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Blas López-Angulo
Blas López-Angulo Miércoles, 22 de Marzo de 2017

Silencio, se juega

Siempre me ha gustado el fútbol de pueblo. Sus aficionados, no es que quieran dar clases de nada, pero casi sin saberlo, defienden los rudimentos de un noble deporte que empezó a degenerar cuando se separó del rugby. En regional sacar la pelota jugada es un riesgo innecesario, al menos antes que el campo tenía fijo medio palmo de barro.

 

Lo que se puede hacer con un buen zambombazo no admite vías menos expeditivas. Hoy con la hierba sintética tampoco se ha mejorado tanto, la pelota bota que parece que a veces le entra el baile de San Vito. Mi cuñado tampoco entiende que, mientras el balón coge nieve o escarcha por las alturas, todos los jugadores, salvo el portero, no corran a tomar posiciones de cara al remate y eventuales despejes (segundas jugadas que se dice ahora, entiendo que también terceras, cuartas…).

 

Eso del fútbol total ya estaba inventado hace tiempo: tirar todos como locos para arriba o para abajo. Por eso, el portero nunca podía ser tomado como héroe, correr no es de cobardes, quedarse mirando definía al más torpe o con menos sangre.

 

Si te dejaban de portero o de árbitro significaba que no jugabas. Hoy se ataca en estático, que es como si dijeras saltar a la pata coja o jugar a las viejas carreras de sacos, deportes populares mucho más divertidos. No lo concibo en algo tan dinámico, y dinámica de lo impensado, según entendió el balompié Dante Panzeri.

 

Pues bien, río arriba, llegó de golpe el fútbol profesional y junto a estos conocidos sabios ingenuos de alpargata, de Ideales o de tabaco de picadura, de nostálgicos del pacharán y el cognac Soberano ha tomado su lugar una tropa de entendidos en tácticas, y lances del juego que a menudo me pregunto si se trata de técnicos profesionales, ojeadores, scouters quería decir, ahora que hay tantos, llegados desde los clubes de Primera vecinos o, incluso, de ligas extranjeras.

 

Reconozco que alguna vez ingenuamente esa pregunta no he podido resistir hacerla. Con al menos un resultado positivo: el silencio. El cese de sus indicaciones y reproches a cada jugador, no digo ya al árbitro, entrenador, etc.

 

Me dirán, pero si eso es la salsa del juego. Y del insulto y de la violencia. Y de la sobrasada y el mojo picón, miren últimamente. En el silencio, en cambio, está el respeto, la comprensión y el sereno juicio. En el análisis desapasionado también hay vida y placer. O es que lo que toca de suyo es sufrir, quejarse y enfurruñarse.

 

Lo malo de estos managers sin título es que, por desgracia, son padres y quieren tener en casa a sus alevines, como si fueran verdaderos profesionales. De hecho, trastocan la relación paterno-filial por otra tipo Simeone-Messi. El problema empieza porque Messis solo hay uno y Simeones, lo mismo. O ciento uno. No sé.

 

Hasta podría pensarse que el fútbol en sí no es bárbaro, y uno se admira de que en el tenis también los padres falten al respeto a árbitros y comentaristas. No digo yo que tomemos los votos de frailes melosos o monjas de convento, pero tampoco vendría mal, a juzgar por cómo está el patio. La guía 'Deporte y valores',un manual para padres, coeditado por el Consejo Superior de Deportes, creo que lo ilustra con un buen ejemplo.

 

A menudo, los progenitores nos ponemos muy pesados e insistimos en el camino que deben llevar nuestros hijos, ten cuidado no te vayas a.....olvidando que el cuidado debemos tenerlo tanto más nosotros, dado que ellos hacen lo que ven, siguiendo nuestros pasos.

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