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José Sellés
José Sellés Domingo, 01 de Julio de 2018

La eliminación de España o lo carísima que sale la factura de la destitución de Lopetegui

Pese a estar en verano, Rusia dejó helada a España. La selección española pone fin de manera prematura a su andadura en la cita mundialista que más a favor se le había puesta para, por lo menos, llegar a la final. Lo ha hecho desde el punto de penalti, que vulgarmente se suele decir que es una lotería.

 

Y Rusia ha demostrado que es así. España ha tenido que jugarse el pase a los cuartos de final fiándolo todo a la suerte de esa lotería por no ser capaz de lograrlo con el juego en los 120 minutos anteriores. Y ante la selección 70 del ranking FIFA, por muy anfitriona que sea.

 

Tras la eliminación los hay que defenderán que no hay que hacer más drama que el necesario para lamentar el haber caído en los penaltis. Que al igual que hemos caído podríamos haber pasado. Yo, en cambio, veo necesario mirar el torneo que ha hecho España. Los cuatro partidos completos. Un torneo que parece que desde fuera se ha querido hacer todo lo posible para que los jugadores se descentraran y no lo pudieran ganar.

 

Lo cierto es que desde que España goleara el pasado 28 de marzo a Argentina en el Wanda Metropolitano por 6-1 el equipo ha ido perdiendo sensaciones. En aquel encuentro había un 80% de la convocatoria final y el seleccionador, Julen Lopetegui, estaba más que consolidado en el banquillo para hacer y deshacer lo que quisiera.

 

Parece que en aquel encuentro los jugadores alcanzaron el summum en el juego desarbolando a una de las selecciones que, más por nombres que por sensaciones, se había colado entre la media docena de favoritas a ganar el Mundial en Rusia.

 

Lo que nadie esperaba es que a partir de ahí, seguramente por la carga de partidos, comenzaría una cuesta abajo tanto en el aspecto físico como en el juego. Una cuesta abajo que fue relativamente matizada en los dos siguientes amistosos en junio, el empate contra Suiza (1-1) y la victoria contra Túnez (0-1).

 

Hasta Iago Aspas lo reconoció: “Teníamos mejores sensaciones antes de los dos últimos amistosos”. Era evidente que si en marzo se jugó muy bien ante Argentina y en junio más regular contra Suiza y Túnez era una cuestión más física que de entrenador.

 

Un cuerpo técnico improvisado

 

Entre medias a la preparación del Mundial se produjeron las elecciones a la presidencia de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF). Y ahí Luis Rubiales se convirtió en el nuevo máximo mandatario del fútbol español el pasado 17 de mayo. El nuevo presidente afirmó llegar a la RFEF con una maleta llena de renovaciones en forma de buen gobierno, trasparencia y diálogo. Pero este diálogo se ha transformado en imperatividad ante el primer contratiempo al que se ha tenido que enfrentar.

 

Sin embargo, el 12 de junio el Real Madrid anunció la contratación del seleccionador español, Julen Lopetegui, una vez terminara la participación del equipo nacional en el Mundial. Unos minutos después, la RFEF confirmaba la operación en un comunicado y admitía que había tenido “en todo momento” conocimiento de la negociación. Pero menos de 24 horas después de que se anunciara la contratación, Rubiales se dejó llevar por un calentón injustificado y de manera caprichosa decidió anteponer su orgullo de presidente a la preparación de la Selección para destituir al técnico de Asteasu.

 

De prisa y corriendo se decidió nombrar a Fernando Hierro como seleccionador interino (o, mejor dicho, entrenador porque él no había hecho la lista), a Albert Celades, hasta el momento seleccionador de la Sub-21 que había viajado a Rusia, se le convenció para que fuera su ayudante y se llamó a Carlos Marchena para que, con el permiso del Sevilla, dejara temporalmente su trabajo en las categorías inferiores del club hispalense para formar parte del nuevo organigrama en la cita de Rusia. Curioso que a los clubes se les pueda tocar entrenadores, pero no a la RFEF.

