Miércoles, 17 de Junio de 2026

Actualizada Miércoles, 17 de Junio de 2026 a las 15:06:48 horas

Blas López-Angulo
Blas López-Angulo Miércoles, 17 de Junio de 2026

Weisz: el genio táctico que el fascismo borró y el nazismo eliminó

Con la figura del húngaro Árpád Weisz (1896-1944) cerramos un tríptico proemial de indudable valor conceptual para esta serie. Al volver la vista atrás y contemplar el relieve de las dos estaciones anteriores, emerge una melancólica paradoja que hermana al central riojano Perico Escobal y al escurridizo reportero uruguayo Wing con nuestro genial estratega magiar: ninguno de los tres llegó a disputar jamás un Mundial con las botas puestas. La fatalidad cronológica, las lesiones traicioneras y el zarpazo temprano de los totalitarismos les hurtaron el gran escaparate ecuménico en la plenitud de sus carreras. Sin embargo, los tres habitaron la vanguardia de una edad de oro y pagaron con el exilio, la cárcel o la muerte el precio de mantenerse fieles a su condición humana. Si los dos primeros sortearon el abismo y regatearon a la muerte en las trincheras de nuestra Guerra Civil, el destino de Weisz nos sitúa ante la herida más descarnada del siglo XX: la destrucción de la inteligencia por la maquinaria del odio racial.

 

De Árpád Weisz hay una biografía no traducida en España del periodista Matteo Marani, Dallo Scudetto ad Auschwitz. Nacido en Solt y de origen judío fue, antes que víctima propiciatoria, uno de los grandes arquitectos del balompié moderno en el tablero italiano. Como extremo izquierdo, su juego fino y cerebral le llevó a defender los colores de la selección de Hungría en aquella cita de los Juegos Olímpicos de París 1924. Aquel torneo supuso, a la postre, el techo internacional de su carrera sobre el césped, en una andadura paralela a la del Faquir Escobal, convocado también en la expedición española. El destino impidió que cruzaran sus caminos en las canchas parisinas, disputando sus encuentros en sedes distintas y quedando Escobal inédito en el banquillo. Pero después de la cita olímpica el húngaro llegó a Cataluña con la selección de Hungría. Formó parte del FC Barcelona y del extinto UD Girona (el Girona FC nació en 1930). Debido al carácter amateur y la regulación de los jugadores extranjeros de la época, disputó principalmente encuentros amistosos y partidos no oficiales. Otra vez cerca, pero sin coincidir en los terrenos de juego. Tras este fugaz periplo por el fútbol catalán, llamó la atención del fútbol italiano y fichó por el Inter de Milán para la campaña siguiente (1925-1926), donde se retiraría prematuramente a causa de una lesión de rodilla, que hoy en día, aun frecuentes, son recuperables.

 

Su verdadera revolución, no obstante, la firmó desde los banquillos. Árpád Weisz no fue un simple alineador de hombres; fue un intelectual de la pizarra, un estudioso meticuloso que transformó el rol tradicional del director técnico. Rompió distancias jerárquicas vistiendo el chándal y saltando personalmente al césped para entrenar sobre el barro con sus hombres, convencido de que la táctica solo se asimilaba desde la pedagogía del ejemplo. Bajo esta mirada científica y colectivista, se convirtió en el pionero absoluto en introducir la revolucionaria táctica de la WM en Italia, retrasando al mediocentro hacia la zaga y ordenando el centro del campo en un cuadrado perfecto que desarmaba las viejas estructuras. Apenas superados los treinta años, hizo historia al conquistar el Scudetto con el Ambrosiana-Inter (Internacional no casaba con los nacionalismos triunfantes), teniendo además la clarividencia de hacer debutar a un imberbe y frágil Giuseppe Meazza. Su magisterio se trasladó después a Bolonia, donde levantó otros dos títulos de liga y se consagró como el estratega más codiciado de Europa, plasmando sus tesis geométricas en el césped y publicando el célebre manual técnico Il giuoco del calcio en 1930, prologado con admiración por el mismísimo Vittorio Pozzo. “La autoridad del entrenador no deriva de la coerción, sino de la consideración y del respeto que le tengan sus futbolistas”, palabras de este estudioso del fútbol, que daba importancia lo mismo al aspecto psicológico que al estado físico, incluida la alimentación, que al estado del césped.

 

El Estadio Littoriale, escenario de esos títulos, inaugurado en 1927 fue el primer gran estadio de Italia financiado con fondos públicos y un gran elemento de propaganda para el régimen fascista. Dos años más tarde se inauguró la icónica Torre di Maratona (que todavía preside el estadio). Justo en el gran arco de su base se colocó la colosal escultura ecuestre del Duce. Paradójicamente, mientras esa estatua seguía en pie, Árpád Weisz hacía historia en el césped ganando ligas para el Bolonia, hasta que las infames Leyes Raciales del propio Mussolini en 1938 lo obligaron a huir. En su memoria, la curva del estadio lleva hoy su nombre.

 

Aquellos decretos convalidados por el Parlamento italiano estipulaban que todos los ciudadanos judíos extranjeros debían abandonar el país de inmediato. De la noche a la mañana, el héroe de San Siro y del Littoriale se convirtió en un paria, en un indeseable al que la prensa oficialista borró de las crónicas y al que las instituciones deportivas dieron la espalda con una cobardía institucional asombrosa.

 

Comenzó entonces un penoso y desesperado peregrinaje hacia el norte en busca de un refugio, primero en un París no menos hostil. Con su esposa Elena y sus dos hijos pequeños, Roberto y Clara, encontraron un breve e ilusorio oasis en los Países Bajos, donde incluso llegó a asesorar tácticamente al modesto Dordrecht. Pero la invasión nazi terminó por cerrar la trampa. En 1942, la familia Weisz fue capturada por la Gestapo y conducida al complejo de Auschwitz-Birkenau. Su mujer y sus hijos entraron directamente en las cámaras de gas nada más bajar del tren de ganado; Árpád resistió un año y medio como esclavo de trabajo forzado hasta que su cuerpo dijo basta en el frío de enero de 1944.

 

Durante décadas, su nombre permaneció sepultado por una densa capa de olvido voluntario, una amnesia colectiva idéntica a la que hoy sufre Escobal en los despachos modernos de Chamartín. Recuperar hoy su memoria en “Alrededor del fútbol", sirve para completar este prólogo de tres hombres extraordinarios (Escobal, Sciutto -Wing- y Weisz). Nos recuerda que cuando el totalitarismo infecta las costuras de la sociedad, ni el éxito ni el talento sirven de escudo. El "mago" húngaro sigue siendo el símbolo eterno de un juego que, antes de ser devorado por el horror, conoció la gloria gracias a la inteligencia de los desterrados.

Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.36

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.