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Blas López-Angulo
Blas López-Angulo Sábado, 13 de Abril de 2019

La segunda muerte de Perico Escobal (capitán legendario del Real Madrid)

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Es del todo anómalo que uno de los primeros capitanes del Real Madrid, coetáneo del mismísimo Santiago Bernabéu, permanezca ignorado en la web oficial del club. Perico Escobal formó junto a Félix Quesada en los años veinte la pareja de defensas del Madrid, precursora de la más célebre Ciriaco y Quincoces.

 

Los llamaban «los Pericos», o también «los fakires». Tenían una fuerte personalidad. Y mando. A veces excesivo, caciquil, como señala uno de los periodistas con más conocimiento del devenir del llamado deporte rey en nuestro país, Alfredo Relaño.

 

Pero es que la personalidad y vida de Perico Escobal es abrumadoramente extraordinaria, por lo que la denunciada anomalía cobra aún mayor fuerza. La deliberada omisión o general ignorancia en los medios responde a cuestiones políticas y de no ser por las propias memorias del interesado, editadas primero en su exilio en Estados Unidos y en inglés (Death Row 1968, Las Sacas 1974) y luego aquí en una edición pirata en Logroño (1981, con un prólogo de Ramón J. Sender) y la de 2005, modesta pero al menos ya normalizada en 2005, el silencio habría resultado definitivo.

 

[Img #93179]El autor de Réquiem por un campesino español o Siete domingos rojos recuerda haberle aplaudido en el campo de Chamartín de la Rosa, a pesar de simpatizar con el mayor de sus rivales, el Athletic de Bilbao.

 

El riojano Patricio Pedro Escobal se trasladó a Madrid. A los 15 años ingresó en el marianista colegio del Pilar, cantera privilegiada del Real Madrid: desde el genio de René Petit y su hermano, a los también hermanos Losada, Muñagorri, Monjardín, Manzanedo, Barroso, Tovar, Cárdenas, Garrido, Muguiro, Terán, Urquijo, Marín, Yllera y tantos otros.

 

Como pilarista era el republicano Rafael Sánchez Guerra, presidente del Madrid en 1935 y 1936, que en su libro Cartas a mis hijos. Recuerdos y anécdotas, testimonió esa procedencia mayoritaria estudiantil: “el once tipo estaba integrado por Martínez, Quesada, Escobal, Sicilia, Mejía, Mengoiti, De Miguel, Posada, Monjardín, Félix Pérez y Del Campo. Casi todos, si no todos, colegiales madrileños.

 

Entre las mejores glosas del fútbol patrio Relaño tiene escrito: “¡Escobal, cuyos despejes a la grada eran legendarios! Aún en los sesenta había quien gritaba en Chamartín «¡Viva El Escorial!» cuando un defensa pegaba un patadón, expresión acuñada en los tiempos de Perico Escobal, que era de allí.” Ay, ya le tengo dicho al director del As, que más bien se trataría de algún juego de palabras con el apellido Escobal, puesto que no estudió en El Escorial como sí lo hizo Bernabéu con los agustinos, sino en los jesuitas de Chamartín antes de llegar al colegio pilarista.

 

De todas formas, sacar el balón sin contemplaciones -o complicaciones- ha venido siendo el deber fundamental de los defensas, incluso algún placer estético podría caber en las elevadas parábolas que el balón trazara en los habitualmente despejados cielos de la capital. A sus 98 años aún recordaba Patricio Escobal -enterrado quedaba el Perico- en una entrevista, que de los pocos goles que marcó, uno fue desde el campo contrario debido a que el sol deslumbró al portero. La eficacia máxima, entiendo, no debería estar reñida con los cánones de la belleza.

 

En esos deportivos y modernos años 20 nadie podría sospechar el futuro fratricida que les acechaba a esa brillante hornada de universitarios, pero cuando la cuestión del profesionalismo se planteó sobre un deporte que avanzaba hacia espectáculo de masas, Escobal, ya de ideas republicanas, impulsó la asociación sindical de los jugadores profesionales, lo que chocaba con el espíritu regeneracionista de la Institución Libre de Enseñanza, con el ideario imperante en los “Sports”, que eran objeto en sus centros de la educación física más novedosa habida a principios del siglo XX.

 

Y contrariaba a buena parte de la plantilla, a los que con repugnancia clasista estaban dispuestos a abandonar su práctica si perdía las esencias en beneficio de “vividores del fútbol”, en palabras del afamado delantero Monjardín, del que acabó distanciado su compañero Escobal, según describe el historiador Ángel Bahamonde, citado por Teresa González de Garay en el libro de Las Sacas.  (Juan Monjardín, sí aparece entre las leyendas reseñadas en la web oficial del Real Madrid. Años más tarde durante el franquismo se vio reconocido por la Delegación Nacional de Deportes con la medalla al Mérito Deportivo).

 

Perico Escobal viajó a París con la selección a los Juegos Olímpicos de 1924, aunque como reserva en el único partido que la finalista de Amberes disputó y perdió contra la Italia de Vittorio Pozzo, el entrenador con una triada irrepetible para la historia de títulos seguidos: Mundiales del 34 y 38 y Olimpiada del 36.

