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Blas López-Angulo
Blas López-Angulo Martes, 25 de Octubre de 2016

Patadas-codazos-empujones

Un corredor ha sido condenado por un delito de lesiones causadas en el transcurso de una prueba popular en Valencia. El acusado golpeó a la víctima en la huida que emprendió al ser identificado por los miembros de la organización al correr con un dorsal que no correspondía a la 10K paralela que se celebraba junto a la maratón.

 

La sentencia, que días atrás ofrecimos en Iusport íntegramente, considera probado que el atleta salió a correr sin haberse inscrito, dado que el dorsal que portaba correspondía a otra carrera. A 150 metros de la meta fue detectado por personal de la organización. En un primer momento, atendió a las indicaciones para que abandonara el recorrido pero logró zafarse y huir en zigzag camino de la meta. En su trazado, se encontró con una de las voluntarias de animación, a la que propinó un fuerte empujón en el pecho para apartarla y seguir hasta el final. Con tal mala suerte que cayó de espaldas a un estanque golpeándose en la cabeza y sufriendo una contusión y fractura craneal.

 

La prueba testifical confirmó que se quitó de encima a la víctima de un empujón «posiblemente producto del ataque de 'adrenalina' que dijo haber sentido en aquellos momentos».

 

Para el juez, aunque el condenado no persiguiera intencionadamente la producción de las lesiones, conocía que utilizaba unos medios potencialmente capaces de producirlas y siguió actuando. Por eso no califica su conducta imprudente, sino dolosa.

 

Estos hechos han trascendido a la prensa local, a la habitual página de sucesos. Por un momento, pensemos en empujones, codazos, rodillazos, plantillazos, patadas, puñetazos, cabezazos, escupitajos, etc., que no son de extrañar dentro del perímetro reglamentado para la competición deportiva. Si el autor fuera un deportista de élite, o al menos partícipe regular en el evento, lo más probable es que nunca venga a ocupar esas funestas hojas, sino aquellas por las que muchos empezamos los periódicos: las de deporte.

 

En el Mundial del 94 (sí, ese de Luis Enrique con la nariz ensangrentada) el brasileño Leonardo fue expulsado por propinar un codazo a Tab Ramos, sin disputa del balón en juego, con fractura craneal que le apartó de los terrenos de juego unos cuantos meses.

 

En el aula magna de Zaragoza Cerezo citaba con frecuencia a su querido maestro Antón Oneca. Para este, los golpes, lesiones y violencias “deportivas” están amparadas y legitimadas por la costumbre. Esta afirmación choca con el sistemas de fuentes y especialmente contra el rígido principio de legalidad penal, pero no desvariaba el eximio penalista cuando constataba que esa violencia es “contemplada por miles de espectadores e incluso agentes de la autoridad que no se apresuran a denunciar el hecho, sino que todos se contentan, cuando más, con la sanción de orden disciplinaria impuesta por el árbitro del partido”.

 

La taxonomía de la escuela lombrosiana llegó a clasificar a los deportistas como delincuentes natos y delincuentes de ocasión. En concreto, Del Vecchio diferenciaba los deportes en dos categorías: los degenerativos y los criminales. Entre estos estarían incluidas aquellas manifestaciones deportivas que conducen al delito por el modo brutal como son ejecutadas o por favorecer a delincuentes en el sentido de desahogar su mala índole. El autor mencionaba -hace 90 años- entre los últimos el boxeo, la lucha grecorromana y el fútbol.

 

Buena parte de los cracks actuales han tenido eso que suele llamarse una infancia difícil. Eufemismo puesto a los orígenes de unos chavales que crecieron con un balón o cosa que se le pareciera en los potreros, que no han conocido otra escuela que la calle, que gracias al deporte en vez de andar desocupados o poniendo en riesgo su propia vida y las ajenas, se ejercitan con las tibias rivales en el peor de los casos o nos proporcionan un espectáculo elevado en el mejor. No voy a dar nombres. Como saben mis fieles lectores tampoco suelo nombrarles mucho ni para lo bueno ni para lo malo.

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