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El papel del sentimiento en el negocio del deporte profesional

Diego Molina Ruiz del Portal Diego Molina Ruiz del Portal Domingo, 05 de Junio de 2016

Diego Molina Ruiz del Portal

[Img #22831]I.- Introducción

 

El deporte es, sin duda, un fenómeno complejo, entre cuyas múltiples facetas o dimensiones podemos apreciar la existencia de un componente pasional, que deriva de su capacidad para generar emociones. En particular a través de la competición, la actividad deportiva es fuente de variadas respuestas emocionales, tanto en las personas que la practican como en aquéllas que la contemplan.

 

Así, por una parte, para los propios atletas, la práctica deportiva es fuente principalmente de satisfacción, pero una satisfacción muy particular y concreta, que viene provocada por la lucha contra una dificultad, que constituye el carácter propio de los deportistas. Esta lucha que el deportista entabla contra el tiempo, la distancia o los elementos, contra un adversario viviente o contra sí mismo y su propia debilidad es lo que distingue al deporte y lo hace trascender de lo que es el simple juego. En vez de evitar las dificultades, el deportista las busca y las provoca. Sin esta preocupación constante para sostener una lucha no puede haber deporte.

 

Por otra parte, para los espectadores de la competencia deportiva ésta se convierte igualmente en origen de un diverso abanico de respuestas emotivas, que pueden consistir en el simple divertimento, en la oportunidad de suplir la falta de emoción en la propia realidad personal o incluso pueden llegar hasta el punto de identificarse con los logros del deportista, ya sea en función de lo que éste representa –una ciudad, un país, un equipo- o bien sea a través de los valores o ideales que su actividad transmite –esfuerzo, lucha, superación, etc.-.

 

Podemos decir que esta dimensión emocional del deporte está entre las razones de su creciente popularidad a través del tiempo, que a su vez lo fue convirtiendo en vehículo idóneo para la transmisión de los valores asociados al mismo.

 

En este sentido, es comúnmente aceptado que el deporte moderno nace en Inglaterra en el siglo XVIII mediante un proceso de transformación de juegos y pasatiempos tradicionales impulsado por las escuelas y clubs sociales, que ya en la primera mitad del XIX fue aprovechado por la figura destacada de Thomas Arnold, principal del Colegio de Rugby (entre 1828 y 1842) para adaptarlo a los métodos de enseñanza. Para desarrollar la educación de las cualidades morales, Arnold confiaba en el libre esfuerzo producido por los alumnos en el terreno de juego, así como para mostrarles el sentido de la responsabilidad e iniciarlos en la vida social optó por entregarles la dirección de asociaciones deportivas, sentando así las bases de un modelo educativo cuyos excelentes resultados propiciaron su expansión a otros centros escolares británicos. Estas premisas serían posteriormente recogidas por el fundador de los Juegos Olímpicos modernos, el barón Pierre de Coubertin, cuyo propósito fue implantar el deporte como medio educativo mediante la celebración de competiciones que garantizaran un contexto adecuado para el desarrollo de sus ideas pedagógicas, basadas en la formación de la personalidad, el carácter, la motivación y los valores morales a través de la práctica deportiva.

 

El propio Coubertin, en sus “Fundamentos filosóficos del olimpismo moderno” decía que:

 

La primera característica esencial, tanto del olimpismo antiguo como del olimpismo moderno es el hecho de que sea una religión. Cincelando su cuerpo como lo hace un escultor con una estatua, el atleta antiguo honraba a los dioses. Haciendo lo mismo, el atleta moderno ensalza a su patria, a su raza, a su bandera

 

El crecimiento y desarrollo de la actividad deportiva de competición, propició igualmente que los espectadores asistentes a las mismas se mirasen en el espejo de los atletas, generando un proceso de identificación emocional que alcanza en algunos deportes como el fútbol su máximo nivel de expresión. En este sentido, Eric Hobsbawn sugirió que lo que situó al fútbol en un espacio central de la vida social fue la facilidad con que la población podía identificarse con la nación “tal como la simbolizan once jóvenes que hacen estupendamente lo que prácticamente toda persona quiere o ha querido hacer bien alguna vez en la vida”.

