Lunes, 06 de Julio de 2026

Actualizada Lunes, 06 de Julio de 2026 a las 17:10:29 horas

Pilar Moreno

El deporte que nadie adaptó

Pilar Moreno Lunes, 06 de Julio de 2026
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[Img #183558]Hay una pregunta que nunca he conseguido responder del todo: «¿El pádel para personas sordas es deporte adaptado?». Cada vez que me la hacen, vuelve la misma duda: ¿por qué usamos una sola expresión para nombrar realidades tan distintas?

 

La pista es la misma. La red también. La pelota, la misma. El reglamento no cambia. El juego tampoco.

 

A simple vista, nada permite distinguirlo de cualquier otro partido.

 

Y, aun así, seguimos llamándolo «deporte adaptado».

 

¿Adaptado a qué?

 

Quien observa un partido no puede saber si en la pista juegan cuatro personas oyentes, cuatro personas sordas o una combinación de ambas. Y, en realidad, tampoco debería importarle.

 

En el pádel se habla constantemente de «leer la bola» y de «leer el juego». Los mejores jugadores anticipan el siguiente golpe antes incluso de que la pelota cruce la red: interpretan la preparación del rival, el ángulo de la pala, el efecto y el espacio libre de la pista. Esa lectura no depende únicamente del oído. Depende, sobre todo, de observar, anticipar e interpretar el juego. Las personas sordas desarrollan esa lectura principalmente a través de la información visual.

 

El juego no cambia. Lo que debe cambiar es la manera de comunicar, arbitrar y organizar la competición para que esa información llegue a quienes participan.

 

Y, ya que dudamos de la palabra, revisemos también el relato.

 

Cuando hablamos del origen del deporte para personas con discapacidad, la historia suele comenzar en 1948, en un hospital inglés, con unos veteranos en silla de ruedas y un médico visionario: Ludwig Guttmann. Fue un episodio decisivo para la historia del deporte. Nadie lo discute.

 

Pero no fue el primero.

 

Veinticuatro años antes, en 1924, ciento cuarenta y ocho deportistas sordos de nueve países ya competían en París en unos Juegos internacionales propios, impulsados por Eugène Rubens-Alcais.

 

Entonces, ¿por qué la historia empieza casi siempre en Stoke Mandeville y apenas se detiene en París?

 

El movimiento paralímpico ha tenido un importante desarrollo institucional y una gran proyección internacional. El movimiento deportivo internacional de las personas sordas ha seguido un recorrido propio desde 1924, articulado en torno al Comité Internacional de Deportes para Sordos (International Committee of Sports for the Deaf, ICSD) y a los Deaflympics (Juegos Olímpicos para Personas Sordas). Esa evolución histórica explica por qué hoy conviven distintos modelos deportivos.

 

Rubens-Alcais no reclamaba un deporte distinto, sino el derecho a competir sin que la sordera obligara a cambiar la esencia del juego. Lo que buscaba era reconocimiento.

 

Por eso me pregunto si la expresión «deporte adaptado» sigue describiendo con precisión todas las realidades que pretende abarcar.

 

Quizá el problema sea que utilizamos una misma etiqueta para realidades muy distintas: en algunas modalidades cambian las reglas del juego; en otras, lo que debe cambiar es la forma de comunicar y organizar la competición.

 

La Ley del Deporte ha dejado de situar la expresión «deporte adaptado» como eje de su regulación y pone el foco en las personas con discapacidad, el deporte inclusivo y la igualdad de oportunidades.

 

El problema nunca fue que existieran puertas diferentes. El problema aparece cuando una etiqueta decide, antes que la propia persona, cuál puede cruzar.

 

El deporte necesita estructuras diversas porque las personas también lo somos. Habrá quien encuentre su sitio en una competición inclusiva. Habrá quien lo halle en el movimiento paralímpico. Habrá quien elija el movimiento Deaflympics. Y habrá quien cruce más de una de esas puertas a lo largo de su vida deportiva.

 

Uno puede abrir una puerta, descubrir que no responde a sus necesidades, cerrarla y probar otra. Lo que no debería ocurrir es que se las cierren todas y le digan: «Esta es la tuya. Tómala o déjala».

 

No escribo esto para ordenar los modelos ni para decidir cuál vale más. Entender por qué existen es lo que nos permite dialogar y construir un ecosistema donde convivan estructuras diferentes con un mismo propósito: que el deporte siga siendo para todos.

 

Porque la accesibilidad de verdad no consiste en decirle a alguien dónde tiene que estar. Consiste en dejar que encuentre el lugar donde puede crecer.

 

Las palabras no solo describen la realidad: también influyen en cómo la entendemos. Y cuando una deja de describir bien lo que nombra, quizá haya llegado el momento de volver a preguntárnoslo.

 

PARA TERMINAR

 

¿Y si el verdadero reto nunca fue adaptar el deporte, sino impedir que una etiqueta decidiera por las personas?

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