F: ShutterstockCada cuatro años, el Mundial de fútbol despierta el interés de buena parte del planeta. Más que un simple juego, el fútbol funciona como un espejo de las tensiones deportivas, identidades y emociones colectivas que atraviesan una sociedad obsesionada con el rendimiento y permeada por la propaganda política. Durante décadas, la Copa Mundial ha sido venerada como el gran altar de una religión laica contemporánea: un espacio sagrado donde los balones ignoran fronteras, los himnos celebran la identidad sin recurrir a la guerra y los pueblos se entrelazan en un abrazo colectivo que suspende, por un instante, los problemas del mundo. El deporte es cultura.
Sin embargo, el deporte rey no es inmune a las miserias de la política internacional. Lo que hoy se presencia en los aeropuertos y puestos fronterizos de Estados Unidos no es la fiesta del deporte, sino la irrupción de un fenómeno hostil, asfixiante y antideportivo: el “trumpismo deportivo”.
El caso del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, considerado el mejor árbitro de África, es una muestra dolorosa de esta deriva. Las leyes antisociales de la administración Trump le han impedido alcanzar el mayor honor de su carrera: arbitrar un Mundial. El “trumpismo deportivo” y el cinismo de los dirigentes actúan como un virus que desciende hasta la realidad del deporte, legitimando el juego sucio bajo el poder político. Y lo hacen precisamente contra la figura más vulnerable del campo: el árbitro.
En el deporte, el árbitro es el único deportista al que no se le concede el derecho al error. Mientras un jugador que falla un penalti recibe consuelo y segundas oportunidades, el árbitro vive en un escenario de hostilidad permanente. Cada decisión es evaluada, incluso cuando la máquina —el VAR— se equivoca. Se le exige una perfección robótica y divina, y un solo error puede sepultar su reputación para siempre.
Miguelo Betancor





















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