen al triple castigo, podemos distinguir dos acciones distintas (o una misma acción que produce dos resultados discernibles), que a su vez, motivan dos sanciones distintas. Cuando el jugador del equipo que está a punto de recibir un gol corta la jugada, en realidad está realizando dos acciones desvaloradas por el reglamento: 1) evitar de forma ilegítima e ilegal una ocasión de gol y 2) efectuar una falta sobre el atacante. La primera infracción es la que genera la sanción del penalti. La segunda es la que provocar la tarjeta roja. A su vez, es la segunda infracción la que lleva aparejada tanto la expulsión como la suspensión posterior consistente en no jugar un futuro partido. En este sentido, no hay bis in ídem por cuanto se trata de acciones (o resultados derivados de la misma acción) diferentes. Y aún cuando la segunda acción reciba dos tipos de reproche jurídico, la expulsión y la suspensión, los dos se predican de la misma sanción. Lo que ha establecido el legislador es una parte de la sanción inmediata (la expulsión) y otra diferida en el tiempo (la suspensión). Cosa, por cierto, que no es nada extraña en los sistemas punitivos donde un mismo delito puede generar responsabilidad penal y civil o incluso dentro de la penal puede fijarse prisión y multa económica.

2. Sin embargo, existe un problema de proporcionalidad en la sanción prevista en la reglamentación actual. Es éste el problema que han señalado varias instituciones, entre ellas, la UEFA, a través de su presidente, Michel Platini, quien viene reclamando la modificación del triple castigo. Según el mandatario francés, “El triple castigo es demasiado”, llegando incluso a calificar la regla como “tonta”. Hace poco Platini recordó además que la reforma es secundada por diversos estamentos del mundo del fútbol y aseguró que “llevamos 15 años pidiendo que se cambie, pero nosotros no podemos hacerlo. Hemos escrito a la FIFA pidiendo que lo modifiquen, pero no nos corresponde a nosotros”.

La propuesta sería entonces, que las infracciones dentro del área que malogran una oportunidad manifiesta de gol se sancionen con penalti y con la misma tarjeta que merecería el infractor si cometiera la infracción en cualquier otra zona del campo. Por lo tanto, se suprimiría el tercer elemento del castigo: la suspensión del infractor para un próximo partido. De hecho, la UEFA ha permitido que algunos árbitros sancionen jugadas características del triple castigo según su versión de la sanción y no la de la FIFA. En un partido reciente entre el FC Barcelona y el Elche FC, Cristian Sapunaru, defensor del equipo ilicitano, cometió un penalti sobre Cesc Fábregas. El árbitro, David Fernández Borbalán, señaló la pena máxima pero no amonestó con tarjeta al rumano que, con la interpretación vigente, debió ser expulsado con roja directa.

En principio, el asunto del triple castigo fue discutido por un  grupo de trabajo de la FIFA conocido como “Task Force Football 2014”, ya desarticulado, cuyo objetivo era “estudiar diferentes propuestas encaminadas a potenciar tanto el atractivo del fútbol como el control de los partidos en las competiciones de elite”. Entre tales medidas se encontraba el mantenimiento o supresión del triple castigo. Para el grupo de trabajo, el triple castigo es excesivo. En su opinión, las infracciones de este tipo deberían castigarse con penalti y tarjeta amarilla en lugar de tarjeta roja, la cual debería estar reservada para las infracciones más peligrosas.

Consecuentemente, el grupo de trabajo propuso a la FIFA en 2012 enmendar el reglamento. A su vez, la FIFA presentó la propuesta a la International Football Association Board (IFAB). A pesar de que la FIFA aventuró que la propuesta sería seguramente aprobada ese año, la IFAB pospuso cualquier decisión al respecto. Lo mismo ha hecho recientemente respecto de la propuesta de la UEFA. En su reunión del 1 de marzo, la “IFAB reconoció que la llamada ‘triple sanción’ ha sido objeto de un intenso debate” y “resolvió que los grupos de asesoramiento deberían estudiar el asunto para analizar cómo podría aclararse.” Esta nueva dilación permite volver a examinar el asunto con detenimiento.

La cuestión principal es si se debería aligerar el triple castigo en el sentido propuesto por el grupo de trabajo y la UEFA. Consideramos que sí, centrándose el aligeramiento en el tercer elemento del triple castigo: la suspensión para un futuro partido.

Entendemos que es posible sostener que únicamente los dos primeros elementos del triple castigo están justificados. La infracción penalizada detiene el curso normal del juego y despoja al rival de una ventaja competitiva obtenida legítimamente. Y tal infracción se realiza en una jugada de vital importancia porque se presume la posibilidad ostensible de marcar un gol. Es decir, la infracción en cuestión contraría y deshonra tanto la lógica del juego como el mérito futbolístico. El doble castigo restaura el juego, compensa el perjuicio creado por la infracción y recrea, aunque imperfectamente, la ventaja inicial. Esta es una posición con connotaciones retribucionistas: se castiga la infracción en función del daño causado y el beneficio injustamente obtenido.

Si el penalti y la expulsión son castigos suficientes, el último elemento del triple castigo es desmedido. La suspensión impuesta al infractor no retribuye al equipo afectado por la infracción cometida, ya que se cumple en un partido posterior. O sea, lo que aporta el último elemento no repercute sobre el equipo afectado sino sobre un tercer equipo que será beneficiado por la ausencia del jugador suspendido. De cualquier manera, la suspensión podría estar justificada, por ejemplo, si el infractor además de malograr una oportunidad manifiesta de gol también lesionara al rival que la poseía. En esta situación, la suspensión funciona como retribución del daño añadido al despojo de la ventaja competitiva obtenida legítimamente.

