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Sandra Moreno
Sandra Moreno Lunes, 07 de Septiembre de 2026

¿Congelar óvulos protege la maternidad de las futbolistas?

F: @SEFutbolFemF: @SEFutbolFem

La Real Federación Española de Fútbol negocia un convenio con una clínica de fertilidad para costear la congelación de óvulos de las futbolistas internacionales. La noticia ha reabierto, de nuevo, el debate sobre maternidad y deporte de élite. Pero antes de valorar la medida, conviene señalar dos cuestiones: primero, financiar la técnica de vitrificación de ovocitos no equivale a proteger a quien decide ser madre. Son dos cuestiones distintas, y tratarlas como si fueran la misma  generan más problemas. Y, segundo, la RFEF es la primera federación que ofrece esta medida a sus deportistas, después de atender la petición de las capitanas de la selección española femenina, lideradas por Alexia Putellas, quien ha impulsado públicamente esta iniciativa.  

 

Una fórmula que Silicon Valley ya ensayó hace una década

 

La congelación de óvulos como beneficio laboral no es una idea nueva ni exclusiva del deporte. Empresas tecnológicas como Facebook o Apple la incorporaron a sus paquetes de beneficios hace más de diez años, presentándola como una conquista para sus empleadas. El resultado, con la perspectiva que dan los años, no ha sido precisamente  una protección de la maternidad: la medida no modificó las jornadas maratonianas, ni las culturas de disponibilidad total, ni los sesgos en la promoción y conservación del empleo de las mujeres que eran madres. Lo que hizo fue dar más margen para posponer la maternidad dentro de una estructura laboral que seguía sin adaptarse a la maternidad de las trabajadoras. El fútbol corre el riesgo de repetir exactamente el mismo esquema: ampliar el margen de decisión individual mientras la estructura colectiva sigue siendo poco favorable para las trabajadoras que son o desean ser madres.

 

La RFEF no es el empleador

 

Hay, además, un problema jurídico previo que conviene aclarar. Buena parte de las exigencias que se dirigen a la RFEF (tales como blindar contratos, garantizar reincorporaciones o sancionar represalias en defensa de la maternidad) no le corresponden en realidad a la federación, sino a los clubes deportivos. La relación laboral de una futbolista se vincula directamente con su club. La RFEF organiza y gestiona la selección absoluta: convoca, pero no contrata; concentra, pero no emite nóminas. Por lo tanto, la protección del empleo de las futbolistas que deciden ser madres concierne a los clubes que las emplean.

 

La protección ya existe: convenio colectivo y reglamento FIFA

 

De hecho, gran parte de estas garantías jurídicas ya se encuentran en vigor. El II Convenio Colectivo de Primera División Femenina (Liga F), publicado en el BOE en 2025, reconoce a la jugadora embarazada en su última temporada de contrato el derecho a renovar por un año adicional. Además, obliga a las entidades a facilitar su reincorporación tras el parto y a habilitar servicios de guardería, salas de lactancia y atención especializada en el posparto. Por su parte, el reglamento de la FIFA prohíbe de forma tajante rescindir el contrato de una futbolista por motivos gestacionales. Hacerlo se tipifica como despido sin justa causa, lo que acarrea indemnizaciones económicas y duras sanciones deportivas para el club, como la prohibición de inscribir nuevas jugadoras durante dos ventanas de fichajes. Las penalizaciones por ser madre, por tanto, no constituyen un vacío legal: están reguladas en España, al margen del rigor con el que cada club cumpla eficazmente la norma.

 

Cuando el ciclo productivo coincide con el reproductivo

 

Si bien es cierto que financiar la congelación de óvulos no adapta el fútbol a la maternidad, sino que induce a las mujeres a amoldar su biología al sistema, también lo es que, por pura biología, el ciclo profesional de una futbolista coincide de lleno con el reproductivo. Su carrera deportiva y sus años de máxima fertilidad transcurren exactamente en la misma franja: entre los 18 y los 35 años, coincidiendo con su plenitud física y el inicio del descenso de la fertilidad femenina. Por lo tanto, si el rendimiento en la alta competición no puede prorrogarse por razones biológicas, extender las opciones reproductivas para dar más margen a la maternidad es una medida favorable. No es una solución garantista ni una protección absoluta, pero constituye una opción viable y positiva para quienes desean exprimir su carrera sin renunciar a ser madres con mayores garantías de éxito.

 

Que la opción no se convierta en obligación

 

Ahora bien, para que esta medida sea efectivamente favorable para las mujeres, es preciso vigilar que una prestación voluntaria –ofrecida por la misma institución que decide las convocatorias– no acabe funcionando como una expectativa implícita, que suponga una presión para las mujeres. Este riesgo es especialmente alto para las jugadoras con fichas menos consolidadas, para quienes la frontera entre elegir libremente y sentirse obligada a hacerlo puede difuminarse con facilidad. Por ello, la aplicación de la medida debe blindarse exigiendo una voluntariedad verificable, la confidencialidad absoluta del proceso y la garantía total de que la decisión no tendrá ninguna consecuencia deportiva.

 

¿Entonces es una medida machista o feminista?

 

Para que sea machista la medida debe oprimir, subordinar o perjudicar injustamente a las mujeres; por tanto, no resulta acertado calificarla de machista y menos cuando ha sido una respuesta a la demanda de las trabajadoras. Igualmente, partiendo de la base de que la medida no supone desafiar las estructuras que penalizan a las mujeres por ser madres, y que termina haciendo que sean las mujeres las que se adapten al sistema en lugar de cambiarlo, tampoco la podemos considerar feminista. Más bien, es una estrategia de gestión laboral y optimización del período productivo/reproductivo de las mujeres en una industria de altísimo rendimiento que exige que, como en el embarazo, las mujeres pongan el ciento por ciento del cuerpo y de la mente. Así las cosas, la propuesta de la RFEF, es más bien una transacción pragmática que individualiza un problema colectivo en el negocio del deporte y que, de momento, las interesadas valoran de forma positiva. 

     

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