Rajoy y el peligro de hablar como si estuviera en la barra de un bar
F. Europa PressHay frases que, pronunciadas en un contexto privado, apenas generan una conversación pasajera. Sin embargo, cuando quien las pronuncia ha sido presidente del Gobierno de España, dejan de ser una simple ocurrencia para convertirse en un mensaje con una enorme repercusión pública. Eso es precisamente lo que ha sucedido con Mariano Rajoy al afirmar que la selección francesa es "muy buena", pero que no tiene "jugadores franceses".
Más allá de que pueda intentar justificarse como una broma, una exageración o una reflexión improvisada, el comentario revela un grave error de apreciación sobre el ámbito deportivo y el papel que desempeña el deporte en las sociedades contemporáneas. El fútbol, especialmente las selecciones nacionales, constituye uno de los espacios donde mejor se refleja la diversidad de un país y donde el mérito deportivo prevalece sobre cualquier consideración relacionada con el origen étnico o el aspecto físico de los jugadores.
La selección francesa lleva décadas siendo un ejemplo de una nación diversa. Sus futbolistas son franceses porque así lo determina su nacionalidad y porque representan a su país conforme a las normas deportivas internacionales. Sugerir lo contrario implica cuestionar indirectamente la pertenencia de ciudadanos franceses por el simple hecho de tener ascendencia familiar en otros lugares del mundo. Es una idea que trasciende el fútbol y conecta con un debate mucho más profundo sobre la identidad nacional.
El error de Rajoy no reside únicamente en el contenido de sus palabras, sino también en la aparente ligereza con la que fueron pronunciadas. Dio la impresión de creer que estaba compartiendo una opinión informal entre amigos, en la barra de un bar, donde las frases hechas y las provocaciones suelen quedar limitadas al ámbito de una conversación distendida. Pero un expresidente del Gobierno nunca deja de ser una figura pública. Cada declaración es susceptible de ser difundida, analizada y utilizada como referencia, especialmente en un momento en el que cualquier intervención puede recorrer las redes sociales y los medios de comunicación en cuestión de minutos.
Quien ha ocupado la máxima responsabilidad política de un país conoce, o debería conocer, que sus palabras tienen consecuencias. No basta con alegar espontaneidad cuando se emiten mensajes que pueden interpretarse como una deslegitimación de la identidad de millones de ciudadanos. La experiencia institucional exige precisamente lo contrario: medir el alcance de cada declaración y ser consciente de la responsabilidad que acompaña a la notoriedad pública.
El deporte, además, ha demostrado ser uno de los instrumentos más eficaces para favorecer la integración y la convivencia. Reducir la composición de una selección nacional a criterios étnicos supone ignorar una realidad que el propio fútbol lleva décadas desmintiendo sobre el terreno de juego. Francia, como España y tantos otros países, ha cambiado con el paso del tiempo, y sus equipos nacionales son el reflejo de esa evolución social.
Rajoy probablemente no pretendía abrir un debate sobre la nacionalidad o la inmigración. Sin embargo, la intención no elimina el efecto de unas palabras que, pronunciadas por alguien de su relevancia, alimentan discursos simplistas sobre quién puede ser considerado verdaderamente francés o español.
Las figuras públicas tienen derecho a equivocarse, pero también la obligación de asumir que el peso de sus palabras nunca es el mismo que el del resto de los ciudadanos. En esta ocasión, Mariano Rajoy cometió un grave error al minusvalorar la trascendencia de una afirmación que parecía propia de una conversación informal, olvidando que la autoridad moral y política que acompaña a un antiguo jefe del Ejecutivo convierte cualquier comentario en un asunto de interés público.




























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