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José Luis Pérez Triviño
23 de febrero de 2016

Putin y la libertad de expresión en el deporte. Un comentario a Juan de Dios Crespo

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Pocas cosas enriquecen más a una sociedad democrática que el debate de las ideas, sobre todo cuando éstas son opuestas. Como ya señalara el famoso juez del Tribunal Supremo de los EEUU, O.W. Holmes: “... el último bien deseado se logra mejor mediante el libre intercambio de ideas, que la mejor prueba de la verdad es el poder de un pensamiento para conseguir ser aceptado dentro de la competencia del mercado”. Introduzco esta cita no solo para justificar mi discrepancia con el último artículo de Juan de Dios Crespo, sino también para razonar el motivo de mi disenso respecto al tema que precisamente trata en su último artículo publicado en Iusport -“La polémica camiseta con la imagen de Putin”-  y que no es otro que el de los límites a la libertad de expresión en los estadios deportivos.

 

El debate es recurrente, pero ha adquirido mayor virulencia estos últimos tiempos a raíz de comportamientos que han tenido una gran repercusión social como las pitadas al himno español en varias finales de la Copa del Rey, la exhibición de las banderas independentistas -las esteladas- por parte de aficionados del FC Barcelona, los distintos cánticos -vejatorios algunos-, las pancartas o los insultos por parte de la grada a jugadores u otras personas. El último caso, y que es el que da pie a la reflexión de Juan de Dios Crespo, es el del jugador ruso Dmitri Taresov quien en una eliminatoria de la Europa League entre los equipos turcos del Fenerbahçe y los rusos del Lokomotiv Moscú, al finalizar éste mostró una camiseta en la que se veía un foto del presidente Putin, con una indicación en cirílico que decía «El Presidente más educado». El jugador, al ser preguntado por ese gesto, dijo que le parecía que el político al mando de la madre Rusia era lo mejor que existía y que, de esa forma, le quería mostrar su apoyo y solidaridad (1). Para entender todavía más el contenido político de la camiseta es necesario contextualizar que en la actualidad hay entre Rusia y Turquía una tensa situación a raíz del derribo por parte de este último país de un avión de combate ruso, alegando que había violado su espacio aéreo.

 

Es a colación de este incidente que el prestigioso abogado se cuestiona si se deben o pueden los deportistas dedicarse a ser ciudadanos cuando están trabajando. Este es un debate ciertamente espinoso, más allá de que la normativa de la UEFA establece que los mensajes políticos quedan prohibidos. Así lo fija la UEFA en su Código Disciplinario, en especial sus artículos 14 y 16. En el artículo 14, apartado 7 se establece que: “All forms of ideological, political and religious propaganda are forbidden”, lo cual parece incluir a los  jugadores. Y la razón que alega Juan de Dios Crespo es que un deportista debe relegar su derecho al ejercicio de la libertad de expresión cuando está trabajand0 (2). Sin entrar a debatir a fondo esta cuestión, lo que señala Juan de Dios Crespo es que los deportistas pueden ejercer el derecho a la libertad de expresión una vez acabado el partido, pero les queda vedado utilizar un acontecimiento deportivo para lanzar mensajes políticos. Sin embargo, a continuación Juan de Dios Crespo pone como ejemplo de la prohibición y de las sanciones que está imponiendo UEFA un supuesto distinto: la manifestación política realizada por los aficionados en un estadio, en este caso, la exhibición de las esteladas (3)

 

Parece obvio que la razón esgrimida para limitar el derecho a la libertad de expresión a los deportistas durante su ejercicio profesional no vale para los aficionados, pues éstos, cuando acuden a un espectáculo deportivo no realizan ninguna prestación laboral. Por lo tanto, cabe preguntarse si habría otra razón para limitar la libertad de expresión de los aficionados. Y parece que para Juan de Dios Crespo sí existe una justificación adicional, en este caso de tipo histórica “los Juegos Olímpicos, significaba una tregua a las guerras helénicas, y todos los atletas eran hermanos en esos momentos, independientemente de qué Ciudad-Estado griega defendieran”. Es decir, para decirlo en términos jurídicos apela a visión “originalista” del deporte para defender la prohibición de manifestaciones políticas. Sin embargo, como ocurre con frecuencia con este tipo de estrategias interpretativas, se enfrenta a situaciones paradójicas, pues entonces por la misma razón, deberíamos prohibir que las mujeres participaran en las competiciones deportivas, ya que así se establecía en los mismos Juegos Olímpicos de la Antigüedad griega. Pero esto sería desconsiderar que nuestras sociedades actuales, al menos las democráticas, poco tienen en que asemejarse a las de la Antigüedad, sobre todo porque hemos aprendido a convivir razonablemente en un contexto donde existe una pluralidad de concepciones políticas, sociales y religiosas. Y lo mismo que se ha reconocido el derecho a la participación de la mujer en el deporte en condiciones de igualdad de los hombres, también podría haber razones para permitir manifestaciones políticas que no pusieran en peligro otros bienes fundamentales.