 

II.- Profesionalismo y sustrato emocional del deporte.

 

Dado que excede con mucho el objeto de este trabajo analizar pormenorizadamente las distintas etapas de la historia del deporte, a los efectos que nos ocupan lo que interesa destacar es que la creciente popularidad del deporte, tanto entre los practicantes como entre los espectadores, fue lo que dio origen a la aparición del deporte profesional tal y como lo conocemos hoy en día.

 

Con independencia de la importancia ética de los valores intrínsecos a la actividad deportiva y la capacidad del deporte para servir como instrumento de difusión de los mismos, podemos afirmar que el surgimiento del profesionalismo en el deporte se debe únicamente a razones de carácter mercantil. En este sentido, puesto que existe una demanda cada vez mayor por parte de los espectadores de contemplar eventos deportivos -por tanto, de “consumo”- la posibilidad de atender a la misma se convierte en una actividad rentable, que a su vez permite que surjan empresarios dispuestos a construir su negocio sobre la misma y a remunerar económicamente a los deportistas que la desarrollan, quienes pasan a hacer de la práctica deportiva su profesión y medio de subsistencia.

 

¿Y cómo afecta a la dimensión emocional del deporte que hemos descrito más arriba su conversión en actividad profesional y en negocio? Trataremos de abordarlo desde la doble perspectiva del propio deportista y del espectador o aficionado.

 

II. a).- La posición del deportista profesional

 

A este respecto, como premisa previa es preciso diferenciar a los verdaderos deportistas profesionales de aquellos otros que, sin serlo, se dedican también principal o exclusivamente al deporte aunque sostenidos económicamente con dinero público o incluso con becas privadas. Son éstos últimos los que podríamos denominar “deportistas subvencionados”, que son aquellos a quienes las instituciones públicas –y a veces también otras privadas- sufragan su dedicación al deporte en atención a la importancia social de sus logros y sin tener en cuenta criterios de lucro o rentabilidad económica. Los primeros, en cambio, serían los auténticos profesionales del deporte, aquellos otros que convierten la actividad deportiva en su oficio y medio de vida, sobre la base de que en el mercado existe un empresario dispuesto a pagarles una contraprestación dineraria a cambio de la exhibición de sus habilidades atléticas, ya que ésta reporta, a su vez, a aquél un beneficio económico. Es únicamente a estos verdaderos deportistas profesionales a los que se refiere nuestra reflexión en este apartado.

 

Desde el punto de vista de éstos, que llamamos propiamente deportistas profesionales, la cuestión se centra en determinar si el hecho de convertir la práctica deportiva en un medio de subsistencia es compatible, o no, con la motivación de búsqueda constante de lucha contra la dificultad que, decíamos al principio, debe distinguir al deportista y a la vez constituye la propia esencia del deporte. O, expuesto en otros términos, se trataría de plantear, y resolver, la duda acerca de si la motivación de ganar dinero, destinado a la propia manutención o al mero lucro personal, convierte al atleta profesional en un trabajador o empresario autónomo, lo que le diferenciaría de otros, que serían los verdaderos o auténticos deportistas, cuya dedicación al deporte estaría motivada, única o principalmente, por el afán de auto superación, la búsqueda de la excelencia deportiva o, en suma, el “culto religioso”, en el sentido que proponía Coubertin, a los valores del deporte, calificación que estaría reservada únicamente a los deportistas amateur.

 

En palabras del filósofo André Lalande, “los deportistas sentirán ellos mismos que lo que da verdadera dignidad y sentido a la vida es algo que no tiene nada de práctico, que no está al alcance de todos y que ninguna educación profesional puede dar: el desprecio de los intereses materiales y el amor al ideal –otros dirán a lo inútil- bajo todas las formas imaginables en la humanidad”. De tal modo que ¿serían compaginables estos ideales que definirían al deportista verdadero, con el hecho de convertir la práctica deportiva en un oficio remunerado?

