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José Luis Pérez Triviño
José Luis Pérez Triviño Ver comentarios 1 Jueves, 05 de Agosto de 2021

Compartir medallas: ¿es deseable para el deporte?

¿Se imaginan que las selecciones de Inglaterra e Italia, en la reciente final de la Eurocopa, hubieran podido pactar al final de los noventa minutos, cuando el resultado era de empate a cero, no ir a la prórroga y, así, compartir el honor de ser campeones?

 

Esa opción es la que tuvieron atletas Barshim y Tamberi en la final de salto de altura de los JJOO que se están celebrando en Tokyo. Tras llegar igualados al último salto, en lugar de continuar con nuevos intentos para desempatar y así comprobar quién era el mejor saltador olímpico, ante la sugerencia del juez, decidieron no saltar más y compartir la medalla de oro. Como además, en este caso, el acuerdo no producía perjuicio a terceros implicados, la decisión ha sido mayoritariamente aplaudida por la familia del deporte y de los aficionados como una muestra de deportividad y concordia.

 

Pero, si ambas situaciones generan un conflicto de sensaciones y de valores deportivos, ¿con cuál nos debemos quedar, cuál de ellas debemos adoptar como regla general en las competiciones deportivas?

 

En efecto, la regla de competir hasta llegar a elegir a aquél deportista que haya alcanzado la mejor realización atlética refleja un pilar básico del deporte: este es una práctica que consiste centralmente en comparar, ordenar y finalmente, jerarquizar habilidades y resultados. Sin esa competitividad bien entendida, no habría incentivos para mejorar y superarse. Tal proceso no implica considerar al rival como un enemigo, sino como una ocasión para comparar méritos, así como para mejorarlos mutuamente. Que tal comparación no es contraria a valores como el reconocimiento, la concordia y la admiración mutua entre deportistas, puede comprobarse en los numerosos gestos que han tenido lugar en estos Juegos en los que el ganador y el resto de participantes se han abrazado de forma amistosa.

 

Si es así, entonces, ¿por qué ha generado tantos elogios la actitud de los atletas de compartir los honores de la medalla de oro? Probablemente sea porque en el imaginario colectivo se ha instalado la idea de que el deporte es un medio para solucionar conflictos, y también porque el COI recientemente ha ido incluyendo nuevos principios y valores en su catálogo, como es el de solidaridad y humanismo. Es más, ha introducido el respeto de los derechos humanos como condición para otorgar sedes olímpicas e, incluso, considera la opción de introducir un cuarto elemento en su famoso eslogan olímpico -citius, altius, fortius-, en el que se haga mención a la inclusión como valor central.

 

Ahora bien, incorporar a la competición deportiva stricto sensu criterios distintos al meritocrático a la hora de distribuir los premios y los honores supondría modificar esencialmente la visión clásica del deporte. Dicho de otra manera, el deporte es conflicto -hay que dirimir a quién se asignan los premios, ciertamente, bienes escasos- y lo que este hace es diseñar un método para la distribución de esos bienes (en este caso, las medallas). La idea de justicia en el deporte es el mérito, no la necesidad como tampoco la solución de problemas (políticos, sociales, económicos) ajenos a la propia competición.

 

Lo cual por cierto, no implica desconsiderar que deben darse las condiciones más apropiadas (promocionar las condiciones para que todos los participantes tengan las mismas oportunidades para mostrar sus méritos) para que la competición sea lo más justa posible. Como es sabido, lograr este objetivo no es fácil porque a la hora de diseñar los criterios de selección las organizaciones deportivas -en concreto, el COI- toman en consideración otros valores como por ejemplo, el de la nacionalidad y el de un representatividad de todos los continentes. Lo cual, por cierto, produce en ocasiones injusticias desde el punto de vista meritocrático y hasta situaciones esperpénticas. Es el precio que hay que pagar por extender la práctica deportiva en todo el planeta, así como lograr un mayor grado de inclusión de colectivos desaventajados históricamente.

 

En mi opinión, es desproporcionado e injusto pedirle al deporte, a los deportistas, que tengan que solucionar los diversos problemas que asolan al mundo. Si esa fuera la vocación de los deportistas se dedicarían a colaborar con una ONG -cosa que pueden hacer en su vida privada, y bienvenido que sea así-. Seamos realistas: el deporte, la competición, no es una práctica para ayudar o aliviar los problemas sociales, y ni tan siquiera, los de los rivales. El deporte es una esfera social que hemos inventado los seres humanos para participar voluntariamente en la medición y jeraquización de las habilidades físicas. Lo que vale y está justificado para otras esferas sociales, no necesariamente es trasladable a la rivalidad deportiva. Criterios como el igualitarismo, la compensación por ventajas hereditarias o a los grupos desaventajados no son aplicables al deporte, en tanto, competición meritocrática en sentido estricto.

 

Otra cosa es que las organizaciones deportivas traten, a través de su autoridad moral y política, de erradicar o aliviar conflictos sociales, políticos, etc. Por eso, desde hace algunos años se habla de la “diplomacia deportiva”. Pero extender esos propósitos a la propia competición sería desvirtuar el núcleo central del deporte. En este sentido, ¿sería deseable generalizar la regla de compartir los premios en caso de llegar empatados al final de una competición cuando existen mecanismos para seguir comparando los méritos? Al margen de los argumentos contrarios ya mencionados, habría que mencionar otros dos.

 

En primer lugar, optar por esa alternativa, generalizar esta opción, es permitir que los deportistas que empaten se aseguren el triunfo sin arriesgarse a quedar segundos, por el miedo a perder o hacer perder al otro el laurel del oro. Por no hablar de las ventajas económicas (retribuciones correspondientes al oro, becas, patrocinios, etc.) y de prestigio evidentes que conlleva la medalla de oro frente a las demás. En segundo lugar, si fuera así, el deporte dejaría de cumplir otro de los cometidos que lo hacen valioso como práctica social: el aprendizaje de la derrota. El deporte no solo premia al vencedor, instruye en la derrota y en el valor de seguir esforzándose para mejorar y optar por vencer en la próxima prueba.

 

José Luis Pérez Triviño

Profesor de Filosofía del Derecho. Universidad Pompeu Fabra (Barcelona)

 

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