 

Compartió banquillo con Belauste, el héroe de la plata de 1920, aquel del “A mí, Sabino, que los arrollo”, pero también junto a Chomin Acedo, del que tuvo noticias tiempo después en la prisión al enterarse de que estaba al frente de las ejecuciones en Haro (La Rioja). "Quizás por parecerme Acedo insincero y fanfarrón fue el único compañero de equipo con el cual no hice amistad en aquel viaje. En el mundo futbolístico de sus tiempos fue un gran jugador", dejó escrito en sus citadas memorias.

 

Escobal escuchó en su cautiverio que Domingo Gómez-Acedo, jugador del Athletic Club de Bilbao entre 1913 y 1929, apostaba con su patrulla "a que su bala entraría por el ojo derecho, por el izquierdo, por la boca u otro sitio del cuerpo de las víctimas". Y en ese mismo banquillo de París estaba Monchín Triana, encarcelado en la Modelo de Madrid al inicio de la guerra, conducido y ejecutado en Paracuellos. Aún así, prosigamos el relato por los felices años 20.

 

[Img #93180]Puede que en los Juegos de 1928 su apuesta por el profesionalismo le cerrara las puertas a una nueva participación. En cambio, disfrutó de importantes giras al extranjero en partidos amistosos rellenando las formaciones de otros equipos, una vez que por disensiones abandonó el Real Madrid, al que sin embargo volvería. Recorrió América de norte a sur o más bien al revés, lo mismo que Europa de un costado a otro, empezando por Oporto.

 

Retirado el gran fakir, obtenido el título de ingeniero industrial mientras alternaba los codos con los patadones más recordados sobre el cielo de Madrid, ocupó plaza de su rango en el ayuntamiento de Logroño. Mucho antes en 1924, con el Deportivo Logroño inauguró el estadio de Las Gaunas junto a Ramón Castroviejo que tuvo el honor de estrenar el marcador, y que llegaría a celebridad por sus trasplantes de córnea en Estados Unidos.

 

Y gracias a él conoció a su hermana, Teresa Castroviejo, su “Diosa del Ebro” con la que se bañaba a la luz de la luna (y de su doble luna, si atendemos a los versos de Lorca), una bella deidad que le ayudó a clausurar su también bravo historial de seductor. Fuerte como el hierro, bien parecido y cercano al 1, 90 rebosaba de anécdotas, algunas con final en comisaría, como cuando terminó en sonora bronca con una señora casada con la que mantenía relaciones, al confesarle ella que solo había estado con él para probar “a qué sabe un futbolista”.

 

Estaba afiliado al partido de Azaña, Izquierda Republicana, en 1934 tras la revolución y posterior represión de Asturias fue cesado. Con la victoria del Frente Popular recupera su plaza por poco tiempo. A los cuatro días del alzamiento es detenido e inicia un descenso ad inferos: el frontón Beti Jai habilitado como cárcel, de ahí a la Escuela Industrial y debido a una grave infección ósea de su espalda al viejo Hospital Provincial junto a la orilla del Ebro.

 

En noviembre de 1937 fue confinado a una casa en Pedernales, Sukarrieta, en la ría de Urdaibai entre Bermeo y Mundaka. Era propiedad de los Castroviejo. Finalmente, a mediados de 1940 se embarcó a La Habana con destino final en los Estados Unidos, por el favor del embajador italiano en Madrid, el general Gambara. Al comienzo de las operaciones en el Norte, las fuerzas voluntarias italianas establecieron su cuartel general en una finca a las afueras de la capital riojana de los Castroviejo.

 

Así se escribe la letra minúscula de la Historia. Abandonaba una patria mortalmente desecha, el recuento que hace al embarcar a bordo del Magallanes cruzando el puente de Portugalete es demoledor: “No quedaba ni verdadera religión ni ciencia. Más del cincuenta por ciento del profesorado, desde la enseñanza primaria hasta la universidad, estaban asesinados o huidos en el destierro. La pobreza y el fanatismo eran dueños absolutos de la piel de toro. El ideal y la decencia habían desaparecido de España”.


Tal vez por su celebridad no formó parte de las numerosas sacas que relata con minuciosidad, incluso con rigor notarial, en su libro que, por ello mismo, tituló Las Sacas. Y tal vez ayudado por la mayor celebridad, científica e internacional, de su cuñado Castroviejo pudo asentarse en Nueva York, donde se buscó la vida con negocios propios que no le fueron bien.

 

Obtuvo más adelante plaza de ingeniero en Manhattan. Al tiempo de su jubilación fue premiado por la ampliación del alumbrado en el populoso distrito de Queens, Tomó contacto con otros exiliados como el exministro de Justicia Fernando de los Ríos, el profesor Tomás Navarro Tomás, y Francisco García Lorca, hermano del celebérrimo y asesinado poeta. Hay que mencionar especialmente su amistad con Eugenio Fernández Granell, poeta y pintor surrealista gallego.

 

Nunca se consideró un verdadero escritor, a pesar de contar con una gran cultura literaria y predilección cervantina. Un amigo común le contó que Picasso estaba dispuesto a añadir un dibujo suyo a cada capítulo de su libro. Esto le hubiera dado una dimensión internacional a Las Sacas, pero nunca llegó a realizarse. Y tal vez hubiera evitado la segunda muerte civil, de Patricio Pedro Escobal López, debida primero a la censura nacional y luego al olvido.

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