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A golpe de ataúd: sobre la violencia en el deporte

Francisco Rubio Sánchez Francisco Rubio Sánchez Domingo, 25 de Febrero de 2018

[Img #63860]En los últimos años parece que solo reaccionamos ante la violencia ”a golpe ataúd”. Hace falta Marta del Castillo, Jimmy, Madrid Arena, un anónimo niño sirio muerto en una playa o, junto a otros muchos sucesos con resultado luctuoso, un ertzaina que fallece con motivo del enésimo incidente entre ultras (eufemística manera de llamar a macarras y pendencieros que utilizan el fútbol como pretexto de sus fechorías) de diferentes facciones (porque no deben unirse al nombre o los colores de los equipos), origen o procedencia.

 

Me niego sistemáticamente a hablar de “violencia deportiva” como una especie aislada, porque la violencia y el odio que impregnan el entorno de la práctica y el espectáculo deportivos no es más que una proyección de la violencia y el odio que nos rodea cada día con más intensidad y frecuencia en las calles, en los colegios, en la política, en el trabajo, en los hogares o en las redes sociales.

 

Por ello, salvo una clasificación o etiquetado a efectos meramente académicos o divulgativos, solo se trata de distintos lugares, contextos o pretextos que se utilizan para que determinados seres humanos den rienda suelta a sus peores valores, instintos e intereses (no siempre loables ni legítimos), para hablar en cada caso de bullying, violencia de género, escraches, terrorismo, guerras o, en fin, tantas lacras, de distinto cariz,  como las que venimos sufriendo y nos siguen acechando.

 

Mientras se divulga una muerte violenta en programas de televisión o a través de redes sociales (con no poco morbo y falta de respeto a la dignidad e intimidad de las víctimas y su entorno familiar o afectivo), parece que por un efímero instante se nos pone la piel algo más fina y se acentúa nuestra –hipócrita- sensibilidad hacia la noticia en cuestión, al tiempo que arden las redes con mensajes de –cínica- solidaridad y –falso- compromiso para acabar con el problema o la causa del último fallecimiento. Y entonces empiezan los je suis, los tolerancia cero, los hay que acabar de raíz, … los bla-bla-bla pringados de una nebulosa de corrección política.

 

Los que nos venimos dedicando hace algunos años al estudio y el conocimiento, resolución y, en su caso, imposición de sanciones derivados de infracciones de las normas y acciones de violencia en el ámbito deportivo, no solo tenemos que poner de manifiesto el escaso avance e implicación real de determinados sectores e instituciones, sino que, antes al contrario, se viene produciendo una peligrosa espiral o cadena de mayor frecuencia y graves consecuencias en lo que se refiere a violencia y odio relacionado con el deporte, que, insisto, no es más que una proyección de la violencia y el odio que nos rodea en general. De manera sintética, ese sería el pesimista diagnóstico actual. 

 

Dicho lo cual, ¿qué se está haciendo al respecto?: pues a mi juicio poco, tarde y mal. Y es que, tras el humo de tanta educación en valores (que casi nunca pasa de una tentativa de buenos propósito, sin visos de materializarse adecuadamente), de dípticos, palabras bonitas y otros alardes de buenismo, seguimos asistiendo a barbaries, guerras, atentados, crímenes, peleas, enfrentamientos y un sinfín de episodios que atraen a millones de espectadores de televisión y seguidores en redes sociales. Aunque neguemos la realidad, una gran parte de la sociedad demanda o, en el mejor de los casos, no mira hacia otro lado cuando se emiten o difunden noticias o imágenes escabrosas.

 

Por otra parte, no podemos obviar la tolerancia e impunidad de los artífices o responsables de esa violencia en diferentes ámbitos y contextos. La acuciante falta de valores (o inversión de los mismos) provoca, por ejemplo, que la delación o la represión de determinadas conductas se considere como algo negativo o no recomendable.

 

A nuestro alrededor, en nuestro entorno más cercano, es frecuente encontrarse, conocer o estar al tanto de ventas de drogas,  prostitución, economía sumergida y, por supuesto, violencia y odio de mayor o menor escala, pero desde bien pequeños nos aconsejaron no delatar, testificar, ni meternos en medio. Y lo más que hacen algunos, desde una prudente distancia, es limitarse a observar episodios violentos o morbosos para poder contarlos luego con el mayor y más escabroso detalle posible. 

 

Junto a esa violencia y odio de primer nivel o más directa existen otra serie de circunstancias aun más impunes y toleradas, cuando no fomentadas y difundidas, como son determinados grupos sociales (antisistemas, okupas, etc.), cierta música, literatura, medios de comunicación, redes sociales, influencers, algunos líderes políticos y otros sujetos que se dedican a provocar, generar, difundir o utilizar la violencia como parte de su modo de vida, en no pocas ocasiones muy bien remunerado.