 

No obstante, todavía se podría rescatar una idea subyacente en el artículo de Juan de Dios Crespo para mantener su tesis principal. En efecto, colateralmente señala que “no es de recibo es que se utilicen los acontecimientos deportivos para lanzar mensajes" (4). La cuestión es ¿qué razones aportar para mantener esa concepción? ¿Por qué los aficionados deberían desprenderse de sus derechos fundamentales cuando entran en un estadio? ¿Por qué el ámbito de los derechos fundamentales debe ser distinto una vez se ha entrado en un estadio? Esta es una posición sobre la que ya ha habido pronunciamientos judiciales en los que se ha negado que puedan sancionarse penalmente las pitadas al himno. Pero a la vez, es una posición manifiestamente paradójica si se tiene en cuenta que la mayor parte de las competiciones deportivas tienen como uno de sus criterios organizativos motivos de índole política pues aquellas se organizan por criterios basados en la nacionalidad o estatalidad de los deportistas o las selecciones. Es más, en esas competiciones -los Juegos Olímpicos, la Copa del Mundo de Fútbol o los Mundiales de Atletismo- son eventos donde los aficionados ingresan a los estadios pertrechados de sus banderas nacionales y donde lanzan consignas de cualquier contenido, muchas de ellas políticas.

 

Esto, por cierto, no implica aceptar cualquier tipo de manifestación política pues habría razones para prohibir aquellas que fueran racistas, xenófobas, etc.; y por supuesto, las que pusieran en peligro la seguridad y orden público (5). En efecto, no debería tener el mismo tratamiento por ejemplo, una manifestación a favor de Mandela en un estadio de fútbol europeo cuando éste estaba todavía preso que una que incluyera banderas y consignas nazis, como tampoco la debería tener una completamente pacífica a favor de los derechos de los animales que una que incitara a la violencia contra los refugiados sirios. Pero hechas estas matizaciones, mientras estemos en un Estado democrático, el deporte también debería prestar un servicio a la sociedad donde se desarrolla y no limitar injustificadamente los derechos fundamentales de los aficionados, pues como también señaló Holmes:

 

«estamos llamados a considerar y a valorar los objetivos que persigue cualquier legislación, los medios para alcanzarlos, y su coste. Aprendemos que para todo debemos dejar alguna otra cosa, y se nos enseña a sopesar las ventajas que ganamos en contra de otras que perdemos, y a saber qué estamos haciendo cuando elegimos».

 

 

[1] Hace poco hubo un caso similar en el que un jugador del Jaén, el portugués, Nuno Silva, lució en en su presentación una camiseta donde aparecía el caudillo, Francisco Franco. A diferencia del jugador ruso, el portugués no solo no defendió al caudillo, sino que incluso alegó  desconocer que la imagen que aparecía en la camiseta correspondiera a Francisco Franco y su significación política.

[2] “cualquiera, deportistas incluidos, podrá realizar lo que crea conveniente, una vez no está en su trabajo. Es decir que si Piqué twittea algo, me parece que ejerce su derecho, como cuando le contesta Arbeloa o si alguien quiere dar su opinión sobre los refugiados o sobre quien debería ser presidente del gobierno en España”.

[3] Supuesto que entraría en el 16 apartado 2 e) del Código Disciplinario e la UEFA donde se establece la responsabilidad del club (o de la asociación correspondiente) por las conductas inapropiadas de sus aficionados, en especial cuando “hagan gestos, palabras, objetos u otros medios para transmitir cualquier mensaje que se adecúe al evento deportivo, particularmente los mensajes que sean de naturaleza política, ideológica, religiosa, ofensiva o provocativa”.

[4] Aunque la frase acaba con el sustantivo “mensajes”, hemos de imaginar que se refiere a mensajes políticos.

[5] Y por cierto, por estas razones quizá estuviera justificado sancionar al jugador ruso. Pero de esto, no se infiere que cualquier contenido político está vinculado con la provocación de la violencia o la alteración del orden público.

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