Entretenimiento
Puro fútbol, pleno de fútbol, de títulos, de tiempo de fútbol. De entretenimiento, que veremos que no es ocio, sino gran negocio. Los partidos duran 90 minutos, pero todos los días hay muchos partidos en el estadio global. Y no solo eso, entre partido y partido también el fútbol ha invadido no solo la cháchara de los bares. La taberna del siglo XXI está en las redes, el vaso que sostenemos en la barra es el móvil, los más antiguos no renunciamos en la otra mano, al chato de vino antes que a chatear, que no es lo mismo. Qué va.
Sigo atento el marketing de LaLiga, sus avances en América, en Asia. Sus cifras y repartos crecientes. Vendemos nuestro fútbol como el producto más internacional, siguiendo la estela de los ingleses. Fabricamos jugadores y los mejores entrenadores que se prodigan por los cuatro costados del planeta. Es un decir, de algo que es redondo, o más bien curvo, como un balón chato, algo pinchado.
Pero nuestras creencias siguen siendo cuadriculadas. Decía que entre partido y partido nos entretenemos. El fútbol, superada su primigenia concepción de juego o deporte, pertenece ya a la industria del entretenimiento, palabra esta que debe pronunciarse en inglés.
Las imágenes, vídeos subidos ahora al Periscope, los gibs, diminutivo de giblets, esa casquería no precisamente fina, de consumo en 6 segundos, menos memoria, menos gastos. Los nuevos tuits de esta cultura virtual, visual, suficientes para la rápida emoción en busca de la siguiente.
Querido lector, si me sigue leyendo, es que pertenece a esa rara especie ¡aún adicta a los periódicos de papel! La felicidad en 6 segundos, los de un orgasmo que necesita empalmarse con muchos más.
No es que el fútbol haya sustituido a las religiones, sino que ha recobrado lo que era suyo, igual que hace dos mil años el circo romano. Se quejaba, sin embargo Descartes, de que los antiguos se habían ocupado de las pasiones con muy poca ciencia.
Por esas mismas fechas mi tocayo Pascal se enfrascó con un estudio sobre el entretenimiento que luego publicó en 1670 en sus Pensamientos, desarrollando la idea contradictoria de que es necesario que el hombre se distraiga y, por tanto, se aparte de lo esencial, en desesperada busca de consolación frente a la dificultad de ser uno mismo.
La diversión, ese ir a otro lado, nos lleva a las actividades fútiles: “Si nuestra condición fuese verdaderamente feliz, no buscaríamos la diversión a fin de hacernos felices, fuera de nosotros mismos”. Para Pascal las diversiones mundanas son falsedades efímeras, que nos consuelan de nuestra condición miserable, sin sacarnos de ella. Nos sacuden el tedio, ese conocido horror al vacío, porque no sabemos estar felizmente sin hacer nada. El hombre siempre está en guerra consigo mismo, debatiéndose entre sus pasiones y su razón, contradicción que no es signo de falsedad. Solo nuestro sino.
Que es la nada, la muerte. De esta debilidad nace el concepto más moderno de la angustia. Kierkegaard, Sartre y los existencialistas. La desesperación y la impotencia le predisponen a desasirse de la razón que no le abriga. La vanidad, los placeres superficiales y las apariencias, ocultan la verdadera condición humana y nos alejan de la verdad.
Para Descartes las pasiones del alma humana no son malas. Si algo siguen valiendo la experiencia y la razón para no quererlas en exceso. Nada en demasía, que decían los griegos. Consejo fácil en apariencia cuando matamos el tiempo -¿existe el temporicidio?- sin adentrarnos en nosotros mismos y así la posibilidad del conocimiento. Como en todo crimen cabe formular el clásico cui prodest. ¿A quién beneficia? Por favor, háganse también la pregunta.

















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