 

Toda una milimetrada estrategia de los violentos (dueños y señores de redes sociales) ha logrado uno de sus más perniciosos frutos: que los buenos sean los malos y que los malos parezcan buenos y desvalidos ciudadanos, dicho sea de manera conscientemente simplista. De ahí que raramente se difundan imágenes de los minutos u horas anteriores a una carga policial, sino los últimos instantes de violentas acciones que las fuerzas del orden se ven obligadas a reprimir in extremis. Como si los policías fueran unos matones que, de buenas a primeras, deciden dar palizas por las calles de un Estado opresor.

 

Para quien no conoce o sufre de primera mano esos comportamientos, es como si unos pobres ciudadanos, que no estaban haciendo nada malo o simplemente pasaban por allí, se han visto sorprendidos por una emboscada de policías ansiosos de descargar sus frustraciones sobre ellos a golpe de porra o gas lacrimógeno. Cuando algún agente de la autoridad osa detener a alguno de estos angelitos (con sus rostros cubiertos y mochilas atiborradas de arsenal), esas pobres criaturillas se enfrentan aun con más crudeza a los policías, mientras una lluvia de vallas, sillas y mesas de terrazas, piedras y todo tipo de objetos contundentes (muchos de ellos provenientes del mobiliario urbano arrasado) se lanzan contra las fuerzas de orden público y sus vehículos.

 

Y qué decir de la laxitud judicial ante esos traviesos jovenzuelos (y no tan jovenzuelos). No se le vaya a ocurrir a un juez condenarles a penas privativas de libertad ni, menos aun, a pagar todo lo que han roto, quemado o la parte alícuota os millones de euros que supone el vandalismo y otros dislates para el erario público (del que, por cierto, esos angelitos no suelen ser cotizantes).

 

En este orden de cosas y sin renunciar a la manida formación en valores, educación, mensajes y loables consignas, lo cierto y verdad es que demasiada gente ha pasado ya una línea roja sin retorno, frente a la que no cabe otra medida que la última advertencia y dura represión. Dejemos al lado anquilosados complejos de otras épocas y miremos hacia el frente, para endurecer y aplicar sin ambages las penas por las acciones que cometen los violentos. Porque el orden público, la paz y, obviamente, la integridad y la vida son bienes jurídicos merecedores de la máxima protección en una sociedad que dice ser moderna y avanzada. No es retrógrado, ni mucho menos, privar de libertad durante un largo período de tiempo a quienes tienen la oportunidad de librarse de esas penas simplemente con dejarnos vivir en paz. 

 

Al igual que las fuerzas de seguridad, el médico o el maestro, el árbitro debe considerase como una autoridad, para pasar a tipificar como un atentado (amén de la gravedad y consiguiente responsabilidad en el ámbito de la disciplina deportiva) aquella conducta que traspase los límites de la permisibilidad frente al colegiado de un encuentro. No podemos seguir viendo con normalidad esas jaurías de jugadores rodeando al encargado de aplicar las reglas de juego, porque, en esencia, solo de un juego se trata, aunque en algunos casos tenga un ingente eco mediático y repercusión económica.

 

Porque tan reprochable y repugnante es la violencia que originan las bandas de ultras, como esos padres o espectadores que cada semana gesticulan con insoportable agresividad y profieren todo tipo de improperios, exabruptos y vomitivas expresiones, en algunos casos, racistas y xenófobas frente a jugadores, otros espectadores o dirigidos hacia el árbitro. Con este problema y esas actitudes hay que terminar de raíz, sin complejos, con firmeza.

 

No somos ajenos a supuestos de malas praxis o abusos por parte de quienes tienen encomendada esa labor de agentes de la autoridad. En este sentido, también invocamos la aplicación de penas aun más duras si algún miembro de las fuerzas de orden público se excede de sus funciones y se extralimita con sus poderes. 

 

De ningún modo quiero que se desprenda de mis palabras una apología de la represión. Nada más lejos de mi intención. No caigamos en la trampa de los malotes, ya que me refiero a medidas muy excepcionales y compatibles con las restantes medidas o acciones preventivas. La existencia de penas severas no está reñida con todos los principios y garantías constitucionales aplicables al derecho sancionador.

 

No se trata de amedrentar a nadie, ni de crear una alarma añadida, no: se trata de que unos pocos transgresores de la ley y alteradores del orden público sepan que tienen la opción de portarse bien o no. Y solo en este último caso deben ser conocedores de que sus actos no les van a salir gratis en lo personal ni en lo patrimonial. A tiempo están de reconducir su día a día, tanto los ultras, como esos salvajes energúmenos aislados que cometen fechorías con menos ruido mediático, pero análoga gravedad, en patios de colegios o canchas en las que juegan sus hijos.

 

Seamos diligentes y eficientes a la hora de afrontar la violencia y el odio, sin esperar a que otro ataúd nos conduzca al mismo bucle sin sentido. Descanse en paz el ertzaina Inocencio Alonso.

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Francisco Rubio Sánchez
Doctor en Derecho
Master en Derecho Deportivo
Presidente del Comité de Competición de la RFEF

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