F: Captura DSportsAunque suene extraño, hace un par de columnas escribí indicando que este iba a ser el mundial que iba a tener más participación jurídica en toda la historia, y creo que no me equivoqué, pero terminé quedándome corto.
Nos repitieron durante décadas que el fútbol y la política no se mezclan. El Mundial 2026 demostró, partido tras partido, que esa aspiración legítima y obviamente necesaria es cada vez más difícil o prácticamente imposible de sostener en la práctica. No por falta de voluntad de quienes administran el juego, sino porque el torneo más grande del planeta es, inevitablemente, un escenario donde el mundo entero quiere decir algo.
Empezó con el director técnico de Egipto, Hossam Hassan, quien tras la histórica clasificación de los Faraones a octavos de final frente a la selección de Australia, recorrió el campo de Dallas con una bandera palestina mientras las tribunas coreaban por Palestina. A pesar de ser una clara manifestación política, el Comité Disciplinario de la FIFA optó por no sancionarlo. Sin embargo, esta misma decisión, comparada con el precedente de la prohibición de uso y amenaza de sanción sobre el brazalete "One Love" que buscaba promover la diversidad, la inclusión y los derechos sociales del colectivo LGBTI+ en Qatar 2022, dejó abierta una pregunta incómoda que la institución que rige las riendas del fútbol mundial tarde o temprano deberá responder: ¿dónde está la línea entre la expresión humanitaria y el mensaje político, y quién y cómo la traza?
Sin embargo, este fue apenas un sorbo de lo que se veía venir; días después ocurrió el famoso episodio de Folarin Balogun. Cuando el goleador de la Selección Nacional de los Estados Unidos fue expulsado y quedó suspendido para el cruce con Bélgica, la FIFA comunicó que no había vía de apelación. Pero misteriosamente, días después, tras el reclamo público del presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, y una supuesta llamada al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, la suspensión de Balogun fue revocada con una explicación escueta. Es posible que la revisión tuviera mérito deportivo, ya que en algunos casos la jugada era discutible, y el propio Lionel Messi salió impune de una acción similar. Pero la forma importa tanto como el fondo: cuando una decisión disciplinaria se revierte después de la intervención de un jefe de Estado, el mensaje que reciben las 48 federaciones participantes y las 163 federaciones no participantes es que los procesos formales conviven con canales informales. Y una institución que ha invertido tanto en reconstruir la confianza en sus procedimientos luego de los escándalos del FIFA Gate merece y necesita que sus decisiones se perciban blindadas de cualquier presión externa.
Juan Pablo Caballero Rodríguez





















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