Desconcertante situación ante la crisis de gobernanza en el fútbol
Imagen generada por IAEl mundo del deporte está inmerso en una crisis de identidad cada vez más evidente. La situación en la que estamos situados tras las recientes sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea nos ha sumido en una crisis de identidad que apunta claramente a una apuesta por la consideración de la actividad deportiva como una actividad económica con alguna especialidad que, ciertamente, está por definir en su alcance y en su extensión.
Este debate mostraba ya una cuestión nada menor como es la relación de la organización y la reglamentación deportiva –en el seno de asociaciones internacionales de carácter privado– y el ordenamiento internacional público, ya sea de los Estados individualmente considerados o de las instituciones internacionales que reúnen a varios de aquellos.
El debate así presentado es, qué duda cabe, un debate teórico y, por tanto, carente de interés para el conjunto de la población. La cuestión es que el debate ya no es jurídico, sino geopolítico.
De repente la institución más poderosa –la FIFA– asume un rol de relación social con los representantes de los gobiernos que, ciertamente, ha desplazado nuestra consideración de que el movimiento deportivo era un marco de relación entre privados. En este contexto no cabe negar la incidencia que tiene premiar a un presidente de un Estado como líder de la paz, ni admitir un diálogo franco con los Estados en relación con las cuestiones deportivas. Algo está cambiando y negar el cambio es negar la realidad.
La interlocución directa del presidente de la FIFA con los mandatarios internacionales en relación con actividades o eventos de gestión de su actividad parece que tiene un tinte diferente al que ha tenido en otras ocasiones. Siempre ha habido interlocución y diálogo con los Estados organizadores de los eventos deportivos porque en el fondo del diálogo están la financiación y los medios necesarios para la celebración del evento.
La sorpresa que incita a reflexionar sobre el cambio está en ver cómo esta relación parece preterir al verdadero agente de la institucionalización, como es la federación respectiva, para situar el debate y la relación en el plano de los Estados. El alcance y la dimensión de este cambio nos han situado en un terreno de desconcierto.
Es cierto, también, que el momento de desconcierto coincide con una evidente crisis de gobernanza de la FIFA. Lejos de ayudar a asentar su papel en la conformación de un modelo deportivo sostenible y compatible con el derecho comunitario, se ha lanzado a medidas que no valoramos pero que se sitúan claramente en el ámbito de la consideración del deporte como una actividad económica.
Esta situación, la proximidad de la elección del presidente de la FIFA y las crisis políticas de carácter internacional que nos acechan nos sitúan en un escenario de profundo desconcierto.
Esto nos lleva a ver cómo los partidos políticos, con independencia de su signo, piden que se retiren, maticen o alteren las propuestas previas de la federación para ser organizador de un Mundial. Es aquí donde, de nuevo, enfrentamos el deporte con las relaciones internacionales. La crisis de relación con Marruecos no debe intentar resolverse con una perspectiva puramente deportiva.
Pero, en el mismo esquema, tampoco ayuda que los dirigentes de la FIFA den la impresión de estar tratando con las autoridades nacionales en busca de votos para la reelección que se compensan con premios organizativos. La imagen de que solo importa la geopolítica deteriora la credibilidad del movimiento deportivo.
El desconcierto es, así, institucional. Estamos empezando a perder la visión de qué es organizar un acontecimiento deportivo. Es, fundamentalmente, una iniciativa deportiva que, con el apoyo del Estado, se transforma en un proyecto de país. La ilusión colectiva exige la colaboración entre sociedad, federación y Estado.
En este punto, la confusión actual deriva de haber convertido el Campeonato del Mundo en una cuestión de relaciones internacionales. El deporte no debe ser instrumentalizado.
El Estado debe profundizar en buscar un modelo de organización que integre los intereses sociales, federativos y administrativos y que actúe ante el organizador del evento con solvencia, presencia y seriedad. España corre el riesgo de aparecer como un país debilitado por la geopolítica y la crisis de gobernanza de la FIFA.
Adicionalmente, creo que es un buen momento para que la FIFA repiense su papel institucional y debata seriamente sobre quién debe ser su interlocutor en el ámbito de la organización pública o privada. La sensación de una organización privada negociando directamente con los Estados para decidir cuestiones organizativas resulta profundamente desconcertante.
Es realmente difícil saber cuál es la causa de que una organización razonablemente estable se haya deslizado hacia una crisis de gobernanza que afecta a su propia esencia. Los actuales dirigentes, o quienes los sustituyan, tienen que recomponer la figura institucional y volver a las esencias mediante una reforma transparente y adaptada a los tiempos.
En consideración a lo anterior, corresponde insistir en la necesidad de sosiego y de evitar la precipitación. El deporte no debe sustituir a otras acciones políticas que tienen su propia entidad.
Al lado de esto, las organizaciones internacionales deportivas deben recuperar su esencia y su virtualidad. Están para servir al deporte, no para convertir sus competiciones en monedas de cambio en las relaciones entre Estados.
























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