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José Luis Fernández y Raúl López
José Luis Fernández y Raúl López Viernes, 16 de Abril de 2021

Txuri-Urdin, Gorri-Zuria y la sede española de la Eurocopa

Una vez que se le coge el punto al tarareo, con dejarse llevar por los alegres y pegadizos sones de los himnos con que se alaban, glorifican y festejan las hazañas de los dos principales clubes de fútbol vasco, puede uno, incluso, ir aprendiendo algo del euskera batúa.

 

Todos, de pequeños, empezamos los pinitos del inglés con aquello de: “verde-green, negro-black, marrón-brown y amarillo-yellow”. Pues, de modo parecido, el lector menos avezado y ducho en los arcanos filológicos ya tiene tres colores y cuatro palabras en la buchaca para dárselas de euskaldún, si a mano viene… blanco, azul y rojo: los tintes rayados de las camisetas oficiales de la Real Sociedad de San Sebastián –Txuri (blanco) – Urdin (azul)- y del Athletic Club de Bilbao –Gorri (rojo) y Zuria (¡vaya por Dios!: otra vez, blanco... al parecer).

 

Por lo demás, en ambas letras emergen palabras, afloran conceptos, se articulan vocablos muy similares y fronterizos: que si aurrera (¡adelante!), que si gaztiak (jóvenes), maite (amor), maitea (querido)… o el más conocido e intuitivo gora (¡arriba!), el adverbio beti (siempre)…o, por hacer el cuento corto, mutillak (chicos).

 

Por cierto, que, a la letra del himno de la Real, compuesto en 1970 a petición del presidente de entonces, José Luis Orbegozo, por el poeta y compositor donostiarra Ricardo Sabadie, le hicieron hace unos años un controvertido apaño, por el aquél de lo que se llama ahora dizque lenguaje inclusivo… Junto a unos retoques en partitura -básicamente, en los tempi- para que fuera más sencillo de entonar a voz en grito por masas enfebrecidas, aprovechando que el Urumea pasa por San Sebastián, quitaron el aurrera mutillak (¡adelante, chavales!… cabría decir); y en su lugar, -por si las chicas de las secciones femeninas del club donostiarra no se daban por incluidas-, pusieron aurrera Reala (¡adelante, Real!). Juzgue quien lea como mejor le parezca… Nosotros preferimos no entrar a ese trapo ni tratar de rematar ese balón que está botando, a puerta vacía.

 

En todo caso, no es sólo de lingüística ni de versiones autóctonas de la political correctness de lo que queremos hablar en este post del Toma y Daca. Lo que, sobre todo, nos motiva en esta ocasión es la voluntad de llevar a efecto algunos comentarios, aprovechando la circunstancia de que el pasado día 3 de abril se disputara la final de la Copa de Su Majestad el Rey, precisamente entre los dos equipos vascos de referencia y mayor tronío. Como no podrá ser de otra forma, las reflexiones que compartamos a partir de este párrafo con el amable lector tal vez hayan de ir sazonadas con su pizca de sal crítica. En todo caso, confiamos en que nunca habrán de resultar acibaradas en exceso, y que puedan ser del gusto de los más diversos paladares.

 

Lo primero y principal es hacerse eco de la efeméride, del acontecimiento y del nivel y la relevancia que la competición de la Copa del Rey tiene. Aparte de conformar la versión hispánica de la homóloga a las otras competiciones coperas del mundo –y, sobre todo, de Europa-; reconociendo el alto patronazgo que supone el hecho de que sea el Jefe del Estado quien dé nombre y lustre al evento; la idiosincrasia y el formato de este torneo, tiene un indiscutible sabor épico, que le aporta una emoción añadida, altamente valorada por los buenos aficionados al balompié, cuando son capaces de abstraerse de sus querencias e identificaciones con un determinado equipo de fútbol y objetivar la esencia del juego y de la lid. Porque aquí estamos ante la verdad de las cosas, sin trampa ni cartón.

