F. RFEFEspaña ganó su segundo Mundial el 19 de julio de 2026 en Nueva York, y lo hizo de una manera que trasciende lo deportivo para adentrarse en el terreno de los principios. Frente a una Argentina que convirtió la final en un ejercicio de supervivencia reglamentaria, la selección de Luis de la Fuente desplegó un fútbol de posesión, presión alta y vocación ofensiva que sometió al vigente campeón a un asedio constante. El gol de Ferran Torres en el minuto 106 de la prórroga no fue un accidente, sino la consecuencia lógica de un partido en el que el equipo que quiso jugar terminó imponiéndose al que solo quiso resistir.
La prensa internacional ha sido unánime en el diagnóstico. El Telegraph tituló «Un triunfo del fútbol sobre la delincuencia argentina». La Gazzetta dello Sport sentenció que «si la hubiera ganado Argentina, habría sido un insulto al fútbol». L'Équipe habló de «reyes del juego». Hasta el diario argentino Olé reconoció que «España mereció ser campeón». No es frecuente que la derrota de un equipo genere un consenso tan abrumador sobre la justicia del resultado. Pero es que lo ocurrido en el MetLife Stadium no fue solo un partido de fútbol, sino la confrontación entre dos maneras de entender la competición: la que se somete a las reglas y la que las utiliza como herramienta de supervivencia; la que construye y la que destruye; la que propone y la que impide.
El reglamento como aliado del que quiere jugar
La legalidad futbolística, expresada en las Reglas de Juego de la International Football Association Board y en el Código Disciplinario de la FIFA, no es un obstáculo para el espectáculo, sino su principal garantía. El árbitro esloveno Slavko Vincic tuvo que gestionar un partido en el que Argentina cometió más faltas en la primera mitad —nueve— que pases en el último tercio del campo —ocho—, según los datos del Telegraph. La expulsión de Enzo Fernández en el minuto 93, por doble amarilla, fue la consecuencia inevitable de una estrategia que confundió la intensidad con la violencia y la competitividad con la marrullería.
Diego Fierro Rodríguez





















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