Viernes, 12 de Junio de 2026

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Blas López-Angulo
Blas López-Angulo Jueves, 11 de Junio de 2026

Wing: el extremo convertido en reportero que regateó a la muerte en el frente

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Si en la entrega anterior nos deteníamos ante el doloroso exilio y el silencio institucional que sepulta a El Faquir Escobal en Chamartín, la brújula de esta columna perenne, "Alrededor del fútbol", nos obliga hoy a cruzar el Atlántico para rescatar una de las trayectorias más asombrosas, novelescas y puramente humanas del siglo pasado. Hablamos de Luis Alfredo Sciutto (1901-1995), un nombre que para la posteridad de la crónica internacional quedó grabado bajo un seudónimo tan afilado como su juego: "Wing" (y que andando el tiempo firmaría como el legendario Diego Lucero).

 

La tarjeta de visita de Sciutto marea al historiador contemporáneo. A lo largo de su dilatada andadura profesional, plantó su micrófono y su libreta ante una nómina de personajes tan colosales y diversos como García Lorca, Pirandello, Chevalier, Josephine Baker, Mussolini, Goebbels, Franco o Perón. Sin embargo, el verdadero partido de su vida lo jugó en el barro de nuestra Guerra Civil, adonde partió enviado por el diario de Montevideo El Pueblo. Aquella cobertura incandescente quedó reflejada en el libro Una aventura en España (1938), un volumen hoy inencontrable en las librerías de lance (al que seguiría un año después su recopilación Cartas de la guerra). Debo esta apasionante lectura al concurso y la generosidad de dos figuras irrepetibles de nuestra cultura: el poeta, editor y librero Abelardo Linares, rastreador infatigable de memorias sepultadas, y el insigne escritor e ingeniero Juan Benet.

 

En esas páginas se despliega la peripecia de un hombre de pasado revolucionario y anarquista en su juventud uruguaya, a quien el destino -el término aventura en su sentido primigenio denota abrirse a lo que el destino traiga consigo- le guardaba un severo revés ideológico tras la conquista de Guipúzcoa por las tropas sublevadas. Al contemplar desde la frontera de Hendaya el neroniano -así lo califica Wing- incendio de Irún a manos de los milicianos en retirada, las simpatías del intrépido corresponsal viraron. Pero la inercia de su temperamento era la improvisación temeraria. Como le ocurriría más tarde cuando viajó al frente de Madrid invitado desde Ávila, esta vez también se sumó a la aventura en cuanto le propusieron unirse al capitán Roldán en un auto para subir a Pamplona. Una travesía nocturna, valle arriba del Bidasoa, con “luces apagadas para no dar puntos de referencia a los tiros que llegan de lo alto de la montaña”. Puesto que iba completamente indocumentado cruzar aquella retaguardia obsesionada con el espionaje no fue una buena decisión. Lo salvó de dar con sus huesos en la cárcel el periodista al servicio de la Propaganda del Movimiento, Joaquín Arrarás, que creyó su peregrina declaración al “presenciar -también él- el incendio de Irún del cual hizo la crónica para ser esparcida a los aires, por radiotelefonía”. Y así pudo contarlo Wing, que precisamente usaba la tercera persona y su alias en sus narraciones.

 

Eso fue solo el prólogo de sus andanzas y de sus galanteos en otros terrenos menos marciales. Wing presumía, con un humor rioplatense arrollador, de haber sido el primer periodista sudamericano en hablar con Franco en el “solemne” momento de la liberación del Alcázar de Toledo, adelantándose a las grandes agencias a base de pillería de potrero. (Al enviar sus crónicas a su lejano Uruguay, el jovial exfutbolista de origen piamontés, no entraba en la competencia de las primicias y exclusivas, por lo que era frecuente que sus colegas le invitaran en sus excursiones a los campos de batalla). Repitió la proeza al convertirse en el primer reportero en entrar en Madrid desde las posiciones franquistas; claro que aquella última filigrana en vanguardia tuvo el inevitable inconveniente de costarle más de un mes en las checas de la República, de donde salvó el pellejo gracias a los equilibrios de la diplomacia platense coadyuvada por el mismísimo presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt. Cuando lo detuvieron en la Casa de Campo las tropas del famoso comandante “El Campesino”, quienes lo acompañaban en el coche corrieron peor suerte. Condenados a muerte fueron canjeados dos años después. Se trataba de:

 

Manuel Casanova, director del Heraldo de Aragón, que estaba protagonizando “una violenta campaña contra los gubernamentales”. Se sospechaba que su incursión en las líneas enemigas obedecía a que era un agente directo de Mola y no un simple periodista extraviado.

 

Miguel Marín Chivite, fotógrafo del mismo diario que “venia justamente de publicar una fotografía del Generalísimo Franco que fue fijada en todas las paredes de España” y cuya Leica, cambió de manos y de bando, una vez detenido.

 

El abogado José Meirás Otero, militante de Renovación Española, antiguo secretario de Calvo Sotelo.

 

Y el conductor era Miguel Zamora Vicente, un artillero de Zaragoza.

 

Sobre nuestra contienda se ha vertido todo un océano de tinta firmado por las principales plumas de la literatura universal: desde Ernest Hemingway y su imprescindible informante en Madrid, Henry Buckley —un magisterio que guardo en la memoria gracias a las conversaciones con su hijo, Ramón Buckley Planas—, hasta John Dos Passos o George Orwell. Pero Wing, sin pretensión de competir en el Olimpo de la prosa consagrada, destaca por ofrecer el testimonio puro de quien con ánimo inmarcesible pisa la línea de fuego y regatea en el área pequeña del horror.

 

Sciutto guarda un parentesco intelectual y biográfico con figuras de la talla de Jorge Valdano en su doble y brillante faceta profesional. Las palabras que el argentino dedicó a Diego Lucero, su más conocido alias, en la contraportada del libro “Crónicas del viejo Montevideo” (2008) podrían predicarse de él mismo: "primero le prestó su cuerpo al instinto para que el juego se convirtiera en una posibilidad de disfrute. Cuando terminó de entenderlo con los pies pasó al terreno de la reflexión, donde logró que la pasión fuera cómplice de la poesía".

 

Desde las tribunas de prensa, asistió como testigo a todos los Mundiales que su vida le permitió, desde el primero celebrado en su país (1930) al último disputado en EE. UU (1994), creando un estilo propio, con una prosa colorida, sabia, traviesa y preñada de lunfardo. Un cronista extraordinario, digno de recordar, que demostró que el verdadero periodismo, al igual que el buen fútbol, es siempre un asunto de hombres valientes que saben reírse de su propio destino. Los ecos de su aventura resuenan de nuevo con el Mundial que hoy empieza en Norteamérica.

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