 

La cuestión no tiene una respuesta fácil, y más aún en unos tiempos como los actuales en los que, de un lado, la mercantilización de los deportes de masas hace difícil ubicar exactamente la frontera entre la verdadera actividad deportiva y lo que es pura y llanamente industria del espectáculo, tiempos además en los que, de otra parte, la evolución de la legislación y la jurisprudencia laborales complica cada vez más la diferenciación entre si las cantidades económicas percibidas por un deportista constituyen una mera compensación de gastos o se trata propiamente de un salario percibido a cambio de un trabajo, incluso en supuestos de sumas monetarias de cuantía ínfima satisfechas en el contexto de competiciones de categoría inferior.

 

En este sentido, puede pensarse que en el caso de los deportistas practicantes de disciplinas individuales la conjugación de ambos aspectos cabría ser, si acaso, más factible. En estos casos el atleta, representándose a sí mismo y concurriendo a competiciones profesionales en las que, aun con el ánimo de lucro presente, la remuneración monetaria se incrementa en función del resultado deportivo obtenido –como puede ser el ejemplo del tenis-, podría compatibilizar de forma más o menos armónica el objetivo de alcanzar la excelencia en el rendimiento deportivo con el de obtener el máximo beneficio económico, pues éste se incrementará en la medida en que sean mayores sus propios logros deportivos.

 

 Sin embargo, la cuestión se complica más en el supuesto de los deportes colectivos. En éstos, el deportista pondrá sus condiciones atléticas al servicio de un concreto equipo que, en la mayoría de ocasiones, no vendrá determinado por su propia elección en función de la idoneidad para sus aspiraciones de mejora deportiva sino principalmente por las condiciones de oferta y demanda del mercado laboral. Y no siempre las mejores condiciones de estabilidad contractual y salario que el deportista pueda encontrar en el mercado coincidirán con las opciones deportivas más idóneas para su progresión y mejor desarrollo de sus prestaciones atléticas, salvo en el caso, quizás, de los deportistas más cotizados o de primer nivel.

 

En cualquier caso, sean cuales fueren las motivaciones íntimas de los deportistas profesionales a la hora de desarrollar su actividad laboral o como empresarios individuales, cabría preguntarse también si aquéllos estarían obligados a escenificar y transmitir los valores del deporte, aun cuando los mismos no respondan a una convicción personal real, como una suerte de representación pedagógica que forme parte del trabajo por el que se les paga.

 

Cuestión ésta que nos llevaría a plantearnos, también, si la competición entre entidades deportivas profesionales, en muchos casos dotadas de forma jurídica societaria mercantil, habría de ser considerada o no como auténtica competición deportiva, en función de la dificultad para distinguir si el objetivo que tales entidades persiguen a través del resultado en los torneos que disputan es alcanzar la excelencia deportiva o, por el contrario, es la obtención de una rentabilidad económica, así como en la duda acerca de si poner aquélla al servicio de ésta última pervierte la esencia del deporte.

 

II. b).- La posición del espectador o aficionado.

 

 Puede decirse, en cambio, que la mayor disfunción provocada por la transmutación del deporte amateur en profesional se da en los espectadores o aficionados. Para éstos, la motivación de su relación con el deporte no cambia, ya sea el puro divertimento, o bien sea la identificación con los valores que representan los atletas o con los deportistas mismos. Sin embargo, sí que lo hace el objeto de su admiración o veneración, los propios deportistas, que pasan a estar movidos por interés ajenos al propio deporte, así como su relación con las entidades organizadoras de las competiciones, que en muchos casos se convierten en empresas de ocio respecto de las que los aficionados se convertirán, a su vez, en simples clientes.

 

En este contexto ¿el papel del aficionado en el deporte profesional se reduce al de mero consumidor y, a la vez, motor de la industria o negocio en función de su demanda de espectáculo deportivo? ¿O acaso mantiene, o debería mantener, un componente de participación activa a través de su implicación en la dimensión emocional que está en la esencia del deporte?

 

A este respecto, y al igual que apuntábamos sobre la perspectiva de los deportistas, la situación puede considerarse distinta en el caso de los deportes individuales y de equipo.