El triple castigo tampoco parece justificable si se toma una postura utilitarista (centrada en las consecuencias). Una posibilidad es mantener que los castigos severos, como el aquí analizado, cumplen una función disuasiva. Como admite la IFAB, el intenso debate sobre el triple castigo incluye “la preocupación por el hecho de que, si se quitasen las tarjetas rojas, ello conduciría a más faltas intencionadas”. Así, los castigos severos, incluido el que está en discusión, prevendrían a otros jugadores de cometer la misma infracción. La efectividad de este argumento es incierta, ya que los castigos severos difícilmente disuaden a quienes están decididos a cometer la infracción. Por otro lado, en la intensidad de la competencia durante el partido hay quienes no tendrán la lucidez para reflexionar sobre las consecuencias de sus actos y, por lo tanto, no serán disuadidos. Dicho en otras palabras: en el fragor del partido y de la jugada concreta, es difícil que el defensor tenga tiempo y oportunidad para llevar a cabo el cálculo utilitarista de evaluar las ventajas y desventajas de cometer la infracción.

Otra posibilidad es argumentar que los castigos severos cumplen una función educativa. En tal caso, estos castigos podrían concebirse como una indicación de que la infracción en cuestión va en contra de la lógica del fútbol y de que las habilidades necesarias para cometerlas no se cuentan entre las que éste pretende evaluar. También indicaría que las sanciones estipuladas en el reglamento no constituyen el precio a pagar para ejercer una opción táctica sino el castigo por una acción prohibida. No obstante, el doble castigo transmite el mismo mensaje educativo.

En resumen, el doble castigo es suficiente para honrar tanto las habilidades que constituyen al fútbol como sus estándares de excelencia y compensar el perjuicio creado. Como dirían los penalistas, el castigo frente a estas infracciones es suficientemente “expresivo” del reproche (culpabilidad). El tercer elemento del triple castigo no es proporcional, ni disuasivo, ni agrega valor educativo. Nada de esto debe entenderse como un guiño o aliento para implementar tácticas contrarias al espíritu lúdico propio del fútbol.

Ahora bien, aceptando que el doble castigo es suficiente para las infracciones dentro del área penal que malogran una oportunidad manifiesta de gol, el castigo adicional al penalti no tiene una interpretación unívoca. Aquí hay al menos dos posibilidades.

Según la primera, que sería la sostenida por Platini, como hemos expuesto antes, la sanción debería ser idéntica a la que se cometiera en otra parte del terreno de juego. Es decir, si la infracción es sancionable con amonestación, el jugador debería recibir tarjeta amarilla. Si la infracción merece expulsión, el jugador debería recibir tarjeta roja. Pero si la falta es leve y no merece amonestación ni expulsión incluso podría ser sólo pitado el penalti. Así sucedió en el partido antes citado entre el FC Barcelona y el Elche FC donde el árbitro no amonestó a Sapunaru.

Una segunda opción sería considerar que siempre se debe sancionar al infractor con tarjeta roja dado que se malogra una oportunidad manifiesta de gol. La peligrosidad de la infracción en esas situaciones es, en principio, irrelevante. Por ejemplo, detener a un rival por medio de un empujón ya sea leve o grave cumple la misma función. De esta manera, ambas acciones deberían sancionarse de la misma manera. Valga aclarar que si la infracción se comete fuera del área penal, la tarjeta roja debería estar acompañada de tiro libre directo.

Creemos que la primera opción es la más adecuada. Una razón es que el penalti es en sí mismo una sanción severa que, como hemos visto, compensa el perjuicio creado por el infractor y recrea, aunque imperfectamente, la ventaja inicial. Otra razón es que la expulsión compulsiva puede no estar en concordancia con la gravedad de la infracción. Es decir, en ocasiones puede beneficiar en demasía al equipo afectado por la infracción ya que contaría con superioridad numérica el resto del partido. En dichas situaciones se generaría un desequilibrio competitivo tan significativo como injustificado. Una tercera razón es de carácter ético y estético simultáneamente: por un lado, dadas las circunstancias donde es discrecional elegir entre una retribución mayor (tarjeta roja) o una menor (tarjeta amarilla) parece razonable, como criterio general, optar por la menor punición posible. Por otro lado, dado que las expulsiones tienden a ir en detrimento de la dinámica lúdica propia del juego, también parecen darse argumentos para elegir la menor de las sanciones. En definitiva, según nuestra postura, la expulsión debería estar reservada para las situaciones en que la infracción lo merece, y no funcionar como regla general.

Como resumen podríamos decir entonces que la previsión del triple castigo no es criticable por ser un ejemplo de triple in ídem o bis in ídem, ya que la jugada puede ser castigada al dañar el juego de dos maneras distintas (cortar una ocasión de gol y efectuar una falta sobre el atacante). Por otro lado, lo que parece desproporcionado es adicionar al penalti y la eventual tarjeta roja con la suspensión posterior. Hemos tratado de sostener esta posición analizando los diversos tipos de justificación (retribucionista, utilitarista y educativa) que podrían darse para tal severo castigo, pero ninguna de esas concepciones parecen convalidar la exagerada cuantía del reproche establecida en el triple castigo. Por último, también hemos examinado una cuestión ulterior: la cuantía del castigo adicional al penalti, pues se ha discutido, si este debe ser en forma de tarjeta roja o modularse según la gravedad de la falta y, en este sentido, admitir en ocasiones la tarjeta amarilla o incluso ningún castigo adicional. Aquí también hemos analizado varios argumentos para concluir la conveniencia de optar por la segunda interpretación.

César R. Torres. The College at Brockport, State University of New York (EE.UU)
José Luis Pérez Triviño. Universitat Pompeu Fabra (Barcelona, España)

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