La educación de las masas
Detrás de una gran obra puede habitar un impulso trivial. Elías Canetti empleó muchos años en la elaboración de Masa y poder. Como nos cuenta en el segundo tomo de sus memorias, La antorcha al oído, ese impulso surgió de una manifestación obrera a la que asistió en Frankfurt con apenas 17 años. A través de sus recuerdos describe la fascinación irracional por integrarse en la multitud: "Tuve la impresión de que allí estaba en juego algo que en física se denomina gravitación. […] Pues uno no era antes, estando aislado, ni después, ya disuelto en la masa, un objeto sin vida, y el cambio que la masa operaba en sus integrantes, esa alteración total de la conciencia, era un hecho tan decisivo como enigmático».
Los primeros conatos de modernidad en este país rural y atrasado se dieron en los llamados "Happy twenties". España era aún un país de alpargata como nuestros reclutas derrotados en barrancos infernales del norte de África. Reclutas de alpargata que no conocían la educación física ni los dirigía el Cholo Simeone. En esa década feliz, o no tanto por nuestros pagos, el fútbol llegó a ser el deporte rey. En 1926 ya no regía el amateurismo y tres años después nacía la liga profesional para vertebrar una España invertebrada, en expresión del maestro Ortega, que no era un torero, sino el primer filósofo de España y quinto de Alemania, según la gracia castiza tan propensa a advertir que en el terreno de la ciencia nuestros escasos gallos nacionales apenas hacían sombra a los de afuera.
Pero un cambio en toda regla fue ver convertidas las plazas de toros en ateneos enfervorizados no por las artes de Frascuelo, sino por el verbo debidamente articulado de Azaña y otros próceres de la Segunda República. Esa malograda República se esforzó en quitar crucifijos en las escuelas, lo que le costó la vida, y en educar a las muchedumbres, la pesadilla de la anquilosada capa española, que supo usar al populacho contra Esquilache o Napoleón, pero que ahora se sentía desbordada.
En aquellos años 20 podría verse a un joven borbón arrasando por la Cuesta de la Perdices en su práctica del automovilismo, que junto al polo y el tenis, como la hípica y la esgrima antes, hacían de refugio de la aristocracia ante los nuevos aires. Coto cerrado.
Ya en los 30, lo decía Marcelino Domingo, los estadios de Madrid y Barcelona lograron dimensiones que no tuvieron nunca los cosos taurinos. No en vano, los deportes, advertía el ministro republicano, han llegado de tal manera a absorber la atención de las multitudes, que las únicas manifestaciones colectivas en las que se percibe una intensa vibración humana son las manifestaciones deportivas.
Luego llegó a fondo la versión popular, el éxito asociativo para demostrar que el español también sabía salir de su pueblo e incorporarse a los tiempos modernos. Aliarse frente a los Juegos de Berlín del 36 que no debieron celebrarse nunca proponiendo una Olimpiada obrera, debió irritar a un dandy como César González Ruano que escribía en el ABC contra "los excursionistas de alpargata y camiseta que muestran sus puños cerrados los días festivos por los alrededores de Madrid".
Otra vez el miedo a la gente, el mismo de Ortega ante "la rebelión de las masas". Canetti en su magna obra citada mantiene una visión subyugada de la masa. La vida se caracteriza por las distancias, por la repulsión al contacto con "lo extraño". De ahí que solo un fenómeno que se produce en su interior y denomina “descarga” posibilita la fusión: "antes de ella, la masa no existe propiamente: solo la descarga la constituye de verdad. Es el instante en el que todos los que forman parte de ella se deshacen de sus diferencias y se sienten iguales”.

















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