 

En cuanto a los primeros, la relación del aficionado con el deportista tal vez no cambie tanto. Salvo en el caso de aquellos torneos en los que atleta compite en representación de su país –el ejemplo máximo serían los Juegos Olímpicos actuales, donde ya participan deportistas profesionales-, supuesto en el que el seguidor tendrá la conciencia de que aquél lucha en defensa de unos intereses o ideales que le son comunes, en el resto de ocasiones la identificación del espectador con el deportista tendrá un carácter principalmente personal, en función de la admiración o simpatía que le genere aquél o los valores asociados al deporte que su figura individual le transmita, y en ese sentido la relación no ha de diferir mucho o puede ser muy similar a la que se podría tener con el mismo deportista antes de convertir su práctica deportiva en una profesión.

 

Sin embargo, en el caso de los deportes colectivos la situación es bien diferente. En los deportes de equipo la implicación emocional del aficionado no deriva de su identificación con la persona del deportista sino del llamado “sentido de pertenencia” al club o entidad, en función de lo que ésta representa y que puede deberse a razones de muy diversa naturaleza –territoriales, sociales, de ideología, etc.-.

 

Este fenómeno se observa con mayor claridad que en ningún otro deporte en el fútbol, cuya transformación en espectáculo de masas no puede sin embargo entenderse correctamente sin tener muy presente la existencia de un elemento fundamental cual es la pasión, que nace de la implicación emocional de los aficionados en los resultados del equipo con el que se identifican, de tal forma que aquéllos se sienten parte integrante de la propia competencia deportiva en la que éste interviene.

 

En los orígenes del fútbol, los clubes estaban compuestos por personas que se simplemente se agrupaban para practicar su deporte favorito. Y a medida que comenzaron a organizarse competiciones de cada vez mayor dimensión fue naciendo la figura del aficionado o “hincha”, personas que acompañaban a los equipos en sus partidos y que se sentían identificados con los resultados deportivos del club, hasta el punto de que en muchos casos optaban por integrarse en la entidad como socios y colaborar económicamente a su sostenimiento. Estos clubes eran, sin duda, entidades carentes de ánimo de lucro, pero la búsqueda de la excelencia competitiva, estimulada a su vez por el crecimiento de la masa social de aficionados, trajo la necesidad de generar recursos destinados a contratar a los mejores jugadores, con la finalidad de intentar, a su vez, obtener los mejores resultados deportivos. Y de este modo fue creciendo la espiral cuya evolución llevó al fútbol profesional que hoy conocemos.

 

Sin embargo, este vínculo emocional primigenio entre los aficionados y las entidades deportivas se ha visto distorsionado con la llegada al fútbol de criterios mercantiles e instituciones societarias para dar forma jurídica a los clubs y, en particular en España, con la obligación impuesta por la Ley del Deporte de 1990 a los clubes que disputen competiciones profesionales de transformarse en sociedades anónimas deportivas (SAD)

 

Esta mutación de los clubes, que abandonan su forma asociativa original para convertirse en sociedades de carácter mercantil, viene a afectar a la esfera del “sentido de pertenencia”, negativamente en la mayoría de ocasiones, de una triple manera:

 

En primer lugar, porque la asociación, forma jurídica integrada por una reunión de personas en igualdad de derechos y obligaciones, pasa a convertirse en una sociedad compuesta de capital, que es una cosa, un valor de naturaleza económica susceptible de tener uno o varios dueños que pueden, además, comerciar con él.

 

En segundo lugar, porque los aficionados –salvo aquéllos que logren convertirse en accionistas- dejan de formar parte jurídica del club transformado en sociedad de capital y pasan a convertirse en meros clientes de ésta.

 

En tercer lugar porque la forma societaria mercantil permite que la entidad deportiva pueda pasar a estar controlada, a través de la adquisición de la mayoría de las acciones que la integran, por personas sin vinculación afectiva con aquélla y lo que representa, ajenas a los valores fundacionales de la misma, y que pongan al club convertido en empresa al servicio de sus intereses particulares, sean económicos, políticos o de mera promoción personal. Como, desafortunadamente, ha ocurrido en no pocas ocasiones.