 

Sergio Ramos y su “tanatorio”

 

La gran mayoría de los jugadores que hablaron en los distintos medios de comunicación en los días posteriores a la destitución de Lopetegui mostraron su desconcierto. Y no es de extrañar, porque acababan de destituir al que había clasificado y preparado a España para este Mundial. El sentir del vestuario en la previa al debut contra Portugal lo expresó Sergio Ramos en la sala de prensa. El de Camas afirmó que “me quiero despedir con una sonrisa porque parece que estamos en un tanatorio”.

 

Pero el capricho de Rubiales afectó en lo anímico, como demostró Sergio Ramos, y en lo físico. Es cierto que los jugadores de todas las grandes selecciones han llegado justas de fuerzas para este Mundial tras una temporada exigente en la élite. Pero en el caso de España tenemos que añadir el cambio que supone tanto en el aspecto físico como el mental la llegada de un entrenador diferente a las pocas horas de debutar. Un entrenador cuyo librillo ningún jugador conoce porque apenas tiene experiencia como máximo responsable en un banquillo. Los jugadores acusaron la incertidumbre propia del improvisado cambio de seleccionador con errores absurdos e inexplicables en el terreno de juego que han costado goles.

 

Hierro, atado por su escaso margen de error

 

Durante su estancia en la selección, Lopetegui había conseguido inculcar una frase suya en el grupo: “Cada partido es una conquista”. De esa frase se había hecho una filosofía y una actitud a la hora de afrontar los partidos. De ahí que se comentara que con Lopetegui España había recuperado el toque, el hambre y la presión alta en campo contrario. Y es que en la mayoría de los casos los equipos son un fiel reflejo de sus entrenadores.

 

Pero ya sin Lopetegui España afrontaba el primer partido ante Portugal. El exseleccionador no se había puesto ningún objetivo en este Mundial puesto que dejó claro que “todas las selecciones llegamos al Mundial con un billete para tres partidos”. Prueba de ello es que, mientras le dejaron, única y exclusivamente pensó en cómo abordar bien a Portugal en el debut. Ese trabajo se vio en la primera parte del debut de España contra la selección lusa, que sólo estuvo empañada por un penalti ridículo de Nacho y un error grosero de David De Gea.

 

Cuando el ‘plan A’ que durante tantos meses había trabajo Lopetegui comenzó a ser conocido por los rivales España se volvió mediocre. Lo dice la segunda parte contra Portugal, donde apenas hubo dirección del equipo y cambios desde los banquillos y los partidos contra Irán, Marruecos y este domingo contra Rusia. Su denominador común, el excesivo toque en el centro del campo y la falta de verticalidad. Pero quien en principio tenía las soluciones para esto había sido destituido.

 

La selección ha ido perdiendo el color que había ganado en la fase de clasificación con actuaciones brillantes como contra Italia y ha ganado palidez. Y entre medias a Hierro sólo le quedaba la opción de agarrarse al clavo ardiendo de que el vestuario no se dispersara tras la destitución de Lopetegui. Quizás por eso ha intentado generar el menor debate posible: ha mantenido a De Gea pese a hacer sólo una parada en cuatro partidos o ha mantenido a Silva pese a no aparecer ni contribuir en ningún partido. Para evitar un motín en el vestuario, que es lo único que le ha faltado a la selección en Rusia.

 

Estoy llegando a las líneas finales de este artículo. Y sí, lo habrán comprobado. Hay demasiados aspectos negativos que destaco de la selección. Casualmente todos ellos desde que empezó el Mundial.

 

En el Mundial más igualado de la historia (y a su vez el más justo) España llegó en medio de una crisis, para disputarlo en medio de debates y terminarlo de manera dramática por ser incapaz de hacer un gol más que Rusia en 120 minutos. Y es que los jugadores, pese a estar fundidos, son los únicos que se salvan de la participación caótica de España en el Mundial, en la que cada partido ha parecido ser  más que una batalla una huida hacia adelante. Un final consecuente a lo que se ha buscado. Una autodestrucción fruto de un orgullo mal entendido, o al menos, que ha primado sobre el bien general de la selección. 

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