Es de agradecer que la organización del US Open de tenis haya pedido disculpas a la tenista Alize Cornet por el lamentable incidente acaecido tras el cambio de camiseta cuando estaba a punto de comenzar el tercer set del partido frente a Johanna Larsson.
Como se ha podido ver en las imágenes, el juez de silla, Cristian Rask, amonestó a la jugadora por gesto antideportivo y violación del código de conducta o tras quitarse y volverse a poner la camiseta, que llevaba del revés. Cornet, ha aceptado las disculpas de la organización, que considera justas y necesarias tras este desafortunado incidente.
La Asociación de Tenis Femenino (WTA) no dudó en criticar la decisión y apoyar a la jugadora dado que esta regla no existe en el Grand Slam de tenis femenino del que el US Open forma parte, junto al Open de Australia, Roland Garros y Wimbledon.
La asociación de tenis de Estados Unidos (USTA) y la organización del US Open se apresuraron también a revisar las normas del torneo para que situaciones tan desagradables e injustas no se vuelvan a repetir. ¿Pero es esto suficiente? La respuesta es no.
La apresurada revisión del código de conducta del US Open pone de manifiesto que había algo en él que no debía estar, a saber, la prohibición de que las tenistas se cambien en la pista, si así lo desean. Naturalmente esta regla era únicamente aplicable a las tenistas, no a sus compañeros. Ahora bien, dado que la regla, pese a su evidente injusticia, existía en el código de conducta ¿la decisión de Rask fue la correcta? Tampoco.
Los jueces de silla del Grand Slam de tenis, los afamados Chair Umpires, son elegidos precisamente por su alta capacitación y agilidad en la toma de decisiones. Rask, como el resto de Chair Umpires, es perfectamente conocedor de las reglas y código de conducta de la Federación Internacional de Tenis (ITF) dentro de la que se integra la WTA y de las particulares de cada torneo.
La “heat rule” presente en el Grand Slam permite que las tenistas después de finalizar el segundo set, el tercero en el caso de los hombres, puedan retirarse unos minutos de la pista para refrescarse. En ese momento, después de volver a la pista y antes de comenzar el tercer set, es cuando Cornet se da cuenta de que lleva la camiseta del revés. Y le da la vuelta. ¿Que hay de malo en ello? ¿Y de nuevo? Nada.
El día anterior Novak Djokovic se refrescaba con hielo el torso desnudo después de cada juego en la calurosa pista de New York que acoge el torneo. Y quizá muchos recuerden como una simpática anécdota el cambio de pantalones de Rafael Nadal en Rio de Janeiro de 2015.
¿Qué debió hacer entonces Rask? Nada o, mejor dicho, pudo no haber hecho nada o adoptar una decisión que le hubiese honrado como Gold Chair Umpire del Grand Slam. En efecto, Rask pudo haber ignorado el hecho de que Cornet se cambiara la camiseta, al igual que ocurre cuando lo hacen los tenistas masculinos. Sin embargo Rask tuvo también una oportunidad magnífica de parar el partido, denunciar la existencia de una regla injusta, discriminatoria con las mujeres y, además incoherente con las propias reglas de la ITF.
Pero no lo hizo y perdió con ello la oportunidad de poner en evidencia al US Open y a la propia ITF. A la primera por mantener en vigor esa regla. A la segunda porque es el órgano de gobierno global del tenis y, en consecuencia, tiene la obligación de examinar las reglas de cada torneo y vigilar que sean acordes con la igualdad e integridad en el deporte. Principios que como miembro del Movimiento Olímpico se ha comprometido a respetar y hacer cumplir.
La decisión de Rask fue incorrecta, injusta y machista. Pero no inútil. Fue incorrecta porque no aplicó las reglas generales de la ITF al dar preferencia a las del US Open que, además de ser más restrictivas con los derechos de las mujeres, decaen ante las generales de la ITF.
Injusta porque, como buen conocedor del reglamento ITF, no pudo ignorar que eran contrarias al código de integridad de la ITF y del Movimiento Olímpico y aun así las aplicó. Y machista porque la discriminación es únicamente sustentable a partir de la diferencia de sexo de las participantes y no tiene como objeto compensar ninguna desigualdad previa. Pero, insisto, no es inútil.
La decisión de Rask es la segunda ocasión en pocos días en que la discriminación de las mujeres en el tenis, como en tantos otros deportes profesionales, se muestra sin tapujos y sin vergüenza.
La organización de Roland Garros ha anunciado también la revisión de las reglas de vestimenta femeninas después de que Serena Willians participara con un ceñido traje monopieza, el famoso“blackpanter”, que al parecer facilitaba la circulación y prevenía la formación de coágulos debido a su proceso de recuperación de un complicado parto que a punto ha estado de apartarla de la competición.
Bernard Guidicelli, presidente de la Federación Francesa de tenis, justifica esta decisión en que el respeto al juego y al lugar son límites infranqueables que la vestimenta debe respetar. Las declaraciones de Guidicelli siguen la misma lógica que la decisión de Rask y adolecen por tanto de idénticos defectos.
El juego no se perjudica por la vestimenta de las mujeres, salvo que les otorgue una ventaja competitiva, que no es el caso. Tampoco por las preferencias estéticas de los participantes, como ocurre con la indumentaria en el tenis masculino o en la impúdica exhibición que los jugadores de fútbol hacen de sus dudosos gustos estéticos. Pero sobre todo es tremendamente injusto decir que hay una falta de respeto del deportista al vestir una indumentaria que le protege de lesiones.
Más aun si se trata de un proceso de posparto y se tiene en cuenta la exigencia que supone para las mujeres volver al deporte de competición después de haber llevado a cabo un embarazo y parir. Pero para percatarse de esto hay que cambiar la perspectiva desde la que observamos el deporte de competición. Las deportistas tienen derecho a participar en igualdad de condiciones que sus compañeros. Las tenistas no son esas chicas que juegan en minifalda un deporte de hombres.
Son mujeres deportistas que al igual que sus compañeros pueden cambiarse en la pista o en los vestuarios y vestir como se sientan más cómodas y les guste más. Pero la igualdad a la hora de competir no debe hacernos olvidar la diferencia intrínseca entre hombres y mujeres deportistas. Porque algunas mujeres, además de deportistas, son madres y las dificultades de compaginar maternidad y competición son completamente ignoradas por las autoridades deportivas.
Afrontar esta situación es urgente y exige adoptar una perspectiva de genero que las sitúe en primer plano de la agenda del deporte. Por eso la decisión de Rask y la justificación de Guidicelli son erróneas, injustas y machistas pero no inútiles. Deben servir de acicate para que la Asociación de Tenis Femenino (WTA) sude la camiseta. La WTA debe urgir a la Federación Internacional de Tenis (IFT ) a revisar los códigos de vestimenta o comportamiento que impongan medidas discriminatorios con las mujeres y a promover acciones que favorezcan la incorporación a la competición y la conciliación con la vida maternal de las deportistas. La pelota está en sus manos, en juego un match point.
Alberto Carrio
Barcelona, 30 de agosto de 2018.


















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