Miércoles, 28 de Octubre de 2026

Actualizada Miércoles, 28 de Octubre de 2026 a las 09:24:11 horas

EDITORIAL DE IUSPORT
EDITORIAL DE IUSPORT Miércoles, 28 de Octubre de 2026

Mbappé y la imprudente banalización de la figura de Mao Zedong

La polémica que ha situado a Kylian Mbappé en el centro de las críticas en China admite una interpretación que va más allá de la literalidad de sus palabras. Desde la perspectiva china, el problema no reside tanto en que el futbolista francés calificara indirectamente a Mao Zedong de dictador, sino en el tono burlesco de sus declaraciones y, sobre todo, en la aparente falta de conciencia sobre la dimensión histórica y política del personaje al que hacía referencia.

 

Durante una entrevista concedida en abril al programa francés The Bridge, recuperada recientemente, el delantero confesó que el meme que más gracia le había hecho sobre sí mismo era uno que superponía su rostro al de «un dictador chino», en referencia a Mao Zedong, fundador de la República Popular China.

 

La repercusión de aquellas palabras ha sido considerable. La polémica le ha costado tres acuerdos publicitarios con marcas del país asiático y ha provocado que la televisión estatal suspendiera las retransmisiones de partidos de LaLiga. Posteriormente, Mbappé pidió disculpas por sus declaraciones y LaLiga se ha visto obligada a desplegar toda su maquinaria diplomática para intentar revertir la situación.

 

Pero, para entender lo sucedido, conviene detenerse en un aspecto que puede resultar determinante: todo apunta a que Mbappé no era realmente consciente de la trascendencia histórica de Mao Zedong cuando comentó que aquel meme le había hecho gracia. Su intervención no parece responder a una reflexión política sobre la China contemporánea, ni a una voluntad expresa de cuestionar el legado del dirigente comunista. Más bien, encaja en el contexto de una conversación distendida sobre memes y bromas relacionadas con su propia imagen.

 

Esta distinción no elimina la controversia, pero sí ayuda a situarla en sus justos términos. No es lo mismo formular una crítica consciente y argumentada sobre un personaje histórico que mencionar su figura de manera desenfadada, como un recurso humorístico, sin reparar en todo lo que representa. En el segundo caso, el problema puede no estar tanto en la intención de quien habla como en la distancia entre esa intención y el significado que sus palabras adquieren para quienes las reciben.

 

Mao Zedong no es un personaje histórico cualquiera. Su figura está ligada a la fundación de la República Popular China en 1949 y ocupa un lugar central en la identidad política oficial del país. Al mismo tiempo, su liderazgo estuvo asociado a episodios de represión y a políticas desastrosas, como el Gran Salto Adelante, que contribuyeron a una hambruna de consecuencias devastadoras. Su legado es, por tanto, complejo y objeto de profundas controversias históricas.

 

Reducir una figura de semejante dimensión a la imagen de un meme puede percibirse como una banalización de la historia, especialmente en una sociedad en la que ese personaje conserva una relevancia política y simbólica extraordinaria. Es probable que Mbappé contemplara aquella imagen desde una perspectiva mucho más superficial: la de una broma sobre su parecido con un personaje reconocible, sin ponderar suficientemente las implicaciones de esa asociación.

 

En ese sentido, el incidente pone de manifiesto una realidad habitual en la comunicación global: lo que en un contexto puede parecer una ocurrencia intrascendente, en otro puede interpretarse como una falta de respeto. La distancia cultural, el conocimiento desigual de la historia y la enorme difusión de las declaraciones de una estrella internacional pueden transformar una anécdota en un conflicto de grandes proporciones.

 

Eso no significa, sin embargo, que la reacción china deba quedar al margen de cualquier crítica. La retirada de acuerdos publicitarios puede entenderse desde la lógica comercial de las empresas, que procuran proteger su imagen y sus relaciones con el mercado local. Más discutible resulta que la respuesta alcance a las retransmisiones deportivas, privando también a los aficionados del acceso a una competición que nada tiene que ver con las palabras pronunciadas por uno de sus protagonistas.

 

La cuestión de fondo es dónde debe situarse el límite entre el respeto cultural y la libertad de expresión. La sensibilidad de una sociedad merece consideración, pero no puede convertirse en un argumento para impedir el análisis crítico de sus dirigentes históricos. Llamar dictador a Mao Zedong es una valoración política e histórica que puede sostenerse mediante argumentos y evidencias. Convertir su imagen en motivo de una broma es algo distinto, aunque tampoco deba considerarse automáticamente una ofensa intolerable.

 

En el caso de Mbappé, la ausencia de una intención política aparente y la probable falta de conciencia sobre el alcance histórico de la referencia invitan a interpretar sus palabras con cierta perspectiva. No parece razonable atribuirle, a partir de ese comentario, una posición ideológica determinada sobre China o sobre Mao.

 

La responsabilidad de una figura pública consiste también en comprender que su proyección internacional exige un mínimo de conocimiento del contexto en el que sus palabras pueden ser recibidas. Y esa exigencia resulta especialmente relevante cuando se trata de personajes históricos que siguen ocupando un lugar central en la memoria colectiva de millones de personas.

 

La posterior disculpa de Mbappé puede contribuir a cerrar la controversia. Lo importante es que el episodio sirva para distinguir entre una provocación deliberada y una expresión desafortunada nacida, aparentemente, de la frivolidad o del desconocimiento.

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