
De entrada, estas trampas provocan conflictos entre los jugadores, jugadores y entrenadores, y entre entrenadores, pues se entablan discusiones fuertes y acaloradas, y el enfado de unos y otros sobre el terreno de juego va aumentando.
Se habla mucho del fair play en la práctica del deporte, del juego limpio, sincero y honesto. Esta cuestión tiene que ver con las malas acciones en el terreno de juego, pero también con las intenciones de engaño de algunos jugadores hacia el árbitro, pues ambas tienen la finalidad de dañar al rival, unas directa y otras indirectamente.
Desde que no hay público en los campos de futbol, tenemos la posibilidad de escuchar el impacto de golpes y gritos de dolor, quejas y comentarios de los jugadores después de un contacto e incluso los diálogos que establecen los árbitros con unos y otros. Antes, con los campos llenos, era imposible si no era mediante los micrófonos de ambiente de las televisiones.
Incluso ahora los árbitros en éstas y otras jugadas tienen la posibilidad de tomarse más tiempo para comentar las acciones punibles con los jugadores implicados y decidir con sus colegas de la sala del VAR a kilómetros de distancia.
Esta situación nos ha permitido ver acciones de supuestos impactos y golpes entre jugadores que en el pasado pasaban más inadvertidas – debido a la presión del público en los terrenos de juego y la necesidad de acelerar la decisión entre el conjunto arbitral de dentro y fuera del campo- y que ahora puede ser una gran oportunidad de promover el juego limpio. En concreto, nos referimos a las acciones de engaño premeditado de algunos jugadores con el objetivo que el árbitro (1) sancione un contacto inexistente en un lance del juego por la pugna del balón; o (2) incremente la sanción en un contacto existente como algo intencionado para dañar o que pueda ser catalogado como agresión.
De entrada, estas trampas provocan conflictos entre los jugadores, jugadores y entrenadores, y entre entrenadores, pues se entablan discusiones fuertes y acaloradas, y el enfado de unos y otros sobre el terreno de juego va aumentando. Lamentablemente, estos engaños se han vuelto un recurso premeditado en determinadas circunstancias del encuentro. ¿Cuándo se dan? Afloran más cuando está a punto de terminar el encuentro y uno de los equipos está por delante en el marcador y el otro trata de empatar el partido. En estas ocasiones, algunos jugadores que están ganando fingen golpes y agresiones, con sus respectivos derribos y gritos de dolor. Como los golpes en la cara son sancionados como agresiones, los golpes en las piernas provocan que los jugadores se cubran la cara de dolor, intentando hacer creer algo que no es.
Estas trampas no forman parte del deporte. No forman parte del fútbol. No forman parte de la práctica del deporte, del juego, de las ganas de jugar y de lo que los espectadores quieren ver en un partido de futbol. Tampoco creemos que los entrenadores quieran estas trampas y los lamentables espectáculos en el terreno del juego que se generan, que impiden la puesta en práctica de lo trabajado en los duros entrenos. Las trampas no deben formar parte de la competición, pues no todo vale para ganar.
Estas trampas y engaños tienen una consecuencia inmediata en los encuentros en forma de conflictos y un impacto negativo en el futbol formativo. Niños y jóvenes reproducen estas trampas en sus competiciones, bien porque simulan a sus ídolos profesionales o peor aún porque siguen las malas instrucciones de sus entrenadores que anteponen los resultados a la formación. Por suerte, la trampa es “comida para hoy y hambre para mañana”, pues en el futbol se valoran las virtudes de la práctica del deporte y no del teatro. Aunque si el engaño no se ataja a tiempo y se le invita a desaparecer, se convierte en la norma y se instala en la forma de comportarse de los deportistas y las personas en sociedad.
¿Y ahora qué se puede hacer? Vaya por delante que estas situaciones son difíciles de constatar y juzgar por parte del árbitro, a lo mejor no tanto cuando se finge un contacto inexistente, aunque a metros de distancia y con la velocidad del juego cuesta percibirlo con claridad. Puede que sea más fácil cuando el contacto existe cómo producto del movimiento natural de los jugadores en los lances del juego y sólo falta ver su finalidad. En este último supuesto, el VAR tiene entrada bajo la sospecha de que esa jugada es el resultado de una agresión. Pero, ¿y en el caso de la primera, cuando se finge el contacto, se provoca el enfado y la discusión entre jugadores y se duda de la eficacia del árbitro porque (1) ha sancionado la jugada como falta y con tarjeta cuando no lo es; o (2) no ha hecho nada de esto? Creemos que, en estas situaciones, el VAR puede y debería actuar frente a estas trampas y e incluso con otro tipo de engaños, aunque fuera necesario modificar las reglas que rigen el funcionamiento actual de esta tecnología, ampliando el número de supuestos de actuación. Los engaños y simulaciones son contrarias al fair play y al normal desarrollo de la competición, pues algunas decisiones que pudieran adoptarse en esos casos por parte de los árbitros podrían condicionar el resultado de un partido.
Ya saben ustedes, si nos han leído anteriormente, que no somos unos férreos partidarios de la sanción. En el anterior artículo, hacíamos hincapié que la mejor manera de evitar malentendidos y la aparición de conflictos, debido la actualización y desconocimiento de las normas, es la información y el diálogo.
