La última mata
Todas hieren, la última mata. Vulnerant omnes, ultima necat. No es la primera vez que en estas hojas acudo al proverbio latino, un clásico de la fugacidad del tiempo, grabado en los relojes de sol que adornaban -y ahí siguen- las paredes de las iglesias. También puede verse Omnes feriunt... Hoy en día, muertas definitivamente las lenguas muertas, podría pasar por un jeroglífico.
Me repito porque también uno que va camino de la edad provecta se repite como es de ley. Y experimento con esto del fútbol lo mismo que temporadas pasadas. Empiezo agosto y aún septiembre con distancia. No me compararé con aquel egregio e insólito personaje que fue Fernández Flórez, otro desconocido del público actual, pero sus crónicas parlamentarias de humor marcadamente melancólico y su capacidad para distanciarse de los hechos me sirven de espejo, igual que los artículos costumbristas de Juan Pérez de Munguía, algo más recordado en nuestros tiempos por el nombre de Mariano José de Larra.
Fernández Flórez era capaz de contemplar los debates políticos de las Cortes de la Segunda República como quien mira a las palomitas del parque disputarse las migas de pan que les echan los ancianos. Así empiezo yo la temporada, sin embargo, quien me viera a estas alturas, o más bien bajuras, más semejo un Sancho Panza, incluido el físico, confundido por la novelería de su amo y encantado de esta cosa tan frívola que es el deporte rey.
Me resisto con las luces de la razón y trato de desenredar sus entresijos, estudiar la importancia del azar. Las finales se dice que se ganan y se pierden por detalles. Escrutados estos tal vez exista una ley que determine cuales son los más relevantes y cuales menos.
En cambio, en el torneo llamado de la regularidad a los desahuciados les persiguen las huellas de su fracaso: saber cuando llegó ese momento letal del último traspiés permitido. Me imagino a Paco Jémez analizando cual de los 72 goles recibidos, como horas hirientes, vulneró mortalmente al Rayo. O si la culpa fue no meter más goles en Anoeta. Al menos los mismos que los granaínos a un “Sevilla B”. ¡Ay, el honor de la Liga, que este ingenuo vanamente invocaba en la anterior jornada!
Otro técnico, menos querido de su público y sin el alcance mediático del rayista, preguntado sobre la remota lucha de su equipo por los playoffs en Segunda, contesta que no depende de otros resultados y aprovecha su rueda de prensa para disertar sobre el azar y la lógica: “aquello que parece aleatorio, que parece producto de la casualidad, es repetitivo. En un análisis global se repiten mucho los acontecimientos. A corto plazo, lo que parece aleatorio tiene una lógica aplastante en el largo plazo”. Sin duda, el míster conoce la famosa cita atribuida a Demócrito de que "todo cuanto existe es fruto del azar y la necesidad" y como él, enfatiza la necesidad.
Desde nuestra visión antropocéntrica y racionalista del universo tendemos a dar significado a todo. Carl Jung fue quien acuñó el término de sincronicidad refiriéndose a “la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero de manera no causal”. Ese significado lo hallamos en la subjetividad del observador.
Los epígonos de Jung ven en la epifanía de estas coincidencias un retorno a la espiritualidad. Si entendemos la vida como un aprendizaje, comprobaremos que no existen las coincidencias como tales. ¿Hasta qué punto nuestra manera de pensar determina no solo nuestra identidad, sino también nuestras circunstancias? De ahí que el concienzudo preparador probará a entrenar sobre todo los músculos de la confianza, de la valentía y de la responsabilidad.
En Oriente, como unos 25 siglos antes, interiorizaron la gran ley del karma, que en esencia viene a proponer una parte activa en todo cuanto nos acontece: Lo que ponemos en el Universo es lo que vuelve a nosotros.

















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