Contra los gimnasios
Circula por YouTube expandido en las redes un vídeo de un tal Mikel Serrano, en que después de haber pasado la noche en un “after”, consternado nos cuenta que ha visto cerca de su casa un gimnasio abierto las 24 horas.
Le llueven descalificaciones de esas que abundan y que no disciernen entre los escarnios a su persona o al personaje: el youtuber no puede entender que los jóvenes malgasten su juventud entregados desde primeras horas de la mañana ¡de un domingo! a una suerte de onanismo practicado en público. Asesinos, asesinos de la juventud les llama, “no pararé hasta que prohiban estos centros satánicos y asquerosos”. “Les habéis metido la mierda de la gimnasia por la mañana pudiendo estar bailando”.
Lo anterior es una provocación, desde luego, teniendo el cuenta que el personal anda pegado a una cinta o dándole a los pedales, pero como recuerda Mark Greif en una estupenda reunión de ensayos que lleva por título “Contra todo. Cómo vivir en tiempos deshonestos”, la palabra gimnasio procede de los griegos, aunque nuestro moderno gimnasio nada tiene que ver con su espíritu agonístico, que consistía en el entrenamiento de los jóvenes para las competiciones en un espacio público donde la educación de los jóvenes era llevada por los adultos y en el que surgían debates espontáneos entre ellos, verdadera ágora no política sino intelectual, a la que se debe el origen de la filosofía occidental. Sócrates pasaba casi todo su tiempo en el gimnasio, enseñaba en él.
Los espacios contienen las ideas y métodos de quienes los utilizan. El gimnasio de Sócrates la mayéutica, la Academia de Platón la dialéctica y el Liceo de Aristóteles el diálogo de discusión científica.
Gimnasio, deriva de gymnos, que significa desnudo. El gimnasio como espacio para la desnudez de los cuerpos y el ejercicio físico previo a las enseñanzas de los filósofos. Estaba compuesto de la palestra, un campo de deportes, el stadion o pista para las carreras, sala de masajes, vestíbulo, una piscina de agua fría para refrescarse después de los ejercicios y las aulas, donde recibían las lecciones desnudos.
Durante los primeros años de la Academia de Platón el espacio predilecto para llevar a cabo los diálogos era el simposio, que tenía por objeto la discusión de algún tema determinado. De hecho uno de los más célebres es conocido como “El banquete”. Etimológicamente la palabra banquete proviene de simposio, symposion formada de sym, juntos y posis, beber: reunión de bebedores.
Tiene importancia el lugar donde desarrollamos las actividades más frecuentes.
El gimnasio tal como se concibe en nuestros días, más parece que se deba realizar en la intimidad del propio hogar, dado que se ejerce sin participación de los demás, incluso como si no estuvieran, sin mirarnos. Otra cuestión es su finalidad, pues carece de elemento lúdico, las cintas, las estáticas bicicletas (oiga para qué seguirle, cuando pare basta con que me avise); y del elemento participativo o social, propio de los deportes.
Concuerdo con el ensayista Mark Greif en que justificar el ejercicio, al menos el comprendido en el espacio aquí referido, consiste en dedicar la mejor parte de nuestras vidas a conservar la vida: “vamos en pos de un espacio más prolongado de felicidad diferida”. El ejercicio como obsesión, la tortura mental del joven o no tan joven por faltar algún día al gimnasio. La delgadez como aspiración no física, sino moral, ¡metafísica! Convertida en ideal de vida donde la gordura, lejos de verse como una libre opción personal, se juzga moralmente y en términos médicos de enfermedad.
En “El mundo de ayer”, las apreciadas memorias de Stefan Zweig, asistíamos de su mano a la Viena imperial de antes de la Gran Guerra, en que las damas vestían corsés, de modo que se ignorase las formas de su corporeidad. Los historiadores de la moda hoy en día pueden constatar que las mujeres se liberaron del corsé solo para adaptar un corsé interno a través de la dieta y del ejercicio y así quemar las partes de su cuerpo que no se adapten a lo que se espera de un cuerpo sano y bello.
Es decir, solo existe un cuerpo único e impersonal, pesadilla actualizada del lecho de Procusto. De ahí el narcisismo vacío de tantos, pero aún más el odio hacia uno mismo por no ajustarse a las medidas de esa moderna cama procustiana.
Con la ayuda de Quevedo me asombro al correr de los siglos, de como la delgadez asume hoy un canon moral, espiritual, cuando en sus tiempos no pasaría de hético, es decir, en uno de sus juegos de palabras imposibles en nuestra época, que ve reducirse el vocabulario pero también el humor y la inteligencia y hasta el propio cuerpo y existencia en esos “hangares malolientes y forrados de espejos”.

















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.28