El derecho a existir: Julie Dolan y Khalida Popal
Elena Linari / F: Shutterstock(Apéndice de la serie "Mis otros héroes del balón")
Hay una épica invisible en el fútbol que no se mide en vitrinas rebosantes ni en traspasos millonarios, sino en la pura y dura conquista del espacio público. Si los héroes de la Europa de entreguerras jugaron bajo el plomo de los totalitarismos, las mujeres que encendieron la mecha del fútbol femenino global tuvieron que inventar el juego desde la nada absoluta. Tuvieron que exigir, primero, el derecho a ser vistas; y después, el derecho a seguir vivas. Dos esquinas opuestas del mapa y del tiempo —la Sídney de 1979 y la Kabul de 2021— explican mejor que cualquier manual de sociología el coste real de patear un balón.
I. Cargar el petate: Julie Dolan y el nacimiento de las Matildas
Hoy en día, el mundo del fútbol contempla con admiración a la selección femenina de Australia bajo un apodo legendario: las Matildas.
En la jerga de los antiguos trabajadores itinerantes australianos del siglo XIX, una "matilda" no era el nombre de una mujer, sino el rústico petate de lona donde envolvían todas sus pertenencias para cargarla a la espalda mientras vagaban de granja en granja buscando jornal. La famosa balada popular Waltzing Matilda —el himno oficioso del país— habla precisamente de eso: de "bailar con Matilda", la poética metáfora de echarse la casa al hombro y caminar en la más absoluta soledad. Hasta mediados de los años noventa, la federación se refería a sus jugadoras con el perezoso y subordinado nombre de Female Socceroos. No fue hasta una votación televisiva en 1994 cuando el público rescató aquella vieja palabra del folclore rural para rebautizarlas. A las futbolistas de la época ni siquiera les gustó, les parecía un nombre blando.
Sin embargo, la historia tiene una justicia poética implacable. Nadie encarnó mejor el espíritu del petate a la espalda que Julie Dolan, reconocida hoy de forma retroactiva como la Matilda Número 1.
El mito fundacional se firmó el 6 de octubre de 1979 en el Seymour Shaw Park, un rectángulo de hierba modesto en el suburbio de Miranda, al sur de Sídney. Aquella tarde, con solo 18 años y su brazalete de capitana, Dolan lideró a la primera selección oficial en un electrizante 2-2 contra Nueva Zelanda. Los goles de Sandra Brentnall y Sharon Loveless inauguraron el casillero de un país, pero lo hicieron en un absoluto apagón mediático: no hubo cámaras de televisión ni grandes crónicas informativas. El partido nació como un encuentro fantasma, cuyos únicos testigos fiables acabaron siendo los álbumes de recortes de prensa local que las propias jugadoras guardaron en sus casas.
La realidad detrás de los noventa minutos era pura militancia. Dolan vivía en el norte rural de Nueva Gales del Sur. Para poder entrenar y jugar con su club, completaba cada dos semanas un viaje de toda la noche en un autobús de línea regular. Viajar con la selección era una carga financiera: las jugadoras pagaban sus uniformes y costeaban sus billetes de avión puerta por puerta, vendiendo lamingtons —unos bastos bizcochos tradicionales recubiertos de chocolate y coco— a unos vecinos que las miraban con una mezcla de condescendencia y asombro. Dolan pasó su carrera cargando con su propio petate de lona invisible, limpiando sus camisetas en los lavabos de hoteles baratos y jugando sobre campos de barro, obstinada en demostrar que el sur del mundo también tenía derecho a jugar.
II. La capitana clandestina: Khalida Popal y la red del exilio
Si la lucha de Dolan consistió en financiar la indiferencia, la de Khalida Popal consistió en esquivar la muerte.