 

En efecto, en el modo copa, juegan grandes, contra pequeños; equipos de LaLiga (sic), contra escuadras que militan en divisiones inferiores; se enfrentan rutilantes estrellas mediáticas que ganan un pastizal sólo en concepto de marketing contra –si, tal vez no aficionados o amateurs, sí cuando menos- modestos asalariados del deporte rey... Y, además, aquí no valen subterfugios ni sofismas: es el torneo del K.O. En el que, a quien Dios se la da, San Pedro se la tiene que acabar bendiciendo... Por eso, no es improbable ver –con el regocijo y la rechifla de unos, y la pena desazonada de otros- al pastorcillo David, el de la honda, haciéndola girar con destreza y soltar, tremenda, la pedrada que, en tó lo arto la frente del gigante Goliat de turno, da al traste con las aspiraciones de tales o cuales renombrados clubes, en favor de un equipo, objetivamente, muy inferior. Porque la Copa es la competición de las heroicidades, de la resistencia numantina, del “alcorconazo”, de tener más moral que el Alcoyano… pero también la que otorga a esos equipos clásicos de toda la vida, a los que prácticamente –por presupuesto y mentalidad- está vedada la posibilidad de ganar el campeonato regular, la posibilidad de ocupar el lugar que les corresponde por historia y categoría y vivir en primera persona el partido más bonito del año, y si no, que se lo digan a ese Real Zaragoza que luce orgulloso nada menos que seis Copas en sus vitrinas.

 

De ahí el mantra futbolero que sentencia, campanudo, aquello de que “no hay enemigo pequeño” … ¡Y con razón, lector amigo!... que este axioma se cumple en todos los ámbitos de la vida: ya personal, ya profesional... Y, hermanas de madre, aunque tal vez de padre diferente, hay que registrar aquellas tautologías sibilinas que, al decir del benemérito Vujadin Boskov, proclaman por modo de disculpa, casi nunca bien aceptada, lo de que “fútbol es fútbol” y “punto es punto”. Porque, si bien cabe conceder la primera tesis, como premisa mayor; la segunda –la del punto-, en caso de Copa, el punto sirve menos que la coma, al menos en ciertos compases iniciales de la competición. Porque, el que gana, pasa; y el que pierde, mientras se sale de la vereíta verde por la que aspiraba a transitar, tiene que ir integrando aquello otro del Vae Victis!, que podríamos verter al castellano por un lastimero ¡Ay, de los vencidos!

 

Si no nos engañamos, a tenor nuestras pesquisas e investigaciones, creemos que hace ya muchos años -¡cerca del siglo!- que no se enfrentaban dos equipos vascos en la final de la Copa. Corría el año 1927 y, en el zaragozano estadio de Torrero, ante 16.000 espectadores in situ y un puñado de radioescuchas en Bilbao, se enfrentaban los paladines vascos del momento: el Real Unión de Irún y el Arenas de Guecho. Era, curioso dato para la historia, la primera vez que se retransmitía un partido de fútbol; y se hizo a través de las ondas que modulaban los técnicos de la empresa Unión Radio, “por hilo directo desde el referido campo hasta la estación del Carlton”, según anunciaba en su día la prensa de El Bocho. En aquella ocasión, hubo de ser en el tiempo añadido de la prórroga, ya metidos en el minuto 112, cuando Echeveste marcaba el tanto que, a la postre, habría de darles la victoria a los irundarras.

 

Mucho llovió de entonces a acá. El Athletic consiguió por méritos bien acreditados, con veintitrés trofeos, convertirse en el rey de copas de España... El Bilbao -como lo denominaban los millones de seguidores que tenía por toda España, que repetían como un mantra aquéllas alineaciones que siempre terminaban con los letales Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza… ¡ay! el grandísimo Telmo Zarraonandía, aquel que tumbó a la “Pérfida Albion” en la Copa del Mundo de 1950; pues, de sobra sabido es que los vizcaínos se refieren al equipo como el Athletic: algo parecido a como los seguidores alemanes del club merengue, en los años 60, se referían al Madrid como Real-; decimos que el club bilbaíno era el verdadero monarca del fútbol patrio. Al menos, así se decía en el himno antiguo, el compuesto por Timoteo Urrengoechea en 1950. Cuando la letra hablaba del gran tesoro que la ciudad de Bilbao “adora y mima con gran pasión”, piropeaba al club gorri-zuria con expresiva elocuencia: “... ninguno más que tú lleva mejor blasón. / Del futbol eres rey, te llaman “el león”/ y la afición, el rey del futbol español...” Hubo también gabarras y ligas en los años 80 para “los bilbainitos”.

