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Blas López-Angulo
Blas López-Angulo Viernes, 29 de Septiembre de 2017

Tot el camp

Mi buen colega, el iusfilósofo Pérez Triviño, apostaba ayer en Iusport por un consenso por el que tanto deportistas como aficionados no utilizaran los eventos deportivos para practicar un activismo político.

 

Aboga por un pragmatismo que ya ejerce el Reglamento disciplinario de la UEFA, al entender que la utilización de eventos deportivos para manifestaciones de carácter no deportivo, supone la violación de los principios generales de conducta contenidos en su artículo 11. A saber, conducta ética, lealtad, integridad y deportividad.

 

Se trata, dice José Luis, de preservar el deporte dentro de una burbuja apolítica: “a) se evitarían potenciales conflictos que pueden acabar en violencia (verbal o física); b) no convertiríamos a los espectadores en "rehenes" involuntarios de los activistas políticos; c) se desvincularía la afición a un club de un credo o reclamación política. En resumen, se lograría desdramatizar un ámbito que de por sí ya es en demasiadas ocasiones, demasiado pasional.”

 

Y añadía el profesor Pérez Triviño que ese era uno de los puntos principales del programa olímpico. Lo cual es algo que privadamente hemos tenido ocasión de comentar: la utopía de un deporte sin más bandera e himno que el olímpico. Ignoro si existe esta última modalidad. O más bien, si se daba en la Antigüedad. (Por cierto, después de doce siglos continuos de deporte, el emperador Teodosio prohibió toda celebración pagana, incluyendo los juegos olímpicos.

 

Craso error, pues  representaba una manifestación religiosa de acatamiento a los dioses, que establecía treguas de carácter sagrado, potenciando la amistad de los pueblos y ciudades. Pero las ideas religiosas que dieron origen a los juegos perdieron fuerza y pasaron a  organizarse en honor de un soberano).

 

En mi opinión, se parte de un supuesto tramposo. No se quiere un deporte teñido de manifestaciones políticas, pero oiga usted, ¿quién es el primero que incumple tan sagrada norma respecto de himnos y banderas? Los Estados lo instrumentalizan hasta cotas insospechadas. ¡Y nos quejábamos de las dictaduras! Tampoco se puede desconocer que superada la moda snob del sport, el fútbol se quedó hasta hoy entre el pueblo, también para su embrutecimiento y astenia ciudadana.

 

Los orígenes obreros y, a veces revolucionarios, estaban detrás de muchos clubes de la Argentina de principios de siglo XX. Como en tantos otros lugares de Europa. Pongamos un solo ejemplo: el legendario Argentinos Juniors fue fundado bajo el nombre Mártires de Chicago en una biblioteca anarquista de Buenos Aires, en homenaje a los obreros ahorcados un primero de mayo.

En otras regiones relativamente próximas como el norte de África y Oriente medio, el fútbol ha conservado la dimensión política y ejercido en algunos casos como espacio de disidencia (luchas anticoloniales, batallas sindicales, protestas opositoras...), según afirmaba recientemente un experto, antes de resumirlo en una frase: "Solo hay dos lugares que una autocracia árabe no controla: la mezquita y el estadio de fútbol".

 

Como ven “la toma de partido” de los clubes catalanes en relación al referéndum del 1 de octubre no dista mucho de ese papel político jugado a lo largo de la historia en todo el planeta.

 

El Borussia Dortmund ha publicado en las redes sociales, una vez conocidos los resultados de las elecciones al 'Bundestag', un vídeo en el que parodia a Alternativa por Alemania, un partido de discurso populista cuando menos equívoco, si se me permite el eufemismo, que se ha convertido en la tercera  fuerza política del Parlamento.

 

En el mensaje final del vídeo se puede leer "El fútbol y el nazismo no encajan”. Ningún partido análogo, desde la caída del régimen de Hitler, había alcanzado siquiera representación parlamentaria.

 

Los clubes y aficiones, desde luego, como los propios estados, parecen en la práctica romper esa pretendida burbuja deportiva.

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