En la década de 2000, jugar al fútbol en Afganistán siendo mujer era un acto de desobediencia civil armada con tacos. Popal, cofundadora y primera capitana de la selección afgana, entendió muy pronto que cada pase corto y cada gol gritado eran pedradas directas contra el dogma integrista que pretendía enjaular a las mujeres entre cuatro paredes. Las amenazas de muerte en los márgenes de los campos de tierra batida eran la rutina. Las piedras que volaban desde la grada, su público habitual. En 2011, cuando el cerco de las milicias extremistas se estrechó tanto que su vida pendía de un hilo, Khalida dejó sus camisetas nacionales y se exilió a Dinamarca.
Sin embargo, su partido más decisivo no lo jugó con las botas puestas. Ocurrió en agosto de 2021, con la caída de Kabul en manos de los talibanes, Popal sabía que las jugadoras de la selección nacional que se habían quedado atrás eran objetivos prioritarios de los nuevos gobernantes. Durante días y noches coordinó una operación clandestina de rescate. Llamadas telefónicas a ministerios extranjeros, salvoconductos enviados por mensajería encriptada y directrices para que las jóvenes quemaran sus equipaciones antes de que los registros vecinales las delataran. Y logró lo imposible: evacuar y salvar la vida de cerca de 600 futbolistas internacionales y sus familias —incluidas las componentes de la selección absoluta— hacia Australia y el Reino Unido, ganándole la partida definitiva al terror en las terminales del aeropuerto de Kabul.
Aquella evacuación de emergencia no fue un hecho aislado, sino la semilla de un proyecto estructural. Desde entonces, Popal lidera la organización “Girl Power”, una red humanitaria que opera activamente en Alemania, Australia, Dinamarca, Grecia, Portugal y el Reino Unido, devolviendo el futuro y abriendo oportunidades a mujeres refugiadas a través del deporte. Su magisterio y su ejemplo de resistencia civil siguen recorriendo el mundo; recientemente, en una visita cargada de simbolismo en Lezama, Popal pudo sentarse frente a las futbolistas del primer equipo del Athletic Club para trasladarles en primera persona su experiencia y recordarles que un vestuario puede ser la trinchera más poderosa de la sociedad.
III. El nexo invisible: La pelota no se rinde
Ese hilo invisible de resistencia colectiva que ellas trenzaron no ha dejado de estirarse.
Ocurrió de nuevo cuando un bloque internacional de futbolistas profesionales envió una dura misiva al presidente de la FIFA, Gianni Infantino. El texto no andaba con rodeos burocráticos: arrancaba con todo un corte de mangas o “digitus impudicus” como en tiempos del circo romano, "El acuerdo de patrocinio con Aramco es una peineta al fútbol femenino". En ella, las firmantes denunciaban el multimillonario acuerdo con la petrolera estatal de Arabia Saudí —país que criminaliza a la comunidad LGBTQ+ y oprime sistemáticamente a las mujeres—, sentenciando que un régimen con semejante historial no tiene derecho alguno a patrocinar el deporte rey.
La fuerza de la carta radicaba en la transversalidad de sus firmas.
En primera línea, asumiendo el coste mediático de la protesta, figuraban líderes mundiales como Elena Linari (capitana de Italia), Jessie Fleming (capitana de Canadá) y Doris Bacic (capitana de Croacia). Junto a ellas, Becky Sauerbrunn, una leyenda estadounidense con 217 internacionalidades a la espalda. Y en una pirueta perfecta del destino, cerrando el círculo de la dignidad, la firma de la propia Khalida Popal, la capitana afgana del régimen talibán.
En los márgenes de esa lista, la contestación del fútbol español dejaba un solo testimonio individual: la centrocampista Maitane López, curtida en la exigente liga estadounidense con el NY Gotham.
Son nombres propios que demuestran que las herederas de Dolan y de Popal han aprendido la lección fundamental de los héroes de mi serie: que la mayor victoria de un deportista ocurre mucho antes de que el árbitro haga sonar el silbato, y que hay balones que se siguen pateando con el único e innegociable fin de defender el derecho a existir.


























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.169