La otra cara del fútbol: la violencia machista
F: ShutterstockCada vez que un torneo de fútbol masculino llega a su recta final, se repite un patrón silencioso: mientras las calles se llenan de banderas, en miles de hogares aumenta el riesgo para las mujeres que conviven con un maltratador. No es una casualidad, sino un fenómeno medido y replicado durante años, sobre todo en el Reino Unido.
El estudio de referencia es el de la Universidad de Lancaster, a cargo de Stuart Kirby, Brian Francis y Rosalie O'Flaherty. Tras cruzar los registros policiales de tres Mundiales (2002, 2006 y 2010) con los días de partido de Inglaterra, comprobaron que las denuncias por violencia machista subían un 26% cuando el equipo ganaba o empataba, y hasta un 38% cuando perdía. El riesgo, además, no desaparecía al día siguiente: las cifras seguían siendo un 11% más altas de lo habitual, y crecían de forma acumulada según avanzaba el torneo.
Es en el fútbol, pero no por el fútbol
Casi diez años después, la Warwick Business School quiso aislar el papel del alcohol en esta ecuación. Analizando una década de datos policiales de West Midlands (2010-2019), Anna Trendl, Neil Stewart y Timothy Mullett hallaron que los casos de violencia machista vinculados al alcohol aumentaban un 47% el mismo día de una victoria inglesa, y seguían un 18% por encima de lo normal al día siguiente. Cuando compararon esos datos con los partidos de rugby, no encontraron ningún repunte similar, lo que apunta a que no es el deporte en sí, sino la mezcla concreta de fútbol, alcohol, euforia y agresividad masculina colectiva, lo que dispara el riesgo.
Organizaciones como Women's Aid insisten en un matiz esencial: el fútbol no origina el maltrato, que es responsabilidad exclusiva de quien lo ejerce. Lo que hacen estos torneos es crear un escenario de riesgo añadido, donde se combinan el consumo excesivo de alcohol, la frustración o la euforia del resultado, y una idea de masculinidad que asocia la hombría con el control y el dominio de las mujeres. Ese cóctel actúa como agravante de una violencia que, en realidad, ya existía en la relación, ya fuera en forma de violencia física, psicológica o sexual. Este patrón se repite en otros países. Durante el último Mundial, ONU Mujeres y UNICEF calcularon que las llamadas a líneas de emergencia por violencia machista pudieron dispararse hasta un 30%.
Sandra Moreno























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