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Actualizada Viernes, 03 de Julio de 2026 a las 13:05:14 horas

Blas López-Angulo
Blas López-Angulo Viernes, 03 de Julio de 2026

El Mundial. Mis otros héroes del balón

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De Miura a Caneda: El hilo invisible de los obreros eternos del fútbol

"O Soji", leo en AS, es un ritual nipón en el que uno se limpia para purificar su mente. La cita es el perfecto epítome de esa frivolidad periodística occidental que tiende a empaquetar como "frikismo místico" lo que en realidad es mucho más terrenal. El Sōji es, efectivamente, un ritual de "gran limpieza" del hogar que se realiza a fin de año con un sentido purificador. Pero que los jugadores de la selección de Japón dejen el vestuario impoluto o que sus aficionados recojan su sector de las gradas tras un partido de un Mundial no es un viaje espiritual: es, sencillamente, educación. Lo hacen cada día en la escuela los alumnos al terminar las clases, y los adultos en unas calles donde no verás barrenderos ni papeleras. Es civismo estructural. Solo tal vez a las limpiadoras del tren bala (Shinkansen) se las premia con aplausos en cada parada tras su veloz y milimétrica tarea, pero eso es otra historia.

 

Para entender el concepto de "héroe" en el fútbol japonés es obligatorio despojarse de ese corsé exótico y, sobre todo, del molde político de Occidente. En el País del Sol Naciente no encontrarán el perfil del futbolista militante, el rebelde iconoclasta contra el sistema o el activista de trinchera ideológica. Ese patrón choca frontalmente con una idiosincrasia nacional cimentada sobre el colectivismo, el orden civil y el respeto institucional. El espacio común se cuida, no se utiliza como plataforma de confrontación.

 

Bajo estas precisas coordenadas, la mayor dimensión humana y social del fútbol nipón la encarna un hombre que desafía las leyes de la biología: Kazuyoshi Miura. A sus 59 años, el eterno "Rey Kazu" acaba de prolongar su contrato con el Fukushima United hasta junio de 2027. Cumplirá sesenta años sobre el césped, 42 como profesional. Sin embargo, su verdadera condición de héroe civil no se mide en las páginas del libro Guinness, sino en la memoria colectiva y cicatrizada de un país. Simplemente el preferiría seguir en su trabajo hasta los 80 como no pocos trabajadores de su país.

 

El "Gol de la Esperanza"

 

El 11 de marzo de 2011, Japón se quebró bajo el peor terremoto y tsunami de su historia moderna. En pleno shock y luto nacional, la Asociación de Fútbol de Japón (JFA) organizó apenas dos semanas después, el 29 de marzo, un encuentro benéfico en Osaka: el Charity Match: Tohoku Earthquake Relief. De un lado, la selección nacional; del otro, el TEAM AS ONE, un combinado de estrellas de la J-League capitaneado por un Kazu Miura que ya sumaba 44 primaveras.

 

El momento que detuvo el pulso de la nación ocurrió en la segunda mitad. Miura cazó una prolongación de cabeza, rompió la línea defensiva y batió al guardameta con la solvencia de un juvenil. Acto seguido, regaló al estadio su famoso festejo, el Kazu Dance. Aquel gol no sumaba puntos en ninguna clasificación oficial, pero moralmente lo fue todo. Fue el bálsamo anímico que devolvió la sonrisa y la dignidad a millones de personas refugiadas en las zonas devastadas de Tohoku. La prensa nipona lo describió con exactitud: "el gol que demostró el poder del deporte para sanar".

 

Occidente, siempre necesitado de etiquetas institucionales y burocráticas, alimentó entonces el mito de que Kazu había sido nombrado legalmente "Embajador de la Reconstrucción" o gestor oficial de las ayudas del Estado. Nada más lejos de la realidad y de la propia elegancia del jugador. Su impacto fue puramente orgánico, civil y directo. Kazu se alejó de cualquier debate político; se limitó a coger balones, viajar a las zonas afectadas, jugar con los niños huérfanos por la tragedia y mantener vivo el recuerdo de las víctimas a través de la recaudación privada y solidaria de la JFA. Ayuda real sin propaganda estatal. Y ahí sigue jugando en la tercera categoría del fútbol nipón, (similar a la Primera RFEF), sin abandonar la zona de la catástrofe.

 

La filosofía del Yamenaiyo

 

¿Qué impulsa a un hombre a seguir corriendo entre jóvenes que podrían ser sus nietos? En sus columnas y en su libro Yamenaiyo ("No voy a dejarlo"), Miura lo explica desde la más pura mentalidad del Shokunin (el artesano que busca la perfección diaria a través de la repetición infinita): «No juego por los récords ni por la obligación de ser un ejemplo. Juego simplemente porque mañana quiero ser mejor futbolista que hoy. El fútbol es mi vida».

 

Hay, además, un pacto tácito de empatía con su entorno. En una de las naciones más envejecidas del planeta, el Rey Kazu corre para ofrecer una transfusión de energía a la tercera edad. Su longevidad es un espejo sociológico: el mensaje de que la vejez no es el fin del propósito vital (Ikigai), sino otra etapa de resistencia activa. No es un soldado del Estado; es un artesano que se niega a rendirse, inspirando a otros a no capitular ante las dificultades de la vida.

 

Epílogo: El juego de espejos (De Miura a Caneda)

 

El destino y la lingüística guardan a veces carambolas poéticas. El apellido Miura resuena en España con una fuerza taurina indudable, evocando casi de forma inevitable el apellido de don Miguel Mihura y el bendito teatro del absurdo. Porque hay algo de hermoso absurdo en ver a un hombre rondando los sesenta años calzarse las botas cada fin de semana.

 

Pero el rizo se riza del todo al cruzar el mapa hacia el "abuelo" del fútbol modesto español: César Caneda. El incombustible central vitoriano colgó las botas a los 45 años en la SD Logroñés tras 28 temporadas y más de 930 batallas oficiales entre el fútbol profesional y de bronce sin perder la titularidad. Si traducimos fonéticamente su apellido al japonés, Caneda se convierte en Kaneda (金田), que significa literalmente "campo de oro" y que da nombre, precisamente, al icónico y resiliente protagonista del manga Akira.  

 

Ambos, Miura y Caneda, representan las dos orillas de una misma estirpe: la de los obreros silenciosos del fútbol. Artesanos de la pelota que antepusieron la educación deportiva y el respeto absoluto al oficio por encima de los focos modernos, los lujos y la vacuidad de las redes sociales. La diferencia es puramente cultural: el Caneda español eligió la discreción absoluta, el perfil bajo y el refugio del hogar tras cumplir su tarea; el Miura japonés estira el oficio como un deber moral y una fuente de esperanza para su comunidad. Dos héroes extradeportivos unidos por un hilo invisible de dignidad.

 

Posdata: Hoy anuncia su retirada Santi Cazorla (41), aún tenemos a su paisano Juan Mata (38) en el Melbourne Victory, alineando su rol activo de futbolista con el de inversor accionista del club y su filosofía de Common Goal. Detalles sobre su compromiso se encuentran en juanmata8.com;  y al jornalero del gol Dani Guiza, a sus 45 años, fichando por el Trebujena de la Primera Andaluza gaditana. Fue el último pichichi nacional.

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