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Blas López-Angulo
Blas López-Angulo Jueves, 25 de Junio de 2026

Vintilă Cossini: el ingeniero que hizo descarrilar a la barbarie

Dedicado a otro club ferroviario: el humilde y maltratado Mirandés

Clausurado el tríptico proemial de aquellos colosos de los años veinte a los que la fatalidad alejó de los Mundiales, esta serie de perfiles en "Alrededor del fútbol" inicia su andadura cronológica década a década. Nos adentramos en los años treinta, el periodo fundacional de la Copa del Mundo. Sin embargo, para mantener la fidelidad al espíritu de esta sección, no buscaremos a los héroes bajo los focos de los grandes estadios ni en las páginas de las antologías clásicas. El balón, al fin y al cabo, es solo un accidente biográfico. Nos interesa el reverso civil, la vida que transcurre cuando se apaga el clamor de la grada. Y para abrir esta vereda temporal, la memoria nos exige rescatar a un hombre cuyo verdadero destino no se escribió con botas de tacos, sino con el rigor de la escuadra, el cartabón y el metal de las vías del tren. Hablamos de Vintilă Cossini (1913-2000).

 

Cossini fue, en lo deportivo, un finísimo y elegante mediocampista de refinada técnica que defendió con orgullo la camiseta de la selección de Rumanía en el Mundial de Francia 1938. De doble raíz -hijo de padre italiano y madre rumana-, sus compañeros de vestuario y las crónicas de la época lo apodaban cariñosamente con una metáfora fisiológica que definía su incombustible resistencia sobre el césped: "el hombre sin bazo" (omul fără splină). Pero mientras la hinchada admiraba su inagotable zancada para distribuir el juego en la medular, la verdadera final de su existencia se jugaba en los despachos de la Facultad de Ciencias de Bucarest. Cossini compaginó su etapa en la élite con unos complejos estudios de Ingeniería Civil, una disciplina que abrazó con la misma precisión geométrica con la que trazaba los pases.

 

Su carrera transcurrió ligada al FC Rapid de Bucarest, un club fundado en 1923 por un grupo de trabajadores de Grivița bajo el nombre de Asociația culturală și sportivă C.F.R., ya que el club pertenecía a la empresa ferroviaria CFR. En aquella época dorada, el escritor Ioan Chirilă recordaba con asombro que el vestuario del Rapid era el único del continente donde los futbolistas discutían sobre planos de electricidad, integrales y física antes de saltar al barro del campo. ¡Ferroviarios, fuera y dentro del campo!

 

El joven Vintilă, nacido en Constanza (Rumanía), pero criado con las señas identitarias del trabajo ferroviario, encarnaba la síntesis perfecta del distrito de Grivita: la disciplina de un centrocampista en el campo y la precisión de un técnico en el taller.

 

Durante los años previos a la guerra, los ferroviarios, como se conocía al Rapid, no tardaron en ponerse a la altura de los más altivos y burgueses equipos de la ciudad. Fue uno de los mejores equipos nacionales, dominando la Copa de Rumanía, torneo que ganó de 1935 a 1942, salvo 1937, pero nunca el campeonato de liga, Propiedad del Venus de Bucarest. En la posterior etapa comunista, los gigantes pasaron a ser el Esteaua y Dinamo, desapareciendo el Venus y Juventus. El Rapid se mantuvo gracias a esas profundas raíces obreras.

 

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Cossini se retiró con apenas 28 años para asumir el cargo de ingeniero jefe de los Ferrocarriles Rumanos (CFR). Cuando los talleres de Grivița se convirtieron en un objetivo estratégico durante la guerra, el ingeniero Cossini optó por no abandonar sus vías, utilizando su autoridad científica para proteger la planta y a sus hombres de la injerencia del mando militar de ocupación, encarnando el ideal del "mediocentro organizador" (mediano di regia) incluso en la dura realidad de la reconstrucción de la posguerra.

 

La historia, que en los años cuarenta decidió triturar cualquier atisbo de normalidad en la Europa del Este, transformó prematuramente al futbolista en una pieza estratégica de la resistencia civil. Aquel nudo ferroviario pasó a ser un tablero geopolítico de primer orden. Por sus vías debían circular los convoyes blindados cargados de petróleo y grano destinados a alimentar a las divisiones nazis en el frente oriental. Fue en ese escenario de hollín, grasa y traviesas donde el ingeniero Cossini aplicó su inteligencia matemática para ejecutar una resistencia silenciosa y letal. Aprovechando su autoridad técnica y tejiendo una tupida red de sabotajes mecánicos con antiguos compañeros del Rapid -históricamente ligados al sindicato ferroviario-, Cossini provocó retrasos inexplicables en las locomotoras y fallos inducidos en el mantenimiento de las líneas. En una retaguardia militarizada donde la Gestapo castigaba la menor disidencia con la ejecución, "el hombre sin bazo" regateó al terror con la fría lucidez de quien conoce cada tornillo del sistema.

 

Su compromiso humano no terminó con la caída del fascismo. Con la llegada del rodillo estalinista y la instauración de la dictadura comunista, los talleres del ferrocarril volvieron a ser objeto de purgas ideológicas. Cossini, haciendo gala de una integridad inquebrantable que mantuvo intacta hasta su vejez, utilizó su posición para amparar y salvar del gulag o del ostracismo social a numerosos disidentes, intelectuales y antiguos deportistas caídos en desgracia ante el régimen.

 

Iniciar la crónica de los años treinta con Vintilă Cossini nos permite trazar una perfecta línea de fraternidad con el pulso moral que inauguramos con Perico Escobal. Ambos compartieron la condición de ingenieros, la elegancia en el trato y el destino de utilizar su intelecto como escudo frente a los totalitarismos que asolaron el siglo XX. Frente a la actual tecnocracia futbolística que todo lo reduce a la frialdad del algoritmo y el rendimiento mercantil, la peripecia de Cossini nos reconcilia con un tiempo donde el fútbol era solo la antesala de hombres extraordinarios que supieron hacer descarrilar a la injusticia. O al menos lo intentaron.

 

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