 

¡Y qué decir del nivel y el cariño con que se miraba a aquella Real Sociedad que tenía guardando el arco a Luis Miguel Arconada Echarri, portero, además de la selección española entre los años 1977 y 1985! ¡Cómo olvidar aquel viaje de vuelta desde Gijón una tarde-noche primaveral del año 1981, donde, tras el gol del gran Jesús Mari Zamora en El Molinón, el equipo txuri-urdin  entraba triunfal en San Sebastián, habiendo conseguido la proeza de alzarse con el campeonato de la liga de primera división. Y no quedó ahí la cosa, porque la gesta volvía a repetirse al año siguiente...

 

¡Bien! ¡Estupendo! ¡Qué manera más entrañable de comulgar la afición con su equipo... ¡Qué chuletones, qué merluzas, menudas viandas obsequiaban a los futbolistas en el viaje de vuelta desde la Villa de Jovellanos! Porque  el fútbol contribuye a cohesionar y vertebrar el territorio, a sacar pecho por pertenecer a un pueblo o a un colectivo determinado, sobre todo cuando el pequeño osa mojarle la oreja al grande de turno. No cabe icono más explícito de lo que es y debe seguir siendo un fútbol socialmente responsable, donde al business no podrá nunca faltarle el arraigo, el enraizamiento. La letra del Athleticen ereserkia -o sea, del himno nuevo del Athletic Club de Bilbao, en un momento determinado afirma: herritik sortu zinalako (porque naciste del pueblo) / maite zaitu herriak (te ama el pueblo). Y sí: en efecto. Es bueno, conveniente y justo nunca desatender ni desentenderse del pueblo. Pero del pueblo, entendido en el más lato sentido posible... porque, cierto es que la voz pueblo -al igual que el ser de Aristóteles- se dice de muchas maneras... Pero en ninguna de ellas le sienta bien usarla como sinónimo de pueblerino.

 

Porque, si se confirma la -más que triste- renuncia de la ciudad de Bilbao a convertirse en la sede española para el torneo de la Eurocopa que, pospuesto en 2020, se celebrará el verano próximo de 2021, serían muchas las interpretaciones que cabría hacer; y bastante el disgusto que se habría de producir muchos aficionados, perplejos, sorprendidos y contrariados. Iba a resultar muy difícil vender el relato del miedo a la pandemia –burda excusa, casi fijo- y no se habría de acabar de entender bien tamaña espantá, cuando ya desde el año 2013 se había elegido, como la amapola al trigo entre todas las flores, a la ciudad de Bilbao, entre las múltiples otras urbes españolas que podrían haberse visto agraciadas con la elección...

 

Y aquí lo dejamos, que no nos gusta mezclar el plano de la política con el del deporte. Pues mala cosa sería caer en el vicio que quisieras ver erradicado, precisamente, cuando estás arguyendo contra él. Intelligentibus, pauca!... lo que dicho en cristiano quiere decir algo así como que. “¡A buen entendedor, pocas palabras bastan!”.

 

Una gran ciudad como la bilbaína, con un estadio como el Nuevo San Mamés, que nada tiene que envidiar a cualquier otro recinto deportivo de los existentes en el mundo, bien merecía el esfuerzo de albergar una competición de tanta trascendencia como la Eurocopa de Naciones de fútbol. Esperemos que, al menos, puedan sacar –metafóricamente hablando, pues la pandemia manda- a pasear la gabarra este próximo sábado, donde la Diosa fortuna ha otorgado al Athletic Club una segunda oportunidad de disputar, en el corto intervalo de quince días, un título copero con el todopoderoso Fútbol Club Barcelona, actual titular del cetro de “rey de Copas” que, como hemos indicado, otrora correspondió a los “leones”. Mucha suerte a ambos y que vivamos una auténtica fiesta.

 

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