Pues bien, con nuestra propuesta de la entrada del VAR para verificar supuestos engaños y trampas, tampoco lo somos. No estamos diciendo que todas las situaciones de engaño en cada momento del juego sean revisadas, pero hay muchas que se ven cada semana en las pantallas de los televisores que claman al cielo. Imágenes en las cuales los árbitros son engañados por las trampas de algunos jugadores, en los que se produce una adulteración del resultado del encuentro y se afecta negativamente la práctica del futbol, pues se da cabida a este tipo de comportamientos que no encuentran sanción. Nos referimos, por ejemplo, a la situación en la que el jugador finge contacto u agresión, se desvanece y después de una patada se toca la cara, o simula un golpe en la nariz cuando ha recibido un leve contacto en el hombro. Mientras el árbitro habla con sus colaboradores por el pinganillo, el jugador agredido va levantando la cara para ver si se sanciona la jugada y se amonesta al supuesto infractor. Pues bien, cada semana se ven unas cuantas imágenes como éstas y lamentablemente el tramposo sale impune de esa situación y en algún caso incluso con premio. La indignación contra este tipo de futbolistas va calando cada vez más y algunos medios de comunicación ya han publicado sus propios rankings de jugadores “piscineros”, algunos de ellos muy reconocidos por su calidad técnica, a la que suman una capacidad teatral fuera de lo común.
Esto que explicamos no es en muchos casos fortuito. Lamentablemente, hay equipos en las competiciones que podrían recurrir a la utilización de estas trampas. Mientras no disponemos de datos e investigaciones sobre estos hechos, sí disponemos del VAR para poner luz sobre estos engaños y ayudar al árbitro a tomar mejores decisiones.
En este sentido, podemos recordar las manifestaciones recientes del ex árbitro internacional Iturralde González: «La simulación sale gratis. Como los jugadores seguirán dejándose caer, los árbitros deberían erradicar el engaño». Iturralde afirma que cuando un jugador simula y exagera un contacto dejándose caer, al que engaña es a un compañero de profesión. El árbitro se equivocará al pitar, pero el verdadero engañado es un compañero. Y la pregunta que se hace es, si el sindicato de futbolistas (AFE) no debería articular algún mecanismo para que entre sus afiliados no se engañen entre sí.
El ex colegiado bilbaíno también ha manifestado su disconformidad con la teoría de que el VAR ha terminado con las simulaciones, ya que la realidad es que el número de amonestaciones por este motivo ha disminuido notablemente y no se pitan muchas de las simulaciones que se producen. Pone como ejemplo las recientes declaraciones del entrenador del Éibar, Mendilibar, quejándose de que el árbitro le había advertido que los jugadores de su equipo se estaban tirando al suelo después de marcar el gol que les daba ventaja en el marcador; pero curiosamente, en el acta de dicho partido no se había reflejado ninguna amonestación a los jugadores que simulaban lesiones.
Y no debemos olvidar el papel necesario de los árbitros para erradicar estas trampas, pues en el apartado de conductas antideportivas de la Regla del Juego número XII se tipifica como actuación punible la de fingir una lesión o aparentar haber sido objeto de una infracción (simulación). Por tanto, el árbitro que está en el terreno de juego, y, en especial, el que se encuentre en la sala VOR (Video Operation Room), deberían hacer lo posible para que se aplique la normativa existente en este sentido, aunque para ello fuera necesario ampliar los supuestos de actuación del VAR por parte de los organismos competentes.
Recordemos que FIFA considera en el artículo 12.g) de su Código Disciplinario, en relación a las conductas incorrectas de los jugadores, que serán sancionados, al menos con dos partidos o durante un periodo determinado, aquellos jugadores que tengan la intención clara de provocar que un árbitro tome una decisión incorrecta, o por reafirmarlo en un error de juicio, provocando así que tome una decisión incorrecta. Teniendo en cuenta que la normativa de aplicación es lo suficientemente clara, sólo falta poner la tecnología al servicio de árbitros y, en su caso, de los comités de competición y disciplina deportiva, mediante una herramienta tan potente y disuasoria como es el VAR.
En el caso de las competiciones estatales, el Código Disciplinario de la Real Federación Española de Fútbol dedica un artículo (124) a las simulaciones: «El jugador que induzca maliciosamente al árbitro a error o confusión, simulando haber sido objeto de falta o a través de cualquier otro medio o actitud, será sancionado con amonestación y multa de hasta 602 euros». Nos preguntamos si la sanción establecida en este artículo 124 se adecúa a los perjuicios que puede ocasionar una trampa o simulación, que influya en el resultado del encuentro y/o de la competición, sobre todo si comparamos con la regulación establecida por FIFA en su Código Disciplinario.
Por último, podemos pronosticar que sólo el hecho de que exista la posibilidad de la entrada del VAR frente a estos engaños y trampas, reduciría considerablemente su aparición y existencia, pues aquellos entrenadores y jugadores que las utilicen dejarían, tarde o temprano, de practicarlas. De entrada, se continuarían fingiendo debido a la inercia de estos últimos años, pero, poco a poco, mediante el control de los engaños y su posible sanción, irían desapareciendo. Y con esto, los jóvenes futbolistas a nivel formativo de los clubes de nuestras ciudades y barrios, ya no reproducirían estas prácticas, evitaríamos tensiones innecesarias entre los jugadores y conflictos manifiestos y latentes entre clubes, a la vez que daríamos un empujón muy grande al fair play.
Xavier Pastor y Javier Latorre
Especialistas en resolución de conflictos en el deporte




















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