El [no] homenaje a los campeones: el Barça confunde el momento con el motivo
F. Europa PressHay decisiones que pueden entenderse y decisiones que, sencillamente, cuesta justificar. La decisión del FC Barcelona de cancelar el homenaje previsto a los ocho jugadores azulgranas campeones del mundo con la selección española pertenece, a nuestro juicio, a la segunda categoría.
El presidente Joan Laporta ha argumentado que «no se da el contexto» y que «no es el momento más apropiado». Una explicación que puede sonar prudente, pero que, cuando se analiza el contexto en el que se produce, resulta difícil de compartir.
El homenaje estaba destinado a reconocer un éxito deportivo de la selección española y, al mismo tiempo, a los futbolistas del Barça que contribuyeron a conquistarlo. No era un acto político, ni una declaración institucional sobre las relaciones entre Cataluña y España, ni un respaldo a ninguna actuación policial. Era, simplemente, un reconocimiento a unos deportistas que acababan de proclamarse campeones del mundo.
Por eso resulta especialmente discutible que el club haya decidido suspenderlo a raíz de los incidentes registrados en Elche entre la Policía Nacional y un aficionado del Barcelona. Lo ocurrido en Elche puede y debe ser investigado, y si hubo un uso desproporcionado de la fuerza, deberán depurarse las responsabilidades que correspondan. Pero una cosa es exigir explicaciones por una actuación policial y otra muy distinta utilizar ese episodio para cancelar un homenaje a la selección española. Son asuntos diferentes. Y mezclarlos no beneficia a nadie.
El aficionado agredido, los agentes que participaron en el incidente, la bandera estelada, las posibles responsabilidades policiales y el homenaje a los campeones del mundo son cuestiones que pertenecen a planos distintos. Vincularlas artificialmente convierte un reconocimiento deportivo en rehén de un conflicto que nada tiene que ver con el fútbol ni con los jugadores homenajeados.
Además, la decisión transmite un mensaje poco afortunado. Los ocho futbolistas campeones del mundo no tienen responsabilidad alguna sobre lo sucedido en Elche. Tampoco la selección española. ¿Por qué deberían pagar los jugadores las consecuencias de un incidente ocurrido en los alrededores de un partido del Barcelona?
El Barça tiene todo el derecho del mundo a expresar su malestar con la actuación de la Policía Nacional. Incluso puede considerar que no es el momento adecuado para determinadas manifestaciones institucionales. Pero precisamente por la relevancia y dimensión internacional del club, cabría esperar de sus dirigentes una mayor capacidad para separar el conflicto político, la reivindicación institucional y el reconocimiento deportivo.
El fútbol español ya está suficientemente cargado de enfrentamientos y de lecturas políticas. No parece necesario añadir nuevos motivos de división a un acto que debía servir precisamente para celebrar un éxito colectivo.
Porque los campeones del mundo lo son independientemente de las diferencias políticas, territoriales o institucionales que existan. La camiseta de la selección no pertenece a un Gobierno, a un partido político ni a un determinado territorio: pertenece a los futbolistas que la defienden y a todos los aficionados que celebran sus triunfos.
El Barcelona, por tanto, tenía una magnífica oportunidad para demostrar que es capaz de mantener sus discrepancias en el ámbito que corresponde y, al mismo tiempo, reconocer el mérito de sus jugadores. Ha optado por lo contrario.
Y esa decisión resulta todavía más difícil de comprender cuando el homenaje no era una iniciativa política del club, sino un reconocimiento que había propuesto la Real Federación Española de Fútbol para los futbolistas azulgranas campeones del mundo.
El fútbol debería ser, al menos durante unos minutos, capaz de estar por encima de esas disputas. El homenaje a los campeones del mundo era una de esas ocasiones.
El Barça ha decidido que no. Ha confundido el momento con el motivo y ha terminado convirtiendo un reconocimiento deportivo en una víctima colateral de un conflicto que nada tenía que ver con él.
Una pena. Porque los campeones del mundo merecían el homenaje. Y el fútbol español también merecía poder celebrarlo sin que todo acabara, una vez más, contaminado por la política.

























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