 

Sin embargo, a pesar de esta transformación jurídica, la vinculación afectiva de los aficionados con lo que para ellos representa el club no se ve alterada respecto a la que existía con el modelo original, lo que indudablemente crea una disfunción en la propia relación entre aquéllos y la entidad misma. Esta circunstancia ha dado lugar al surgimiento, como respuesta y casi rebelión frente a la misma, de un movimiento conocido como fútbol asociativo o fútbol popular, en virtud del cual grupos de aficionados, provenientes en unos casos de clubes consagrados que han pasado a manos de inversores foráneos y en otros procedentes de clubes que se han visto abocados a su desaparición por su defectuoso funcionamiento mercantil, se han reunido para promover la fundación de clubes alternativos que, teniendo como referentes a otros clubes europeos como el United of Manchester o el AFC Wimbledon, entre otros, se basan en un modelo en el que la propiedad, gestión y gobierno del club están participadas por los propios aficionados, bajo el principio de “un aficionado, una única acción, un voto”

 

Fenómeno que viene a poner de manifiesto la importancia del factor emocional en la propia esencia del fútbol, a pesar de su transformación en deporte profesional y del surgimiento de toda una industria a escala mundial en torno al mismo. Reflexión que bien puede hacerse extensiva al resto de deportes colectivos.

 

III.- Consideraciones finales.

 

Como conclusión a cuanto venimos exponiendo, podemos afirmar que el componente emocional forma parte sustancial e inequívoca del deporte, considerado tanto desde el punto de vista del propio deportista como desde la perspectiva de los espectadores o aficionados que contemplan las competiciones.

 

El surgimiento del deporte profesional como negocio obliga a considerar la necesidad de velar por la conservación de ese sustrato emocional de la actividad deportiva, con el fin de evitar que la misma se aleje de su esencia original y deje de ser propiamente deporte, convirtiéndose en algo distinto, más parecido a un espectáculo circense o teatral orientado a la industria del ocio. Así como para que el deporte pueda seguir cumpliendo su función de vehículo transmisor de los valores que le son inherentes y que dieron lugar, entre otros, a la fundación del Movimiento Olímpico y los Juegos de la era moderna.

 

            Para ello, aunque el rol del deportista profesional ha cambiado por la inclusión entre sus motivaciones atléticas del ánimo de lucro o de mera subsistencia, en el ejercicio de su profesión debe mantener ese componente pasional y transmisor de valores, aun en el caso de que se vea obligado a fingirlo o representarlo, como parte integrante de su trabajo.

 

            Respecto a los espectadores o aficionados, el deporte profesional debe cuidar igualmente de mantener intacta su esfera emocional, a través de la identificación de aquéllos con los deportistas en función de sus logros y los valores que éstos representan, y en especial, en los deportes colectivos, a través de la pasión, que surge de la implicación afectiva en los resultados del equipo con el que los seguidores se identifican, sintiéndose parte integrante de la propia competencia deportiva en la que aquél interviene.

 

            De lo contrario el deporte profesional podría dejar de ser, sencillamente, deporte.

 

Diego Molina Ruiz del Portal

Abogado. Máster en Derecho Deportivo


El presente artículo está basado en la comunicación presentada en el II Congreso Sport and Global Governance, de la Universidad Pompeu Fabra, Barcelona, mayo 2016.

Claparède, Edouard, citado por Gillet, Bernard, en Historia del Deporte (1971) Ed. Oikos-Tau. Vilassar de Mar, p. 11

Gillet, Bernard, op. cit. p. 12

Velázquez Buendía, R. “El deporte moderno. Consideraciones acerca de su génesis y de la evolución de su significado y funciones sociales” en http://www.efdeportes.com/ Revista Digital, Año 7, n° 36 (mayo 2001) Buenos Aires.

Citado por Gillet, Bernard, op. cit, p. 109

Hobsbawm, E. (1990). “Naciones y nacionalismo desde 1780”. Ed. Crítica. Barceolna. Citado por Llopis-Goig, R. “Identificación con clubes y cultura futbolística en España. Una aproximación sociológica”, en Revista Internacional de Ciencias del Deporte, vol. IX, año IX, nº 36 (julio 2013) p. 237

Citado por Gillet, Bernard, op. cit, p. 13.

Me referí anteriormente a esta cuestión en “La relación entre el fútbol como actividad mercantil y como fenómeno pasional: una breve reflexión sobre sus implicaciones jurídicas” (2015) en Revista Española de Derecho Deportivo, núm. 36 (2015-2), p 39-51

 

 

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