Los Juegos Mundiales de Robots Humanoides y la Cantina de Tatooine

La famosa cantina de Mos Eisley en el planeta Tatooine, que aparece en el episodio IV de la saga de La Guerra de las Galaxias, es conocida por ser el lugar donde Luke Skywalker y Obi-Wan Kenobi encuentran a Han Solo y a Chewbacca. Pero su interés va más allá de lo puramente cinematográfico: es una representación multicultural y multiespecie del universo de Star Wars, ya que allí se reúnen humanos y distintas especies de alienígenas, relacionándose entre ellos amigablemente y, a veces, con roces y disputas. Nada distinto a lo que ocurre en una sociedad homogénea, hablando en términos de especie, como la nuestra.
Los Juegos Mundiales de Robots Humanoides que se están celebrando estos días en Pekín dan pie para reflexionar sobre el deporte en una sociedad futura no muy alejada del universo Tatooine. En estos Juegos participan más de dos mil robots de 666 equipos y 16 países, siendo las pruebas estelares el atletismo, el fútbol, el tenis de mesa, la halterofilia y las artes marciales. No son las primeras competiciones de robots. Desde principios de finales de siglo pasado se disputa la RoboCup una competición de fútbol en la que los jugadores son robots. Hasta hace pocos años la perspectiva de que los robots pudieran emular las habilidades de los deportistas se veía lejana. Pero ahora, no es tan así. Un robot ha corrido los 100 metros en 9,39 segundos, por debajo del récord humano de Usain Bolt.
Podría pensarse que esta evolución exitosa puede solo realizarse por robots que emulen una habilidad humana, en este caso, la velocidad, pero que en deportes donde entran en juego muchas más capacidades físicas (velocidad, fuerza, resistencia etc) y mentales, como ocurre con el fútbol, todavía hay mucho camino por recorrer. Sin embargo, si alguien tiene curiosidad y busca en internet vídeos de las primeras ediciones de la RoboCup y las más recientes, se sorprenderá de la extraordinaria evolución positiva que los ingenieros han plasmado en sus máquinas robóticas. Es más, uno de los fundadores de esa competición augura que en 2050 un equipo de robots podrá batir perfectamente a un equipo de fútbol de humanos.
Ahora bien, no son solo los robots los que exigirán entrar en el mundo del deporte –más allá de la discusión filosófica de si una actividad física practicada por robots puede caer bajo la actual definición de deporte–. Si utilizamos la expresión “especie humana” en sentido amplio no es descabellado pensar que en no muchas décadas haya distintas versiones humanas distintas al Homo sapiens. Pueden aparecer los Homo sapiens mejorados, y por tanto, también deportistas mejorados. Tales mejoras pueden dar lugar a humanos genéticamente modificados con talentos superiores a la media humana, cíborgs (individuos que en su cuerpo han integrado permanentemente componentes artificiales, ya sea en la visión, en las extremidades, en la audición o con interfaces cerebro-máquina), androides humanoides (los robots), humanos sintéticos (organismos biológicos creados o reconstruidos artificialmente con modificaciones genéticas importantes) o humanos con Inteligencia Artificial integrada capaz de aumentar su memoria, su razonamiento o su habilidad de procesar la información. Para poner un ejemplo de que algunas de estas mejoras son posibles, no sería irrazonable imaginar un Oscar Pistorius con piernas de fibra de carbono que sobrepasen las prestaciones de las extremidades humanas. Si fuera así, y es solo una conjetura aunque con mucho aire de plausibilidad, el deporte debería enfrentarse al dilema de aceptar o no estos nuevos humanos.
Algunos pensarán que, al margen de la implausibilidad tecnológica, este escenario levantaría un pánico moral, en el sentido de cómo nos vamos a relacionar con esas otras variedades humanas y si eso no sería un atentado a las leyes de la Naturaleza, de la religión o a algunas concepciones morales. Pero cabe recordar que el Homo sapiens –es decir, nosotros– no siempre hemos sido los únicos moradores del planeta Tierra. Durante miles de años compartimos la aventura de la vida con los Homo neanderthalensis y los Homo denisovanos. Incluso nos apareamos con ellos, y se ha comprobado que en nuestro ADN llevamos genes de esas otras especies. Es decir, que somos fruto de la simbiosis genética.
El problema, el desafío no será tanto la pureza identitaria en términos de especie, sino en cómo garantizar que los presupuestos sobre los que se erigen las competiciones deportivas como el componente humano y la relativa igualdad de los competidores sean conservados. Pero estas ya son o han sido cuestiones que han sacudido la ética del deporte (¿qué entrenamientos permitir? ¿qué nutrientes aceptar? ¿qué medicamentos autorizar? etc.). Hoy nos parece normal que un atleta sea asesorado por entrenadores. Pero quien haya visto la película Carros de fuego recordará que uno de los protagonistas estuvo a punto de ser excluido de competir en los Juegos Olímpicos de París de 1924 porque había contratado a un entrenador. En definitiva: ¿Qué es el rendimiento deportivo y si se puede caracterizar en términos de una supuesta pureza orgánica? Y más cuestionable será la respuesta en un mundo cada vez más parecido a la Cantina de Tatooine.
José Luis Pérez Triviño
Autor de “El dopaje y otras tecnologías: el nuevo paradigma del deporte”






















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.117