BarSAD… ¿Tot el camp és un clam?

Los clubes de fútbol poseen un valor intrínseco que les hace diferentes al resto de entidades, de forma que resulta harto difícil hallar esa fidelización en cualquier otra empresa del mundo. Sus valores y principios traspasan los límites del mero marco negocial -e, incluso, del deporte- para posarse directamente en el corazón de los miles de personas que se identifican con ellos. Los clubes representan un plus y son depositarios de un sinfín de emociones y sentimientos; emblemas que venden, defienden y transmiten ilusiones que, una vez que te atrapan, es difícil desprenderte de ellos.
En el caso del Fútbol Club Barcelona, todos esos sentimientos se multiplican exponencialmente, por cuanto, como sabemos, enarbolan con orgullo la bandera de ser “mès que un club”, de pertenencia y ligazón con una serie de valores propios.
Ese nivel de identificación, inherente a la esfera privada y que llega a cincelar la personalidad de cada individuo, sólo demanda en muchos casos que las personas que en cada momento puntual rijan los designios de dichas entidades estén a la altura de dicha representación y lo hagan con dignidad y, sobre todo, con responsabilidad, para que ese sentimiento se traslade a cada uno de los aficionados que se sienten identificados con la entidad y puedan enorgullecerse de pertenecer a ella. Porque el seguidor puede perdonar que una mala decisión aboque a la entidad a un mal resultado deportivo, consciente de que no se puede ganar siempre. Pero, tras el tsunami inicial, aflora el orgullo identitario y en esos momentos es cuando el verdadero fan da la cara. Se demostró con la travesía en segunda división del Atlético de Madrid, o con el Real Zaragoza actual.
Pues bien, ahora el Barça se encuentra ante esa tesitura, ya que la catastrófica situación económica que presenta le ha convertido en un coloso que tiene, ahora mismo, unos pies de barro que le pueden hacer caer a la lona en cualquier momento.






















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